La Libertad como experiencia estética
Elizabeth Rojas Pernía
Siempre estoy buscando la respuesta: ¿por qué nuestro sufrimiento no se convierte en libertad? ¿Qué puede lograr el arte? Svetlana Aleksiévich
No el placer, la gloria, el poder: solo la libertad Fernando Pessoa
Nuestra época es tal que produce temblor. ¿Cuál es la libertad que tenemos a nuestra disposición en períodos turbulentos, de cambios radicales, de enorme incertidumbre y de irrupción cada vez más frecuente del poder autoritario?, ¿podemos siquiera seguir hablando de libertades?
Mientras lo averiguamos, conviene recordar que no estamos solos ante la inmensidad de esta marea política, económica, bélica –que incluye esa particularísima forma de guerra que es la arancelaria y la más reciente, de connotaciones nucleares, con carácter más espeluznante– que nos está tocando vivir, y que parece poseer una fuerza capaz de ahogarnos. No estamos solos, pese a que por momentos podamos sentirnos desvalidos. Contamos, como especie creadora de significados, con un enorme legado ético y estético al cual apelar, en el cual refugiarnos y del cual obtener luces, cuando casi toda referencia previa, incluso de lo que nos hace humanos, se ha oscurecido o parece a punto de ser arrasada. Pensemos en el advenimiento de la sociedad digital ?donde, expresado por Bruce Sterling, «Cuesta demasiado seguir siendo humano»?, y en la propagación de la fluidez en casi todas las nociones que nos son fundamentales, como referencias de nuestro inquietante presente.
Estamos, al mismo tiempo, ante la oportunidad de recordar que con nuestros modos de interpretar y enfrentar el descalabro actual podemos, también nosotros, dejar una herencia significativa a las generaciones que sigan, si fracasamos en la empresa de la autodestrucción, claro está. O no. Depende de lo que elijamos. Si elegimos responder a muchas formas en que el mundo parece estar interpelándonos, desde una comprensión más abarcante de lo que somos, de lo que hemos sido y que deje abierto el camino para lo que otros elijan ser, estaríamos rescatando una tradición que nos concebía como conectados, pertenecientes y expresiones del anima mundi, el alma del mundo, conectada, a su vez, a un orden superior. «Si la civilización ha de sobrevivir, la expansión de la comprensión es una necesidad primordial», en las contundentes palabras de Alfred North Whitehead. Esa comprensión aparece nítidamente asumida por Fernando Pessoa, al decir, poética e íntimamente, «He sufrido en mí, conmigo, las aspiraciones de todas las eras, y conmigo se han paseado, a la orilla oída del mar, los desasosiegos de todos los tiempos». Si somos manifestaciones de esa alma del mundo ?y no solo animales racionales o seres cogitantes, ergo, seres definidos casi exclusivamente por su aparato mental o su biología, condiciones necesarias, pero no suficientes?, comprenderemos que más allá de la esfera minúscula de nuestro “yo personal” (cuando deviene prisión mental, cognitiva o emocional, estemos conscientes de ello o no) se extiende la vastedad. Ensancharnos es posible cuando logramos reconocernos en manifestaciones del arte, y en vidas, que nos han mostrado al mundo y sus desasosiegos como el valle de la creación del alma, como supo ver John Keats, desde su comprensión poética. El arte puede revelarnos cómo encontrar belleza y sentido en medio de la oscuridad que reduce, aplasta o confina. Ese sentido que se muestra, al no dejarnos hundir en la desesperación sin propósito, también forja nuestro carácter. Y, a menudo, esas revelaciones surgen del arte de las palabras. Cada vez que nos encontramos a un otro, en la ficción literaria o fuera de ella, que ha visto, sabido y expresado algo trascendente estamos en presencia de un acto de libertad. La literatura –heredera de los mitos, ámbito de riqueza inacabable que une lo celestial y lo terrenal–, manifestación creativa que los seres humanos hemos recibido y nos hemos otorgado, puede ser portal hacia la verdad y la libertad, en tanto expresión de conocimiento diferente al meramente científico: Las pruebas cansan la verdad, dijo George Braque, desde su sensibilidad pictórica. Por su parte, Roberto Calasso, insigne recuperador de nuestras tradiciones más antiguas y conocedor de los tiempos en los que andamos, se refirió a los dioses como huéspedes de la literatura, aunque huidizos. Y lo son, porque su carácter es evanescente, pero el infortunio mayor no reside allí, sino en el hecho de que la humanidad haya abandonado a sus dioses, y con ello se privara de sus revelaciones. El esfuerzo por secularizar el mundo ha sido sostenido y ha dado amargos frutos, como el abandono de lo sagrado y el consiguiente confinamiento en lo exclusivamente terrenal y sus secuelas de vacío existencial, y más aún, la reaparición de lo que ha sido abandonado en formas terribles como el fanatismo y otras formas de violencia. Un fruto diferente, pero igualmente amargo y debilitante para nuestra salud psíquica es la sustitución casi total de la narración por la información: metáforas e imágenes eternas a cambio de noticias y datos efímeros. Una comprensión empobrecida del mundo –esa particular pérdida de libertad–, por consiguiente, no basta para detener la destrucción y emprender, eventualmente, la perenne reconstrucción.
Adentrarnos en algunas alegorías magníficas encarnadas en ciertas vidas, dentro de la ficción literaria y fuera de ella, y dejarnos transformar por la capacidad de sugerir significados que poseen, y que no podemos ver directamente por más que nos urja, es un hacer oblicuo que nuestros tiempos, salvajemente frontales, requieren, si hemos de recibir algo de luz en este sombrío tránsito por la opresión. Hacerlo es honrar y extender lo heredado.
- La observación que salva
En un cuento llamado Un descenso al Maelström, de los muchos notables que el genio de Edgar Allan Poe produjo, se narra la aventura de un hombre que, a pesar de haber sido arrastrado por un remolino capaz de tragarse enteros barcos, ballenas, árboles y todo lo que tuviera el infortunio de encontrarse en las cercanías de su vórtice, logra salir con vida. En la embarcación que poseía junto a sus dos hermanos, se dirigían con frecuencia, no a los lugares escogidos por la mayoría de los pescadores, sino hacia zonas donde las corrientes eran más violentas y peligrosas, pero la pesca más variada y abundante. Se llenaban de orgullo al comprobar que solo ellos poseían la reciedumbre para exponerse a pescar en aguas donde el peligro era horrible, tal como lo describe el narrador de la escalofriante peripecia. Cuando la pequeña embarcación era destruida casi por completo por la furia del torbellino, él intentaba sostenerse con sus pulgares a una argolla fijada cerca del mástil de proa. Y, mientras su vida era tan vulnerable como ínfima, el pescador siente una enorme curiosidad por saber qué ocurría en el interior de ese vórtice de apetito y bramidos terroríficos, que aumentaba a medida que sentía su fin más cercano y lo condujo a las más agudas observaciones. Notó que entre los pertrechos que iban siendo succionados por esas fauces insaciables, los objetos cilíndricos eran los que ofrecían mayor resistencia a la succión y, por tanto, tardaban más en ser absorbidos. Resuelve desatar un barril de la popa y amarrarse con las mismas correas a ese pequeño tonel, renunciar a la aparente protección y sentido de seguridad que le había ofrecido el bote hasta ese momento y descender al mar. Ocurrió lo que sus observaciones le habían mostrado: la barrica de forma cilíndrica con la que compartía suerte, lo mantuvo lejos de las corrientes más violentas. Su desafortunado hermano, en cambio, incapaz de pensar en algo más que en continuar aferrado a la embarcación, no pudo contar su propia versión de lo acontecido. Finalmente, impulsado por un mar ya menos violento, el hombre recala en la orilla y es rescatado por algunos de sus compañeros, quienes con dificultad logran reconocerlo: al cabo de seis horas de terror su cabello está completamente blanco.
En este relato-espejo, podemos ver reflejadas algunas imágenes de nuestras propias travesías, como individuos y como sociedades. Ahora, cuando todo parece dar vueltas o hundirse, saber encontrar a qué aferrarse –dónde refugiarse, sea un lugar, una idea o un valor–, y cuándo saltar ?desprenderse de formatos previos de estar en el mundo?, si el peligro es inminente, deviene expresión de libertad. Hay circunstancias en que ser responsables significa, estar dispuestos a descender (¡aunque si la arrogancia es demasiado grande, esto no es posible!), porque nuestro tránsito por la vida no es, ni mucho menos, solo ascendente. En medio de coyunturas que amenazan con hacer pedazos la vida tal como la conocíamos, se ponen en juego capacidades dilatadas de observación que no utilizamos, o que ni siquiera sabemos que poseemos, cuando las aguas están en calma.
En la concepción de la filósofa y teórica de la política, Hannah Arendt, el género humano está constituido por seres nacientes, en lugar de solo seres arrojados a un vivir para la muerte, y propone mirarnos como poseedores de una enorme potencialidad, como principio ontológico que nos es inherente: la libertad de comenzar de nuevo y aportar algo inédito al mundo. Cuando nuestra acción no es redundante, sino que introduce algo inesperado, puede ocurrir lo que ella denominó milagros. El pescador de Poe estaría de acuerdo, después de su descenso.
Las narraciones que siguen a continuación muestran claramente la naturaleza diversa de nuestro operar y cómo no es infrecuente que el sufrimiento produzca nuevos comienzos, a veces milagrosos, si sabemos mirar los contextos lo más libres posible de condicionamientos.
- La palabra que libera
Parte de nuestro estremecimiento, como habitantes de este momento histórico, es la amenaza casi permanente de guerra, ante a la cual podemos encontrarnos en la condición de víctimas y ejecutores directos o de espectadores dolientes, si no tenemos el infortunio de ser indiferentes. Si alguien ha sido tanto víctima como ejecutor, como a menudo suele ser el caso de los soldados, un mecanismo psicológico que aparece a menudo es el olvido o el silencio. Ambas opciones pueden aliviar parcialmente esa angustia que ha sido llamada estrés postraumático; con todo, lo que nos mantiene humanos es poder recordar, reelaborar e intentar otorgar algún tipo de sentido.
Para Svetlana Aleksiévich, escritora de origen bielorruso y ucraniano, ganadora del Premio Nobel de literatura 2015, la libertad, además de fundamento para la democracia, es recuperación de la memoria. Para miles de mujeres que participaron en la lucha contra el Ejército Nazi, durante la II Guerra Mundial, esa memoria estaba enterrada bajo los escombros de la culpa y la vergüenza. Svetlana las buscó, las entrevistó y, sobre todo, las escuchó callada, atenta y compasivamente, mientras ellas, silenciadas por décadas, expresaban la verdad de su sufrimiento. Al hacerlo, las estaba liberando de la retórica triunfalista que el Estado Soviético –y sus maridos, en el espacio doméstico– les habían impuesto. Ella misma, en cambio, se enfrentaba al riesgo de ser perseguida y condenada por presentar una versión de la guerra y de las combatientes diferente a la narrativa oficial. Su obra, La guerra no tiene rostro de mujer (1983), solo pudo publicarse en el exterior, dado que tales manifestaciones de libertad de expresión no eran toleradas en la Unión Soviética. Y siguen prohibidas en la Rusia actual. A través de la palabra, del encuentro, de la confesión y de la intimidad, estas exsoldados pudieron liberar sus corazones de los barrotes del silencio obligado, o autoimpuesto, y de la indecible aflicción que la participación en aquel horrendo conflicto supuso para la mayoría de ellas. Aleksiévich, que se ha referido a sí misma como oído humano, hizo posible, mediante incontables diálogos, que aquellas almas pobladas de tinieblas sintieran que algo se despejaba, que las heroicas y pesadas máscaras oficiales caían y que la sensibilidad humana regresaba poco a poco a sus cuerpos y a sus vidas. Acerca de estas mujeres, que contribuyeron a la aplastante victoria del Ejército Rojo, se preguntó desde el principio, ¿Qué les ocurrió?, ¿Cómo les transformó?, ¿De qué tenían miedo?, ¿Cómo era aprender a matar? Esas preguntas y las respuestas, que podían salir a borbotones o aparecer reticentes y demoradas, se convirtieron en actos de enorme valentía. A través del relato de sus vivencias aterradoras, estaban revelando la parte no grandiosa de la guerra, «Hablan de la suciedad y del frío, del hambre y de la violencia sexual, de la angustia y de la sombra omnipresente de la muerte» Y, a pesar de la mudez, la negación o el falseamiento inicial, ruegan a la periodista que regrese, que les siga permitiendo hablar de sus espantosos secretos: «Ven. Ven, por favor. Llevamos tanto tiempo calladas. Cuarenta años con la boca cerrada…» La mayor de las liberaciones que ocurrió fue romper el silencio que las había atenazado durante demasiados años: las mujeres soldados de Aleksiévich, volvieron a nacer, experimentaron la libertad de ser otra vez seres sintientes, a pesar de haber casi apagado dentro de ellas esa capacidad, hasta acaso extinguirla, para poder seguir asesinando y representando el papel que Estado les asignó, loado hasta enronquecer, con el apoteósico: ¡Hemos ganado la guerra!
La escritora define lo que recopiló como anotaciones del alma. Por lo tanto, lo que escucha está lejos de ser solo un canto glorioso. «Nuestra Victoria tenía dos caras: una es bella y la otra es espantosa». Cada entrevistada que se atreve a regresar a esos remotos lugares psíquicos donde ocultaron recuerdos intolerables, a rasgar el velo del miedo y a soltar la mordaza portada por años, va liberando sentimientos largamente bloqueados o cuestionados. Porque, ¿cómo avergonzarse de una hazaña tal?, ¿cómo arrepentirse de los sacrificios hechos por la amada Patria Soviética? No obstante, la verdad, finalmente, surge libre, y se hace carne en cada una.
Seguir creando espacios para dar voz se erige como un imperativo democrático en medio de las alarmantes tendencias autoritarias a censurar, que inevitablemente conducen a diversas formas de autocensura. Leer, o escribir, libros que sean «el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros» –como estaba convencido Kafka que debía ser– representa una experiencia, liberadora como pocas, a nuestra disposición. Los libros de esta mujer sensible, que escucha al alma y la vierte en palabras, coloca el fuego de las verdades donde antes había frías mentiras o helados silencios.
III. El amor y la libertad como desobediencia
Avanzando aún más en la dimensión ética, dentro del ámbito estético de la literatura, para aumentar nuestra comprensión sobre la libertad que nos es posible como seres humanos, traigamos a nuestros días una obra que tendría que ser faro permanentemente encendido para cuando el frenesí tiránico amenace la vida. Hablamos de Antígona, tragedia magnífica concebida por Sófocles (495-406 a.C.), presentada en Atenas por primera vez en el año 441 a. C. y representada 32 veces seguidas. Su protagonista representa a la perfección lo que Friedrich Schelling llamó héroes que luchan contra la fuerza superior del destino, y honra, como pocas figuras, la libertad humana. Más allá de visiones nihilistas que veríamos aparecer en el siglo XX, como resultado del espanto que dejaron en la psique colectiva las dos guerras mundiales, estamos enraizados a una tradición, cargada también de conflictos bélicos, que, pese a lo cual, supo reflexionar sobre el sentido del vivir humano desde categorías más dilatadas. En las desgracias de Antígona hay algo que tocó hondamente a los griegos de la época y que ha obrado el mismo efecto en las múltiples generaciones que la han conocido a lo largo de los siglos transcurridos desde su creación. Sentimos una enorme compasión ante el sufrimiento de la joven tebana. En sus luchas, caídas y elecciones hay algo en nosotros que las reconoce como propias, cercanas o posibles: hay una suerte de epifanía que nos revela algo enteramente nuestro. Esta núbil princesa, cuyo nombre significa la que está parada ante sus antepasados, encarna el obrar polémico y libre. Se enfrenta a Creonte, regente de Tebas y tío materno, al desobedecer su implacable edicto de dejar insepulto el cuerpo de su hermano, Polinices, considerado traidor a la patria. Conocedora de los rituales funerarios que proceden, y guiada por su amor indeclinable, se cuela durante la noche, hace las libaciones correspondientes y esparce la tierra sobre el hermano inerte. Cumple con los mandatos de su corazón y con los designios superiores de los dioses, los únicos ante quienes se somete, y, al hacerlo, detiene la tiranía. La leal hija de Edipo, en su actuar insubordinado, representa el conflicto entre la esfera pública –el Estado– y el ámbito privado –oikos– y, con lenguaje actual, diríamos que se convierte en la primera ciudadana en ejercer la desobediencia civil. Conviene que como habitantes del s. XXI, repensemos lo que esta expresión implica, pues, aunque está dicha en términos negativos –desobedecer– apela sobre todo a la afirmación de la propia identidad, obedecer a una ley interior superior: in foro conscientiae. El gobernante quiere imponer su ley a cualquier costo y Antígona no puede ignorar los rituales prescritos por un orden superior para cualquier alma antes de descender al Hades ni puede desatender a su corazón. Dejar a la intemperie, presa de aves de carroña, los restos de Polinices, y tampoco llorarlo –parte de las prohibiciones reales– no es concebible para ella, y se rebela. Esta decisión inapelable define su carácter, en claro contraste con su hermana, Ismene, quien no es capaz de desobedecer, «¡Ah, entonces, hermana, no esperes que yo haga nada contra la voluntad de la ciudad!», y, en cambio, trata en vano de disuadir de su brío a Antígona, «¡Oh, hermana, no te dejes llevar por el ardor! ¡Ten cuidado!», en cuyo corazón no tiene cabida el temor al monarca déspota ni a sus leyes. La cobardía no le es propia; la valentía, en cambio, implícita en su decisión, procede del amor y el respeto a los dioses.
Y continúa ejerciendo su capacidad para elegir hasta su último aliento, pues en un acto libérrimo se quita la vida, antes que esperar la muerte en la catacumba donde la soberbia del regente la había confinado. En esa decisión final está contenido el acto fundamental de su vida. Antígona, en lugar de quedar paralizada por miedo o por obediencia ciega, opta por reivindicar –y abrirnos esa posibilidad– su condición de individuo (así fuera solo en el ámbito familiar, dadas las inevitables limitaciones que se le imponían como mujer), y desde una elevada conciencia moral, se reafirma hasta el final de su vida. Creonte, en cambio, apresado en los barrotes de su rigidez, arrastra consigo a toda su familia en la tragedia inevitable que ocasiona. La muerte, que ocurre en ambos bandos enfrentados, tiene significados diametralmente diferentes. Una, representa la liberación y la honra; la otra, el castigo a consecuencia de la hybris.
Hasta las nociones mismas de libertad y de responsabilidad requieren ser interrogadas ante la enormidad de Antígona. Nos deja la convicción de que la libertad humana no está determinada, de manera absoluta, desde lo colectivo ni puede ser completamente aplastada por gobernantes o leyes despóticas. Desafiar fronteras políticas no solo es posible, a veces resulta imperativo cuando nos encontramos ante el mandato de nuestra propia conciencia, si la elección temprana que hemos tenido el privilegio de hacer, o de haber sido guiados a hacer, ha sido la de cultivar nuestro sentido de la moralidad.
- La búsqueda de sentido y de gracia como elección
Si continuamos rastreando y recuperando partes de nuestro legado ético y estético, también en vidas más allá de la literatura, encontramos a un hombre cuya capacidad de lidiar con la fatalidad, mientras era forzado a casi abandonar la condición de humano, y de aprender nuevamente a vivir después de haber atravesado el infierno, nos dejan no solo en el lugar del asombro y la admiración, sino en un lugar distinto para mirarnos, en adelante. Ese hombre, tantas veces citado, es Viktor Frankl (1905-1997), neurólogo y psiquiatra austríaco, confinado en diversos campos nazis debido a su condición de judío. Ya liberado, publica uno de los libros más hondos que se han escrito sobre las experiencias de este averno del siglo XX, El hombre en busca de sentido (1991), recopilación de sus memorias y reflexiones, a partir de las vivencias en los campos donde trascurrió su vida, entre 1942 y 1945. Pocas experiencias han sido tan devastadoras para quienes las sufrieron y tan desoladoras para quienes sucesivamente hemos tenido conocimiento de tales atrocidades. La infamia que condenó a millones de personas a morir en los campos de exterminio ?expresión última de eficiencia en la industria del asesinato? y a aquellos que lograban mantenerse apenas vivos, a soportar condiciones diseñadas para arrebatarles la dignidad humana misma, no reconocida en ellos por sus persecutores, captores y exterminadores, es algo que inundó de vergüenza, junto a un infinito estremecimiento, a gran parte de la sociedad mundial. No a todos. Ya sabemos que hay aún partidarios de consolidar soluciones finales para sus causas. Por otro lado, casi el mismo asombro puede producir la constatación de que, en medio de situaciones inimaginables, más allá de lo soportable, hay en el ser humano algo capaz de abrirse paso ?no de inmediato, no impulsivamente, no sin que algo muera antes?, y que ese algo, a lo mejor desconocido antes de la llegada de lo abismal, empieza a asomarse poco a poco en medio de charcos de odio, de miseria, de muerte, y a revelar, o a recordar, con su contundencia, que la vida sigue allí afuera y, también, aquí adentro, así la parte que está entumecida de espanto lo haya olvidado, y la parte que parece aniquilada, lo ignore. En medio del estupor que produce el canibalismo, esa oscura peculiaridad de nuestra estirpe, capaz de una destrucción o crueldad extrema hacia individuos de la misma especie, encontramos valiosísimos testimonios de seres que logran afrontar las mayores adversidades a fuerza de recogimiento, de ir hacia el espacio mayor que yace adentro: «A pesar del primitivismo físico y mental imperantes a la fuerza, en la vida del campo de concentración aún era posible desarrollar una intensa vida espiritual. No cabe duda que las personas sensibles acostumbradas a una vida intelectual rica sufrieron muchísimo (su constitución era a menudo endeble), pero el daño causado a su ser íntimo fue menor: eran capaces de aislarse del terrible entorno retrotrayéndose a una vida de riqueza interior y libertad espiritual», dice Frankl en su obra autobiográfica. Se refiere, entre otras cosas, a que en medio de los trabajos forzados –cavar zanjas en pleno invierno y medio desnudos, con el cuerpo cubierto solo de harapos y de lo que iba quedando de piel para cubrir los huesos– surgían conversaciones de una trascendencia inaudita. La inminencia constante de la enfermedad, la desolación y la muerte, parecían encontrar contención en una particular comunión con los compañeros de infortunio, en la compasión frente al inmenso sufrimiento compartido –cuando el envilecimiento que los rodeaba, y a cuyo contagio estaban permanente expuestos, no había hecho estragos en sus psiques– y en las prácticas religiosas que jamás dejaron de estar presentes en las inmundas barracas. No solo eso. Con el estómago atormentado por las punzadas del hambre, en organismos que empezaban a devorarse a sí mismos en una desesperada estrategia de sobrevivencia, podía aparecer en todo su fulgor la belleza del vivir. Frankl cuenta que un día un prisionero corre a las barracas, donde sus compañeros recién llegados de otra despiadada jornada de trabajo, insultos, golpes, y les grita, lleno de arrobamiento, que salgan a admirar una magnífica puesta de sol. Ellos asienten. Salen nuevamente, casi a rastras, y mientras todos están enmudecidos ante los exuberantes colores de aquel atardecer –desde el azul acero al rojo bermellón– que en ese momento el cielo quiso regalarles, escuchan a un compañero decir «¡Qué bello podría ser el mundo!». Continúa relatando Frankl, «A medida que la vida interior de los prisioneros se hacía más intensa, sentíamos también la belleza del arte y la naturaleza como nunca hasta entonces. Bajo su influencia llegábamos a olvidarnos de nuestras terribles circunstancias». A esta experiencia, lleno de lucidez, la llamó la huida hacia adentro. Sí, es válido huir –que no desistir ni renunciar–, cuando la huida es protección, preservación de la vida, olvido momentáneo de la crueldad, antes de volver a presentarse. Cuando lo único que les quedaba era la existencia desnuda, cuando sabían que ya no tenían nada más que perder, salvo la vida, aún persistía en ellos el aprecio por la naturaleza y el arte, como reafirmación incontestable de amor fati.
Además de la posibilidad de redención a través del sentido estético, contamos con algo más que notable, y aquellos muertos vivientes, víctimas de la crueldad que manchó de oprobio la historia humana para siempre, también lo relataron. Se trata, sí, y por insólito que resulte, del sentido del humor. «El humor es otra de las armas con las que el alma lucha por su supervivencia. Es bien sabido que en la existencia humana el humor puede proporcionar el distanciamiento imprescindible para sobreponerse a cualquier situación, así no sea más que por unos segundos», como pudo constatar, desde los primeros días de aquel confinamiento, el psiquiatra vienés, creador, por lo demás, de la Logoterapia o terapia del sentido. El enorme valor de la experiencia desgarradora que vivió y de las reflexiones que vertió en su libro, se destilan claramente en estas palabras, «Al hombre se le puede quitar todo excepto una cosa: la última de las libertades humanas ?la elección de la propia actitud ante la adversidad?, decidir el propio camino». Y el humor puede ser una de las más contundentes elecciones; una que allane el camino hacia otras posibilidades que no veríamos si el desconsuelo nos cubriera completamente el rostro. Y aquellos que pasaron un tiempo en el infierno y dejaron sus testimonios, quisieron salvarnos a los que veníamos después.
No solemos, pese a todo, valernos del humor suficientemente. Esa expresión de alegría que nos es tan propia, tiene la particularidad de aparecer en medio de valles de sombra de muerte como un cayado capaz de sostenernos, así sea solo por unos preciosos segundos. «Hemos sido creados para la alegría, esta es ontológicamente anterior al dolor y superior a él. Pero el camino de la alegría, en virtud de que somos finitos, implica momentos de dolor», expresó, con vivo convencimiento, el poeta venezolano Armando Rojas Guardia.
- Tejer de nuevo el mundo
En la tradición nativa norteamericana hay una historia que los ancianos contaban a los jóvenes en tiempos de tribulaciones. Dejemos que este cuento iniciático surta su efecto sobre nosotros, en tiempos que lo ameritan.
Hay una cueva donde reside todo el conocimiento que buscamos, todas las respuestas que necesitamos. Si encuentras esa cueva verás a una anciana mujer sentada tejiendo un hermoso tapiz, y lo ha estado haciendo por mucho tiempo. Ella está a punto de terminar el tejido de la manera más bella y única posible, pero de tanto en tanto debe ir al fondo de la cueva donde hay un caldero colgando sobre el fuego. Allí dentro están todas las semillas de todos los árboles y arbustos y plantas y granos y flores, y si ese caldo no se revuelve de cada cierto tiempo puede quemarse, y si las semillas se queman no habría más bosques ni flores ni granos. Así, la anciana coloca su tejido en el suelo para ir al fondo la cueva y hacer lo que tiene que hacer. Cuando regresa con su paso lento al tejido en el cual ha estado trabajado, lo encuentra casi desecho, pues un perro negro ha entrado a la cueva mientras ella revolvía el caldo de semillas, y al ver un hilo suelto no pudo evitar halarlo tantas veces hasta casi deshacer todo el hermoso trabajo y dejar un desastre allí en el suelo de la cueva. Cuando ella ve su tejido hecho trizas, se detiene en silencio un momento… Luego, vuelve a sentarse, ve un hilo suelto y lo recoge. Al tocarlo tiene una nueva visión de un tapiz aún más hermoso que el anterior, y se pone de nuevo a tejer y a tejer, como lo ha hecho antes, solo que ahora está tejiendo una nueva versión del tejido, una nueva imagen de lo que puede tejer con esos hilos de vida.
En este relato, que ocurre en una cueva, símbolo, entre muchas otras cosas, de regeneración, protección, origen y renacimiento, hay tres momentos clave. El primero, la anciana debe detener brevemente el tejido que la ocupa, pues otra labor vital la espera, la de remover el contenido del caldo para evitar que se queme; el fuego debe ser regulado. El segundo, la mujer regresa, encuentra los destrozos ocasionados por el perro negro, se detiene, observa y siente lo acontecido. El tercero, se sienta de nuevo a urdir, encuentra un hilo suelto y ocurre la revelación: la visión del nuevo tejido que va a emprender, mucho más bello que el anterior. Ha ocurrido una conexión vertical. Y ello, porque la mujer sabia espera, presta atención, a la manera planteada por Simone Weil: un estado tal de receptividad, de vaciamiento del pequeño yo, que propicia que la realidad se revele. Solo en este esperar atento puede el ser humano experimentar la libertad como conexión profunda con una dimensión trascendente.
Necesitamos liberarnos de una visión, interpretación y valoración de la realidad solo horizontal –riesgo permanente de repetición, que necesariamente nos impide ver lo que, en cambio, nos permitiría una visión vertical, implícita en la afirmación de Albert Einstein, «No podemos resolver problemas pensando de la misma manera que cuando los creamos». La anciana lo sabe, por lo que, en lugar de salir llena de rabia armada con un garrote a perseguir al perro, se detiene y espera que desde lo alto le llegue la inspiración que la coloque en la senda de la reconstrucción del tejido, aunque de uno diferente, uno mejor. La mujer sabia lo que está uniendo son los hilos del mundo, este mundo que nunca está acabado, sino en continuo proceso de hacerse, y nosotros con él, en cada acción, en cada decisión y en cada acto libre. En todo colapso, la imaginación es puesta al servicio de la recomposición: hay situaciones que requieren ser reimaginadas antes de poder ser enfrentadas y, eventualmente, resueltas. Si en la esfera de lo individual, o en la de lo social, nos lanzamos a recomponer lo que ha sido destruido sin que hayamos prestado atención a otra visión posible, estamos ante la acción desenfrenada, repetitiva y sin sentido, condenada al fracaso. Los tiempos de esperar y los tiempos de accionar, si han de ser acertados, deben ser tiempos kairós, y eso lo conoce nuestra sabiduría interior. Estamos presenciando, y padeciendo, la devastación ocasionada por diversos perros negros, en las reacciones de muchos gobernantes inflados por el exceso de poder y dominados por la impetuosidad. Aun así, recibiremos nuevas visiones, encontraremos nuevos hilos y emprenderemos nuevos tejidos, cuando el tiempo sea preciso, si evitamos el pragmatismo desbordado. Soportar el caos ¿lo que sea que llegue a deshacer los hilos de la vida? es una dura, pero imperiosa lección de iniciación a la verdadera vida. Existir no se trata de experimentar solo el equilibrio, de transitar por un camino recto o de meramente mantenerse vivo. Descubrir cuáles hilos nos llaman –y despiertan nuestra vocación– cuando los perros negros han derrumbado lo existente, es lo que nos va a mostrar de qué forma misteriosa estamos entretejidos con la vida y con el mundo, y cómo abordar los tiempos de desmoronamiento, de incertidumbre o de fatalidad. Sin importar las condiciones, es preciso que nos aferremos a esos hilos (como el hombre del Maelström a su pequeño barril, una vez que vio y comprendió). Lo que hayamos creado, si hemos sabido esperar la revelación de la nueva imagen, es lo que entregaremos de vuelta al mundo.
- La codicia que destruye
Nuestra libertad fundacional reside en expandir la comprensión de lo que somos y, a partir de allí, de los actos que estamos en capacidad de ejercer. La libertad no es la misma si tenemos una visión reducida del ser humano, que si esa visión se agranda. A veces es un asunto público, a veces, en cambio, es tan privado que puede provenir incluso de nuestro inconsciente, o puede ser algo que se geste ahora y vea la luz en el futuro. Necesitamos alguna claridad en nuestro mundo oscurecido y abrumado por el exceso, la velocidad, la insignificancia y lo cuantitativo como criterios casi últimos que rigen nuestro vivir, y lo encogen. Y claridad puede significar mirar de nuevo, mirar con los ojos internos que iluminan lo que el alma quiere mostrarnos. Una novela escrita en 1818 puede alumbrar nuestra comprensión de la actualidad.
Mary Shelley es una joven de diecinueve años cuando publica de manera anónima su obra, Frankenstein o el moderno Prometeo. La enorme aceptación que recibió esta novela por parte del público -aunque no de inmediato- y de la crítica se debió tanto a la fascinación que produjeron sus elementos de terror gótico, como a las relevantes cuestiones que plantea en torno a los límites del conocimiento, la responsabilidad ética de la ciencia y las consecuencias de las propias decisiones. Uno de sus protagonistas, Víctor Frankenstein, científico obsesionado por crear vida y superar la muerte, emprende una serie de peligrosos experimentos hasta que logra crear, a partir de partes bellas de cadáveres, un ser que resulta grotesco, y que es el otro personaje central de esta novela. Aparece aquí la primera transgresión de este hombre de conocimiento, extremadamente ambicioso: la manipulación de la muerte. El tamaño descomunal que adquiere su criatura es una metáfora de la monstruosidad que puede surgir al querer estirar artificialmente los límites de lo que es ético para la vida humana, y de la inflación que hay en ello, aún si de intenciones bellas o buenas se trata. Frankenstein se permite la libertad de crear, operando como nadie antes sobre la materia, pero se desentiende de su horrenda y poderosa creación, ausencia de responsabilidad moral, segunda transgresión de este científico obnubilado, ocasionando con su actuar desquiciado más de una tragedia. En esta historia del s. XIX, crítica metafórica a los peligros del progreso sin frenos que ya mostraba la Revolución Industrial, el ser creado se subleva y se venga de su creador. En medio del auge actual de desarrollos científicos e innovaciones tecnológicas vertiginosos, que parecen avanzar sin límites ni fronteras hasta vulnerar lo que es y ha sido la humanidad, conviene recordar la mirada que nos legó la mitología griega clásica: en presencia de la hybris, o soberbia desmedida, aparece Némesis, diosa de la venganza y de la justicia, a restaurar el orden transgredido por los mortales, castigando a quienes el orgullo haya cegado.
VII. Palabras de cierre, que no finales
Detrás de decisiones que tomamos en pos de nuestra libertad, suele esconderse un significado profundo, y la siguiente historia podría develárnoslo. Al final de su vida, al Rabino Zusha, un hombre brillante y reverenciado por su comunidad, sus estudiantes, reunidos alrededor de su lecho, le preguntan cómo se siente ante su inminente partida. Con gran sorpresa le escuchan decir que siente temor. «¿Cómo puedes tú, que tienes la brillantez de Abraham y la visión de Moisés sentir temor?», le responden. Él les explica que teme a lo que Dios pueda decirle. «Si Dios me preguntara, ¿Zusha, por qué no fuiste más como Abraham?, yo podría responderle que yo no vine al mundo a ser como Abraham, y si me preguntara ¿Zusha, por qué no fuiste más como Moises?, le respondería que yo no vine al mundo a ser como Moisés, pero si Dios me preguntara por qué no fui más como Zusha, para eso no tendría respuesta». En su meditación postrera, este hombre religioso deja una enseñanza primordial: si al final de nuestras vidas nos encontráramos con Dios, lo único que importaría es si fuimos quienes vinimos a ser. Esta es, en última instancia, la libertad fundante de cualquier otra.
Estamos hechos para ser los protagonistas de nuestras vidas. Lo contrario es volvernos hypokrites, en el sentido griego de la palabra usada tanto para los actores que representaban personajes, como para quien finge ser quien no es. La visión inicial para conquistar la libertad puede provenir del resplandor que nos rodea, si sabemos mirar los símbolos que aparecen a nuestro alrededor, o puede anidar adentro, si nos detenemos a hurgar allí. El vuelo puede surgir si no nos disolvemos en la desolación, cuando eso sea posible. Sin embargo, es preciso asumir que la libertad es un asunto de perseverancia, de esfuerzo sostenido, de perennidad, y en un mundo gobernado por la velocidad, lo efímero y el corto plazo, esa narración constante que construye libertades, se reduce ante el dato instantáneo, incesante e indigerible: urge estar atentos a los irresistibles cantos de sirenas de los mares digitales (donde abunda la información, pero escasea la reflexión), que se pueden convertir en la nueva alucinación de poder absoluto. Lo que nos ciegue frente a los límites de lo propiamente humano, invocará la aparición de Némesis, las veces que haga falta.
Lo reiteramos: no estamos solos en nuestras tribulaciones, especialmente las que atañen a las amenazas a la libertad, si nos dejamos acompañar de los saberes que nos legaron quienes desde la distancia nos observan y esperan no poco de nosotros, de lo que en el presente podamos tejer con las imágenes que se nos siguen revelando, si inclinamos la cabeza y cultivamos una silenciosa actitud contemplativa, preparación necesaria para adentrarnos en el bullicio del mundo.
Reconocer la belleza en el arte, en la ética encarnada en vidas inspiradoras y en la naturaleza misma, nos dotará de los hilos de Ariadna que nos permitan internarnos en los laberintos que a cada uno nos traiga la existencia, terminar con los minotauros que atenacen nuestra libertad y regresar a la salida habiendo ensanchado, responsablemente, las posibilidades para todos los demás. Ello sería producir milagros, mediante nuestro actuar en el mundo, de acuerdo al ovillo que nos legó Hannah Arendt. Buscar en lo terrenal y en lo celestial maneras de preservar la libertad que nos define, es y será nuestro destino común, hasta que sintamos en los tuétanos que estamos hechos de materia divina, esto es, libre.
Referencias
Alexiévich, A. (2015). La guerra no tiene rostro de mujer. Editorial Debate.
Alexiévich, A. (2016). Los muchachos de zinc. Voces soviéticas de la guerra de Afganistán. Editorial Debate.
Frankl, V. E. (1991). El hombre en busca de sentido. Herder.
Han, B. (2023). Vida Contemplativa. Elogio de la Inactividad. Taurus.
Kafka, F. (1983) Consideraciones acerca del pecado, el dolor, la esperanza y el verdadero camino. Editorial Teorema.
Poe, E. (2016). Cuentos Completos. Penguin Clásicos.
Sófocles, Antígona. (2014). Editorial Gredos.
Weil, S. Reflexiones sobre las causas de la libertad y la opresión social. Paidós, Barcelona. 1995.
Elizabeth Rojas Pernía es licenciada en Filosofía (UCAB), con estudios de posgrado en
Alemania (Universidad Alberto Magno); Psicoterapeuta de orientación junguiana; Coach
Ontológico certificado; Master en Crítica Cinematográfica; Diplomado en Literatura del
Mundo; Autora del libro “Viaje al centro de la Resiliencia” y de relatos de microficción.
Articulista en Papel Literario de El Nacional; Prodavinci; La Gran Aldea; El Espectador
Editora de la web: Carmen Cristina Wolf





















