Ars Poetica en Pacto de otro mar
Por Ana María Hurtado
Si eres poeta, verás claramente que flota
una nube en esta hoja de papel…
Thich Nhat Hanh
Nos arrojamos sobre las olas de los mares
tratando de saciarnos en espacios más abiertos.
Friedrich Hölderlin
El mar ha sido siempre un tema recurrente en poesía dada su contextura multisémica, su ilimitada capacidad de evocación, de ser imagen y símbolo antes que palabra; mar que conserva la cualidad primordial de ser misterio, abismo, profundidad insondable y amenazante, de seducir, engullir, expulsar; mar de naufragios y odiseas, y así podríamos continuar de forma indefinida porque el mar en su exceso de realidad es elemento que inunda no solo todo la experiencia humana: terrena, animal, psíquica y espiritual, sino que abunda en su proyección lingüística. El mar también se halla cifrado en el origen del lenguaje, es sonido insistente de la circulación sanguínea del útero materno, El mar es el antiguo lenguaje que ya no alcanzo a descifrar, dijo Borges. Inagotable proveedor de metáforas y metonimias, y por tanto en ese hilo asociativo es también sustancia inconsciente, experiencia onírica, lúdica y poética, tema que particularmente me interesa en la presente aproximación al poemario Pacto de otro mar de Mariela Cordero (LP5 Editora, 2024), de tal manera que cuando nos ofrece su poemario nacido bajo el influjo de un viaje a Taiwán, es decir al otro lado de nuestro mundo, viaje que de por sí es generador de asombro y amplitud poética, nos ofrece también de forma indefectible una indagación que se convierte en Ars Poetica .
signos de la verdad/que me acecha /desde el fondo
Cordero despliega una honda incursión en las formas del lenguaje, sobre su cambiante oleaje, su misterio y la imposibilidad del decir junto al deseo de decir, constancia del sentir humano, humanidad compartida, visionaria del mar en tanto extensión inabarcable. Los viajes, como dirá Pessoa, son los viajeros, y este viaje es la poeta en tránsito, mostrándonos cómo su médula poética resulta estremecida por la profundidad de estas aguas. Más allá de la experiencia en capas que va de la inmediatez del encuentro con otra cultura, de una aproximación diferente a lo sagrado, la poeta va a discurrir hacia la profundidad del devenir poético. La poesía pulsa por hablar de sí misma. La Poesía es una diosa que se devela y se esconde, seduce, asombra e hipnotiza como el mar, te hace ver monstruos marinos, o te hace escuchar el canto de lo inefable, la poesía desea ser vista y que se le permita su expresión, pero vista a través del habla elusiva, tal como la postulase Hanni Ossott. El habla de la naturaleza es impersonal, intransitiva, señalaba Ossott … no hay en ella acción sino acontecimiento. Esto nos lleva al umbral del fenómeno poético en íntima coniuctio con la naturaleza.
en el lugar/ para contemplar la agonía/ahí/te quieren tierra/pero sigues siendo/mar.
Este seguir siendo mar nos abre a la amplitud marina, a lo que eres, haciendo resonar polifónicamente ser y mar, salimos de él y no lo hemos dejado (estamos conformados de un setenta por ciento de agua) pero sí también mar es inconsciente seguiríamos la misma asociación de ideas, igual sí mar es misterio, asombro o terror, seguiríamos siendo mar. Pasamos entonces a la formulación del acontecimiento poético en tanto pulso ontológico.
La poeta a través de la metáfora del mar, asume que hay una dicotomía, entre lo que otros quieren de ti y lo que en esencia eres te quieren tierra…pero en esencia sigues siendo lo que eres, eres mar, A simple vista, el mar puede ser una tranquila sabana desplegada, sin embargo, es sólo apariencia, he ahí la dicotomía que se convierte en hechizo e imagen primordial y rica en simbolismos, en realidades, misterio, profundidad. ¿Cómo no ser mar? Partiendo de una metáfora tan cercana a nuestro mundo emocional, ya desde los primeros versos la poeta se hace mar, entonces el pacto podría remitirnos a la necesidad ontológica de ser lo que en profundidad se es, y no lo que se aparenta, o lo que el engañoso enjambre de los sentidos nos hace percibir, nos remite a un pacto consigo misma, con su esencialidad. María Zambrano, afirma que el poeta es un consagrado a la palabra, y vincula esa función a su condición de identidad: el poeta no quiere ser, si algo sobre él no es.
En la brisa/se mueve una tregua/para aspirar hondo/y embriagarnos de magnitud /antes/de la tormenta. /Así ha sido pactado.
Vemos como la poeta Mariela Cordero da cuenta del encuentro de mares, que van desde el océano de la interioridad hasta los mares del lenguaje, pasando por el encuentro con mares de otras latitudes, tanto geográficas como del alma. De tal manera que este poemario nos sumerge en una corriente continua de voces que son intimidad, Si quiero comunicarme debe descender al fondo de mí mismo y del otro, dice Hanni Ossott en las Hablas rotas. El descubrimiento de lo sagrado en la hondura de un mar emparentado con el inconsciente desde el tejido simbólico que nos atraviesa, nos conduce a la conformación de un lenguaje donde la poesía se mira a sí misma y se envuelve en este oleaje. Y desde allí se propicia el Pacto, en el sentido de compromiso, vínculo que se explaya en esa mirada que pacta. Nos preguntamos ¿Qué pacta? ¿Con quién? ¿Qué pacto se impone al poeta y al lector?
El pacto puede ser un guiño de la poeta para nombrar la embriaguez ante de la tormenta, un guiño que nos involucra; en los pactos siempre están involucrados varios, incluso como testigos, hacer un pacto con otro mar poético es atrayente, aspirar hondo parte del misterio que signa la existencia del poeta, haber establecido un compromiso con el lenguaje, que la mirada, el sentimiento, el descubrimiento o el asombro pasen por el tejido inagotable aunque insuficiente del lenguaje. ¿Y la tormenta? ¿Esa insuficiencia?
Seguimos siendo/aquello/que nuestras bocas/nunca/nombraron.
Cuando dice contempla la agonía nos acerca a ese lugar del ser poético que intuye la persistente agonía del lenguaje como vía de representación. La voz del mar da nombre al siguiente poema, explicita así la indagación que hará sobre la voz. La secuencia es: seguir siendo mar, la voz y el grito, siendo este último, expresión sonora del cuerpo, sostenida en lo indecible pero que pugna por ser dicho o ser escuchado, en tanto imperativo de humanidad, aquello que se dice desde la sonoridad del cuerpo: el alarido blanco del silencio.
Ahora pueden/lavarse las manos con sangre.
Lavarse las manos con sangre remite a una utilización literal del cuerpo para intentar instrumentalizar la herida, y evitar que se convierta en denuncia del ser, y aun más en contractura vital, palanca para existir. Será ese el dilema poético o mienten los poetas como decían Platón y Nietzsche, la alternativa es beber la sangre derramada y convertirse en herida que habla, a través de un lenguaje que no es elusivo ni operatorio.
Permanece quieto/ manso/ ante aquel oleaje /movido por secuencias desconocidas.
La poeta nos invita a la quietud , a la atención y la asunción del instante, sin pretensiones, acaso única manera de contemplar el mar, disposición para la mansedumbre, la escucha y el hacerse eco, canal, este acto se configura como una propuesta del acto poético mismo, la poesía como aquel oleaje movido por secuencias desconocidas; entonces lo esencial en Mariela -ese mar- va perfilando sus ondas hacia la vibración y movimiento del lenguaje como trasmisor, transductor, lugar de proliferación de sentidos y de multiformes criaturas marinas. Los poetas, aunque parezcan hablar de diversas cosas, en el fondo siempre hablan del fenómeno poético que se filtra en el discurso, eso se ve con gran claridad en el ejemplo paradigmático de Hölderlin, pero se puede asumir que no ocurre solo en el poeta alemán, sino que la poesía busca expresarse, mostrar su misterio, su necesidad, o su deseo… y la poesía habla de sí misma en el lenguaje diáfano de Mariela Cordero. Muestra el alarido blanco, el silencio en tanto componente esencial.
Venía cansada/mi boca estaba hastiada/del mismo resabio amargo/acumulado por las palabras /no dichas/ tras los labios cosidos
Mariela en su viaje ha mirado otros mares, y esto la ha invitado a resonar con la inagotable posibilidad del mar para devenir en acontecimiento poético, asomándose desde la ventana marina deja salir las palabras no dichas, tras la imposibilidad del cuerpo para hacerse sujeto de enunciación. Cuerpo que solo conoce la sed de decir. Decir sed es decir deseo, apuntar hacia la realidad última de ser para el deseo: deseo de decir, acaso. Sin embargo, el agua de mar no calma la sed, escuece las entrañas, hay un saber-sabor primigenio que duele y deja sin piel, pero te acerca al enigma.
Me mostró sus entrañas y algunos/enigmas/no sin antes herirme.
He aquí el enigma de la palabra poética, cuando accedes a su entraña, accedes también a enigmas que terminan hiriendo. ¿Tiene el enigma otro destino posible que no sea el herir? ¿Cada enigma es guardián de una herida? La resolución de los enigmas, el develamiento, siempre deja abierta una herida, es la pérdida de alguna inocencia, o la asunción a otra inocencia más necesaria, más audaz.
Me arrastraste/para arrancar de mis labios/una palabra/de rendición/ Eso me dio el Caribe
¿Cuál es la palabra de rendición? aquella consciente de su limitación, aquella conquistada y relegada, por ser pura imposibilidad ante lo real, Nuestra habla es fracaso, carencia, anhelo, carencia es lo sin fondo, de nuevo Hanni Ossott. Por estar excedida no significa renegar de su derrota. Pero lo hace desde otro mar, hay que hacer otro pacto con el lenguaje para dar a la expresión poética la profundidad de otro océano, sumergirse en el lenguaje sabiéndolo abismo: que solo te preparaba/para la profundidad/de otro océano. Mar y poesía son fundamento de todo lenguaje.
El sol se pone/sobre el mar que me es ajeno
La poeta va en la búsqueda de otro mar -el ajeno- y el mar que descubre es otro y el mismo, de tal forma que resuena tanto con la interioridad humana, con el inconsciente que baña la orilla personal, hasta aquel que se dispone a lo desconocido colectivo, ancestral, primigenio. Es otro el mar que dejamos atrás y él que nos espera, dentro de aquellas espirales/ verdes como bosques oscuros
.
Entrabas a ciegas/en el otro mar.
Necesidad de enceguecer, cerrar los ojos y entrar al otro mar, el linde entre el afuera y el adentro, explorar el otro territorio que no es discursivo sino elusivo, ¿Cuál es el mar que me es ajeno? Ese que me deja sin palabras, la poeta atraviesa ese mar que ha percibido como ajeno, pero que invita por encima del eco que la traspasa, para encontrar esa verdad que la acecha desde el fondo …
Pero yo /no tengo/palabras.
Este poemario habla desde un lirismo desnudo y preciso, como recién salido de la espuma (aphros) del mar, de aquello que no puede decirse a menos que uno deje de ser yo, y emprenda un viaje iniciático dejando de lado los pronombres, la patria, lo conocido. Habla de amor en esa clave, y del lenguaje y de la lucha, pero sobre todo habla de ser poeta, de intentar hacer un pacto con otro mar, donde soy arena desparramada. Encontraremos una erótica sutil que emerge de la exploración del lenguaje y desde el lenguaje, que nos interpela desde el nombrar y cómo, dónde el bautizo o la redención o la rendición.
Cada poeta trae un enigma a descifrar, su porción de misterio que le impone trazar líneas en la orilla del mar que es el lenguaje. Mariela Cordero en Pacto de otro mar nos envuelve en su misterio. Parafraseando a Thich Nhat Hanh, si leemos con atención veremos cómo se agita con suavidad un mar en las hojas de este poemario.
Ana María Hurtado
Enero 2026

















