«¡Diles que no me maten!»: El Rulfo que el cine venezolano hizo suyo

«¡Diles que no me maten!»: El Rulfo que el cine venezolano hizo suyo

 Por Edinson Martínez

En 1951, Juan Rulfo publicó el cuento que lleva el mismo título de este texto; aquella fue la primera vez que el manuscrito trasponía la puerta de la reservada intimidad de su residencia en la colonia Cuauhtémoc, en Ciudad de México. Entonces, el trabajo del futuro renombrado escritor fue leído con inusitado interés por los leales seguidores de la revista América, donde era colaborador editorial y publicaba las fotografías que tomaba por todo el país, en paralelo con su profesión de agente de ventas.

Aquel desconocido, para esa época, no se dedicaba con exclusividad a la literatura, pues ocupaba su tiempo viajando por la geografía mexicana como representante de la marca de neumáticos Goodrich-Euzkadi. Alternaba esta ocupación con la fotografía, oficio que desempeñaba con verdadera pasión, como suele ocurrir con quienes son animados por fuerzas inmateriales que los impulsan a buscar, en el mundo que les rodea, la esencia invisible de las cosas al ojo común.

Este ejercicio de auscultar el entorno social y paisajístico le permitió asomar su mirada al México rural, colmado de sus ancestrales soledades y atrasos, para que, con su aguzada observación, consiguiera retratar fielmente la agreste panorámica de una nación de extravagantes contrastes.  ¡Diles que no me maten! fue incluido posteriormente en el celebrado libro de relatos El llano en llamas, publicado en 1953 por el Fondo de Cultura Económica; obra que, junto a Pedro páramo, logró convertirse en la importante referencia literaria que todavía representa.  El ejemplar que ahora mismo tengo en mis manos agrupa ambas publicaciones en una edición que pertenece a la editorial Oveja Negra (1984); ha permanecido conmigo por varias décadas junto a otros libros de formato similar: una versión de tamaño media carta, sin mayores pretensiones en su cubierta, como si quisiera con ello pasar desapercibida a la mirada curiosa del lector.

El caso es que no habría reparado en El llano en llamas nuevamente, si no fuera por el hecho de descubrir —tardíamente, lo reconozco—, la adaptación cinematográfica realizada en 1984 —casualmente la misma fecha del libro ya amarillento que ahora mismo examino— del relato ¡Diles que no me maten! producida por un venezolano de origen merideño con el auspicio de la Universidad de Los Andes. Se trata de una realización fílmica a cargo del cineasta Freddy Siso con un elenco de figuras destacadas del cine venezolano. Siso formaba parte del movimiento del Nuevo Cine Venezolano y el Tercer Cine.

En los registros oficiales de la película, en los respectivos créditos, destaca una leyenda indicando  expresamente que está basada en la obra de Juan Rulfo. Aparte, Freddy Siso figura junto a Bernardo Cequera en la escritura del guion; la música, a cargo de Pablo Manavello, y todo lo concerniente a la producción, remiten a un logro estrictamente venezolano.

Tuve la oportunidad de ver la obra en un enlace de YouTube hace unos meses. Quedé gratamente impresionado por su calidad, por lo que, desde entonces, sentí la curiosidad por indagar sobre la pieza propiamente dicha, la iniciativa cinematográfica y los involucrados en ambas creaciones: el escritor del relato y el cineasta venezolano.

 

La vida de Juan Rulfo 

Antes del reconocimiento literario del autor, su historia de vida estuvo marcada por el infortunio: una infancia de orfandad trágica que empalma con el contexto político y social del país. Juan Rulfo nació en 1917, en Apulco, Jalisco, a siete años de iniciada la Revolución Mexicana —el proceso sociopolítico más complejo que ha vivido esta nación después de la conquista española—; nace justo en el momento en que formalmente se daba por terminado este ciclo con la promulgación de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos. No obstante, la confrontación armada continuó, según explican diversas fuentes para quienes este atribulado periodo culminó, en realidad, en 1920. Por eso señalamos que Juan Rulfo abrió sus ojos al mundo en medio de una cismática conflictividad social que, incluso, llegó a extenderse hasta el fin del gobierno de Lázaro Cárdenas en 1940.

Cuando tenía seis años, su padre fue asesinado en una revuelta y su madre murió cuatro años más tarde. Fue enviado a un internado —una suerte de reclusión para huérfanos y desamparados que él mismo describió como una cárcel—. Allí comenzó su hábito de observar el mundo desde el silencio y una amarga soledad que siempre acompañaría su perspectiva narrativa.

Como antes hemos anotado, Juan Rulfo tuvo que ganarse la vida en varios oficios, todos ellos muy alejados del ámbito literario propiamente dicho, salvo el de fotógrafo; porque, si se quiere, captar imágenes cuando se hace con propósito artístico, en cierto modo, emparenta el oficio con la intención de querer mostrar una materialidad que es invisible o impasible al observador común. Por eso apuntamos el caso del desempeño del escritor en la fotografía, porque, en efecto, su pasión por esta la ejercía con perspicaz mirada, intentando atrapar el aliento de una cotidianidad arrinconada en la esperpéntica realidad mexicana de su tiempo. A propósito de la cual André Breton expresó en 1938 su célebre aseveración: “México es el país más surrealista del mundo”, afirmación que, dicha en compañía de Frida Kahlo, Diego Rivera y León Trotsky, era en sí misma una prueba viviente de la naturaleza disruptiva del tiempo que les rodeaba.

Así pues, Juan Rulfo tuvo entre sus haberes ocupacionales la condición de agente de inmigración, revisando barcos y persiguiendo polizontes. En otro momento fue vendedor de cauchos o llantas —como se acostumbra decir en México y otros países—, trabajo que le permitió recorrer los polvorientos caminos del México rural, conociendo de primera mano a los protagonistas de la miseria y a pueblos enteros con sus menesterosas rutinas. Se cuenta que de sus recorridos le quedó el lenguaje, las maneras particulares de expresarse de las personas y el paisaje que luego sería el telón de fondo de El llano en llamas.

 

¿Quién diablos haría este llano tan grande? ¿Para qué sirve, eh?

Hemos vuelto a caminar, nos habíamos detenido para ver llover. No llovió. Ahora volvemos a caminar. Y a mí se me ocurre que hemos caminado más de lo que llevamos andando. Se me ocurre eso. De haber llovido quizás se me ocurrieran otras cosas. Con todo, yo sé que desde que yo era muchacho, no vi llover nunca sobre el llano, lo que se llama llover.

No, el llano no es cosa que sirva. No hay ni conejos ni pájaros. No hay nada. A no ser unos cuantos huizaches  trespeleques y una que otra manchita de zacate con las hojas enroscadas; a no ser eso, no hay nada.

Rulfo, J. (1984). Nos han dado la tierra. En El llano en llamas (p. 113). Editorial Oveja Negra.

 

Mientras trabajaba como funcionario estatal o bien como agente de ventas, leía de forma obsesiva; se dice que tenía una biblioteca solariega y bastante completa. En aquel tiempo escribía para sí mismo, sin imaginar la notoriedad que le esperaba al decidirse a publicar sus relatos. De hecho, se comenta que tiró a la basura una primera novela titulada El hijo del desaliento porque le pareció demasiado retórica y plagada de adjetivos. De Juan Rulfo podría decirse —aplicando con ajustada propiedad la expresión de Polonio en Hamlet— que “la brevedad es el ingenio del alma”, pues la producción literaria en la que se fundamenta su cosmos legendario remite únicamente al libro de cuentos El llano en llamas y a la novela a la que Joaquín Sabina alude en su canción “Peces de ciudad”. En ella, Sabina hace una referencia directa al contexto literario de Pedro Páramo como una suerte de metáfora en la que desmitifica la nostalgia y el regreso al pasado con esa impronta irónica tan propia del cantautor:

…Y cómo huir cuando no quedan islas para naufragar

al país donde los sabios se retiran

Del agravio de buscar labios que sacan de quicio

Mentiras que ganan juicios tan sumarios que envilecen

el cristal de los acuarios de los peces de ciudad

que mordieron el anzuelo, que bucean a ras del suelo

Que no merecen nadar

El Dorado era un champú

La virtud, unos brazos en cruz

El pecado, una página web

En Comala comprendí

Que al lugar donde has sido feliz

No debieras tratar de volver…

Sabina, J. (2002). “Peces de ciudad” [Canción]. En Dímelo en la calle. Sony Music.

Antes de que existiera el boom latinoamericano, Rulfo (1951) ya había derribado en su narrativa la frontera entre la vida y la muerte. En sus historias, los fantasmas caminan junto a los vivos —no como un truco de terror o artificio narrativo, sino como una realidad cotidiana del campo mexicano—; algo que, en cierto modo, también ocurre en muchos de nuestros países. Basta recorrer algunos de los caminos desolados de nuestra geografía nacional para encontrar, por ejemplo, al recodo de esas largas carreteras que conectan los llanos venezolanos, algún santuario con imágenes acompañadas de velas encendidas, flores, ofrendas y toda clase de abalorios que manifiestan una devoción —a prueba de todo razonamiento secular— a las ánimas que habitan en el universo pactado con fe ciega por los lugareños.

«¡Diles que no me maten!»: Un Llano en llamas venezolano

Ahora bien, ustedes se preguntarán por qué he dedicado estas notas a un autor sobre el cual tanto se ha escrito, cuando casi todo se ha contado sobre él. Y no es que no se deba, de vez en cuando, investigar y escribir sobre autores tan célebres —¡válgame Dios!, claro que sí. Por lo que no hay ninguna duda sobre ello—. La respuesta a esta probable interrogante es muy sencilla: más allá del placer de revisitar a un autor de culto, he querido rescatar del olvido una pieza fundamental de nuestra cinematografía. Me refiero a la producción fílmica venezolana que antes he citado: ese “Llano en llamas venezolano” que Freddy Siso realizó en 1984 y que hoy casi nadie recuerda; entre otras razones, porque muy pocos han tenido el privilegio de verla.

El caso es que, al ver la película, se percibe que —aunque narra una historia distinta— guarda una absoluta fidelidad a la estructura narrativa del trabajo de Juan Rulfo. Así, el personaje principal de la trama, Juvencio Nava —al igual que en el relato—, es interpretado por el actor venezolano Asdrúbal Meléndez. En el reparto, la actriz Flor Núñez representa a la mujer de Juvencio con el nombre de Luvina; detalle que me llamó la atención porque, con ese nombre, en la obra El llano en llamas, el autor incluye un cuento con dicho título. Se trató, a mi modo de ver, de una licencia de guionista que se tomó Freddy Siso para su trabajo fílmico, como para que no quedaran dudas sobre la relación de su producción con la obra rulfiana.

En la película —y no entrego más detalles para que se decidan a verla y a la vez, si no han leído la obra del autor mexicano, pues, igualmente pueden leerla; es un buen momento para hacerlo porque es una verdadera joya narrativa—, el personaje principal, tras vivir 35 años huyendo por el asesinato de su compadre, finalmente es capturado y fusilado por instrucciones del hijo de la víctima. Dicho así, la inclinación natural de quien lee esta breve descripción sería conmoverse por el malogrado compadre; pero, en realidad, la vida suele ser mucho más compleja que una afirmación o juicio de veintitrés palabras. Por lo general está cruzada por una cartografía de sombras e injusticias que prohíja un destino determinado, como es el caso de Juvencio y su compadre: un círculo de hierro que les invito a descubrir en ambas obras.

El filme, de una hora y treinta y cinco minutos, obtuvo el Gran Premio Simón Bolívar en el Festival de Cine de Mérida en 1984, consolidando a Freddy Siso como un destacado realizador al capturar en ¡Diles que no me maten! la atmósfera de angustia; la de una culpa erosionando el alma por el miedo, junto al paisaje fantasmagórico que describe en sus textos, como su sello personal, el autor de todo este cosmos narrativo.

Así que no dejen de ver y leer la obra; tomen su tiempo para ello, porque hay placeres que no admiten prisa.

Muchas gracias a Edinson Martínez por enviarnos este artículo. Es verdaderamente magnífico. Ha sido publicado en otros portales.

Edinson Martínez. Escritor, economista, editor y radiodifusor.  Miembro activo del Círculo de Escritores de Venezuela. Es autor de la novela Vidas paralelas (2014) y es articulista de conocidos diarios. Recientemente publicó el libro de ensayos El peso de las palabras.

 

Editora de la web: Carmen Cristina Wolf

@carmencristinawolf

@circuloescritoresvenezuela

 

 

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La fe… aunque nos deje con la lengua en pedazos

La fe… aunque nos deje con la lengua en pedazos

Por Raquel Markus-Finckler

La fe es un territorio íntimo, pero también una experiencia compartida. Un lugar donde la razón, muchas veces, tiene que aprender a callar… aunque, curiosamente, algunos razonamientos también puedan conducirnos hasta ella.

Salí de ver La lengua en pedazos, la obra de Juan Mayorga inspirada en El libro de la vida de Teresa de Ávila… y algo en mí no volvió al mismo lugar.

Teresa no explicaba la fe. Escribía desde dentro de ella. Desde la duda, desde el quiebre, desde una experiencia de Dios que no siempre consolaba… pero que nunca la dejaba intacta. Fue cuestionada, vigilada, incluso juzgada, porque hablar de lo invisible con tanta certeza siempre incomoda a quienes necesitan pruebas.

La obra no me hizo llorar. Hizo algo aún más extraño: me hizo temblar. Era un estremecimiento que no pasaba por la mente, porque la mente no entendía nada… pero el alma sí. El alma entendía y sentía.

Traté de comprender el porqué de “eso”. De ponerle nombre. De domesticarlo. Pero no encontré una respuesta… encontré una intuición: que ese tipo de fe no llega como certeza, sino como una inquietud que no se deja resolver. Una pregunta viva. Una grieta. Algo que no viene a calmar, sino a abrir.

Algo en esos diálogos le hablaba directamente a mi alma, como si le recordaran una verdad que no sabe explicar, pero reconoce. Y en ese reconocimiento también había una advertencia: que esa fe —cuando es absoluta, cuando es radical— será muchas veces señalada como locura. Como delirio. Como algo que hay que corregir. Porque lo racional no logra descifrarla, ni entenderla, ni justificarla.

Soy judía. Mi espiritualidad es judía. Y, sin embargo, en ningún momento sentí contradicción. Porque, en el fondo, hablamos del mismo misterio: un Dios intangible, invisible, incomprensible, inabarcable. Un Dios que no se prueba… se intuye. Que no se toca… pero se siente.

Creemos así: a lo ciego, a lo sordo, a lo que solo puede rozarse con el alma. Y aun así… ahí apostamos todo.

Y cuando intentamos explicarlo, cuando queremos traducir esa experiencia para quien no la ha vivido, terminamos —como dice el título de la obra— con la lengua en pedazos.

¿Cuántas veces me he aferrado a la fe como última tabla de salvación, cuando nada alrededor tenía sentido… y tampoco lo tenía seguir aferrada? Y sin embargo, ahí está: etérea, transparente, intangible. Ausente cuando más la buscamos, avasallante cuando más la necesitamos… incluso cuando no la queremos.

Algo que Teresa de Ávila escribió en el siglo XVI sigue teniendo sentido en pleno siglo XXI. ¿Cómo es posible que una mujer que enfrentó la duda, la precariedad, la pobreza y el estigma pueda hablarnos de la fe con palabras que todavía nos hacen temblar?

¿Cómo puede enseñarle algo a una generación que parece tener más fe en la tecnología que en sí misma?

¿Hay todavía espacio para el espíritu en una sociedad que ha decidido pesar todo lo invisible?

Tal vez… las respuestas no estén en los lugares donde solemos buscarlas.

A veces no entendemos por qué algo nos estremece… pero aun así, vale la pena ir a sentirlo.

La dirección de Carolina Rincón y Jeizer Ruíz, la puesta en escena —precisa, contenida y profundamente simbólica— y las actuaciones de Wilfredo Cisneros y Grecia Augusta Rodríguez nos impactaron con una capacidad de expresión e interpretación fuera de lo normal… como si no actuaran, sino que atravesaran algo frente a nosotros, y fueron fundamentales para este viaje interior.

Gracias a mi querida amiga Gisela Cappellin, productora ejecutiva de esta obra, por invitarme a presenciar algo que no se explica… pero que, sin duda, se siente.


Raquel Markus – Finckler
Periodista . Escritora . Poeta . Editora

@escritora.creativa

Editora de la web: Carmen Cristina Wolf

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MARIANA LIBERTAD: SELECCIÓN DE POEMAS

 

Mariana Libertad. Caracas (1974) Académica, ensayista y poeta. Es autora de Oscura Bisagra (2017), Adherencias. Tratado sobre la mujeritud (2020), La naturaleza química de las emanaciones (2020) y El libro de los destinos (2021).

Los poemas contenidos en Solicitud de arraigo atraviesan diversas tradiciones para dar paso a la memoria familiar. Artemis, Hécate, Perséfone o Aracne aparecen entre los pasos de frontera, los autobuses que viajan de madrugada y el latido de una nueva vida.
En este libro, Mariana Libertad examina el viaje humano desde la vulnerabilidad del
cuerpo y la conciencia histórica que atraviesa cada desplazamiento. En esa travesía también
surge la figura de la hija migrante, portadora de una herencia que mezcla lenguas y esperanzas. El resultado es un poemario que acompaña al lector hacia una pregunta
esencial: ¿Qué significa habitar la tierra cuando el origen se vuelve itinerante?

Aquí nos tropezamos con la convicción de que cada palabra puede sembrar hogar.

Ángela dos Passos

 

La duda

¿Cuánto tiempo nos tomará entender
el idioma de la risa,
y la cortesía de los que llegan
con las uñas colmadas de otras tierras?

 

Solicitud de arraigo

Mientras bebo el salitre

y escucho los reclamos de la arena,

la radiación cerúlea me clausura los ojos.

 

A tientas, persigo el espejismo,

creamos un oasis,

sellamos la muralla,

 

sin aplomo y con sed

me desvanezco.

 

Es muy arduo quererte, vida nueva.

 

Apuntes sobre la cotidianidad

Me arrebatan el suelo cuando acaban las horas inclinadas del día.

Sostengo nuestra noche con hombros fatigados,

me quedo suspendida en un tiempo sin costas ni asideros,

me inclino en el sofá y nombro lo que queda cuando el mundanal ruido se ha callado.

 

Me cuesta comprender cuál de nosotras escala la montaña por designio de Zeus.

¿Acaso soy la piedra que rueda cumbre abajo?, ¿o la cima sardónica que nos ve regresar?

 

Ven conmigo,

revisemos las grietas que dejó la jornada,

y hagamos que subir nos duela menos, antes de que comience un nuevo día.

 

Editora: Carmen Cristina Wolf

 

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HAY PALABRAS QUE NO SE DICEN: SE SIEMBRAN

HAY PALABRAS QUE NO SE DICEN: SE SIEMBRAN

Por Hebe Munoz

 

Hay palabras que no se dicen: se siembran.

Yo lo he sentido muchas veces. La palabra, cuando nace de un temblor verdadero, no cae en el aire como polvo inútil: se hunde en la tierra invisible del otro. Allí, en la oscuridad fértil del lector, comienza su trabajo secreto. Germina sin ruido. Echa raíz en lo hondo. Y un día —cuando menos lo esperamos— florece.

Siempre he pensado en la poesía como en una semilla diminuta que contiene un bosque entero. En su pequeñez late una arquitectura futura: troncos, sombras, pájaros, frutos. El poema es apenas un puñado de sílabas; su fruto, en cambio, puede ser una conciencia despierta.

Cuando leo a Miguel de Unamuno y escucho su clamor —“¡Que inventen ellos!”— o aquel latido suyo tan desnudo: “Me duele España”, siento que la palabra no es ornamento, sino raíz que se hunde en la historia. En él la lengua no es un jardín decorativo: es un campo de batalla espiritual. Su verso, sobrio y ardiente, me recuerda que escribir es un acto de responsabilidad, casi de fe. La palabra sembrada puede doler, pero también puede salvar.

También la poesía abre grietas de luz como en Octavio Paz, cuando sus imágenes se despliegan con esa lógica del sueño que no es irracional sino más honda que la vigilia. “Un sauce de cristal, un chopo de agua…” escribe, y de pronto el lenguaje se vuelve savia transparente. El surrealismo, en sus manos, no es evasión sino exploración de las raíces invisibles del ser. La palabra germina en territorios donde el lector no sabía que había tierra.

 

Yo creo que todo poema verdadero es una invitación a crecer.

 

La semilla necesita oscuridad y silencio. También el lector. Y el poeta. Hay un recogimiento previo al brote, una humildad necesaria. Pienso en Emily Dickinson y en su susurro luminoso: “Hope is the thing with feathers”. La esperanza —esa criatura alada— anida en el alma y canta sin palabras. Así también la poesía: a veces parece pequeña, casi invisible, pero su canto persiste incluso en el invierno.

La palabra que se siembra con autenticidad tiene vocación de fruto. Y el fruto no es el aplauso. Es el cambio.

He visto cómo un verso puede alterar una decisión, abrir una compasión, incendiar una rebeldía serena. La poesía no transforma el mundo con estruendo; lo hace con raíces. Trabaja por debajo de las noticias, de las consignas, de la prisa. Es un crecimiento lento. Orgánico.

Pero también el poeta es semilla.

No escribimos desde la superioridad, sino desde la vulnerabilidad. Somos granos arrojados al surco de nuestra generación. Nuestra tarea no es imponer sombra, sino ofrecerla cuando el árbol crezca. Cuidar la palabra es cuidar la tierra común. El idioma no nos pertenece: lo hemos recibido como herencia y debemos entregarlo fecundo.

En este sentido, recuerdo la voz maternal y firme de Gabriela Mistral: “Piececitos de niño, azulosos de frío…”. En esos versos hay ternura, pero también denuncia; hay belleza, pero también responsabilidad. La palabra abraza y despierta. La poesía se vuelve pan compartido.

Sembrar implica confianza. No vemos el fruto inmediato. No sabemos en qué corazón caerá la sílaba. Sin embargo, escribimos. Y al escribir, aceptamos una ética: no degradar la lengua, no empobrecerla con descuido, no usarla como arma de humo. La palabra es semilla viva; si la descuidamos, la esterilizamos.

Yo deseo que cada poema sea una invitación a sembrar en uno mismo. Que quien lo lea se pregunte: ¿qué palabra habita en mí sin haber germinado aún? ¿Qué bosque posible llevo bajo la piel?

La poesía no es un lujo: es un acto de cultivo interior. Nos recuerda que somos tierra fértil, incluso cuando nos creemos áridos. Que en lo más hondo hay humedad esperando.

Sembrar palabras es un gesto de esperanza activa. No basta con contemplar la flor: hay que plantar. No basta con admirar el fruto: hay que compartirlo. El poeta siembra; el lector riega; el tiempo hace su obra silenciosa.

Y así, de semilla en semilla, el lenguaje florece.

Y al florecer, nos transforma.

 

LA VIDA QUE SOMOS

Siete semillas

 

I

AGUA

Huele a tierra mojada

después de la lluvia

tu cuerpo de hoja verde

tu flor de granada

en la boca

 

La humedad evaporada

de los poros de tu piel

es la victoria sobre el cansancio

destilada

en hilos de saliva

tejiendo telarañas de besos

con perlas de rocío

 

Amaneció

después del torrencial aguacero

que hizo de nuestras venas

crecidas de ríos imponentes

los ví desde la cama

corrían caudalosos

hasta nuestros cabellos

cual mares sobre la almohada

 

La tierra mojada

la arena empapada

los ojos húmedos

hojas verdes en la noche

granada roja en la boca

 II

AIRE

Respirar

por la  nariz de la noche

esta vida que somos

 

flotando en el mar que nos habita

nos devuelve los fragmentos

que se nos han quedado en el aire

No ha habido

incertidumbres estáticas

 

más bien un ir y venir

de peces convencidos

de que en el tepor de las corrientes

se puede nadar en el pensamiento

tratando de conquistar

un sueño minúsculo

entre las algas aderidas al alma

 

Se puede ver

con claridad

esparcido sobre todo lo que fue

la cantidad enorme

de fragilidades

en medio de los remolinos del pecho

cuando los errores cometidos

se convierten en un río crecido

que sin piedad deja un lodasal a su paso

 

Ver con los ojos del sol naciente

nos regresa a la novedad

al asombro de haber superado

una tiniebla empecinada en mentirnos

acerca de la esperanza

una tempestad que gritaba muerte

y que se carcajeaba en nuestra cara

pensando que así

sucumbiríamos ante ella

III

TIERRA

Contarte acerca de quién soy

cuando somos los dos

es una empresa de hormiga obrera

con una hoja en su espalda

cuidando el jardín

del hogar que nos habita

es un vuelo incansable

de abeja recolectora

desde las cineas multicolores

hasta el néctar denso y viscoso

de nuestros dias

 

es un vuelo de golondrina

que sabe

que le pertenece al cielo

por eso arriesga ascensos y descensos

siendo capaz de planear

despidiendo así nuestros inviernos

 

IV

FUEGO

Por más dias de cara al sol

aún con el alma descosida

quemamos las naves

defendiendo el latido

del rojocorazónvivo

en lo sagrado atemporal

por lo sangrado vivificador

Por el calor y la luz

ardemos en el centro purificador

del mirarnos a los ojos

sin cenizas

Llamamos las cosas por su nombre

amor al volcán

y a los besos

lava

ardor al abrazo

llamaradas

a ese persistente

movimiento transformador

que nos da forma

así recuperamos

las chispas dispersas

de quienes somos

sin que se opongan

los miedos

ni los otros

ni otra cosa

ni nos morimos

ni nos iremos

ni qué dirán

 

la permanencia

es no prescindir del viaje

ni renunciar a la dicha de renacer

Que nos encuentren los siglos

trasnochados y con sueños

bajo el incendio del alba

propagada en punta de estrellas

Que nos encuentre

que nos encuentren

frente a esta hoguera

ardiendo

 

V

EL CUERPO

Mis huesos contenidos

en esta estructura compleja

donde cada órgano palpita

junto a cada célula que se mueve

y en todo tejido se entreteje del sabernos

bailan al son de las canciones

que salen de tu boca

Mis pies se mueven ligeros

tibios y desclazos

sobre la dicha de tu presencia

al ritmo de tus labios

que hacen nido en mis orejas

Todo deja huella en mi piel

El tacto y el contacto

delinean la forma del espacio que ocupo

con enigmas de fluir de sangre

proclamando lo tangible

de la sed

Se me queda

tu rostro entre la manos

lo blando y lo duro entre los dedos

cuál memoria de la noche interminable

y de la luz que lo borra todo

Hebe Muñoz.  Nacida en Pto. Cabello, Venezuela, reside actualmente en Italia.  Ha publicado los poemarios bilingües: (it-esp) PEGASA, Renacida de las aguas (Editorial Feltrinelli. 2014), presentado en el Festival Internacional del Libro BookCity de Milàn, Italia-Sala Khaled al-Saad, MUDEC Museo de las Culturas. 2016; ESCUDEROS de la Libertad (Editorial Feltrinelli 2018) presentado con lectura pública en el marco del evento “Venezuela” del Festival Internacional de Poesía de Génova y EXILIADOS, historia de la diáspora venezolana en Italia (Editorial Mondadori. Crowfounding. 2019. En colaboraciòn con la fotógrafa Irene Nasoni. Edición en italiano) Ha participado como poeta invitada en diversas antologías poéticas internacionales de caracter artistico y como proyectos humanitarios, así como también, en distintos Festivales internacionales y Jamming poéticos.

 

Editora: Carmen Cristina Wolf

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LA GRAMÁTICA DE LO IMPERCEPTIBLE

La Gramática de lo imperceptible

Por Jerónimo Alayón

El mundo está enfermo de gigantismo. Creemos que la verdad habita solo en lo inmenso… trágica ceguera del espíritu. La vastedad es con frecuencia un velo, un estorbo, una distracción para el ser. Lo grande nos impone su presencia, pero lo diminuto concita nuestra fuerza de voluntad y, a menudo, un tipo especial de inteligencia. El ojo humano es perezoso: rápido mira lo colosal, pero es tardo para hurgar en lo invisible el soporte del cosmos. Un grano de arena y una estrella poseen la misma dignidad ontológica, pero rara vez nos detenemos a considerar la majestad de aquel. Bien visto, el átomo es la catedral del universo, pero, al ignorar esta verdad, le amputamos a la realidad su parte más fundamental. Vivimos tan aturdidos entre la obviedad de lo superficial y el ruido de lo macroscópico que hemos perdido la capacidad de asombro ante lo pequeño. Hemos confundido tamaño con grandeza.
Hay en las cosas pequeñas un silencio sagrado y sobrecogedor. Una mota de polvo flota en el rayo de sol que penetra por la ventana de casa. No ha pedido permiso para existir. Tampoco busca ser nombrada, pero su mudez es una forma de elocuencia superior. Hay en el silencio de lo diminuto una suerte de resistencia ontológica, la negativa a participar en la mascarada de las apariencias. Los objetos mínimos son guardianes de la quietud. Una hilacha colgando de la frazada, una grieta en la taza, un insecto agazapado bajo una hoja… En ellos habita una verdad sin adjetivos… desafiando nuestro lenguaje hecho de conceptos ruidosos. Las cosas mudas son, simplemente son. Desafían nuestra narcosis utilitaria. Su existencia es un fin en sí mismo. Contemplar lo pequeño es aprender a escuchar con la mirada.

 

Paradójicamente, la pequeñez es un espejo del infinito. Al viajar a la profundidad del cosmos, no hay límite. En nuestro organismo hay compuestos infinitesimales que formaron parte del polvo cósmico en el origen del universo y, sin embargo, lo diminuto es la frontera de nuestra percepción. Cuando el ojo claudica, nacen el misterio y el prodigio: el microscopio nos dice, por ejemplo, que el vacío está poblado de pequeñeces relevantes y que lo simple es un espejismo, que no hay trivialidad en la naturaleza, que lo trivial es nuestra desatención, no haber entendido que el universo es un poderoso tejido de minucias y una profunda suma de silencios. Con la edad perdemos la capacidad para contemplar el detalle, quizás porque hemos olvidado que en lo pequeño habitan, al unísono, lo sagrado y la nada.
Contemplar lo pequeño es un acto de rebeldía ontológica y ética, una forma de justicia, pues validamos la entidad de aquello que el mundo ignora en su elefantiasis metafísica. La contemplación es una suerte de oración laica. Exige tiempo, quietud y lentitud. El ser requiere calma para fecundar la ontología. En una época como la que vivimos, la parsimonia es subversiva, pero es la única vía para reconocer la alteridad de lo diminuto. Al hacernos testigos del mundo, podemos descubrir que hay una paz peculiar en observar lo nimio: aquello que no espera nada de nosotros, es libre auténticamente y, como tal, se emancipa de la importancia, categoría con la que medimos falsamente la grandeza de las cosas.

 

Hay también en lo diminuto una estética de la precisión. No hay espacio para lo accesorio. En lo pequeño, forma y fondo coinciden. La belleza de lo mínimo es siempre descarnada y, sin embargo, posee la elegancia de lo esencial. No solemos verlo así —dada nuestra ceguera—, pero el drama de nuestra existencia se vive milímetro a milímetro. La vida es un suceso conformado por una secuencia de instantes ínfimos que llamamos momentos. Visto así, la eternidad no sería una duración infinita, sino la inacabable profundidad de una brevísima porción de tiempo. Me gusta pensar que quien habita en el detalle ha conquistado lo sempiterno. La prisa, por tanto, es exilio del ser. La calma es el ancla a lo imperecedero.
El hombre que habita en el detalle hace del silencio su morada. Las cosas mudas no reclaman nuestra atención ni piden que las nombremos. En su mutismo hay fe de que, tarde o temprano, serán alcanzadas por la luz. Su silencio, por consiguiente, no es vacío, sino la certeza de que todo está penetrado por una minúscula sospecha de eternidad. En cada célula nuestra late nuestro nombre, sin embargo, hacen su trabajo calladas. Nuestra salud es el silencio de ellas… Todo lo que de bueno hay en el mundo tiene su domicilio en la mudez de la armonía.

 

Cruzamos la vida ambicionando dejar grandes obras, ser recordados por la estatura colosal de nuestras acciones, gozar de la admiración de quienes nos secundarán, pero todo eso no será más que la cicatriz de lo efímero. A menudo, tras la gloria solo quedan la soledad y el vacío interior. Entender que cada partícula infinitesimal es un testigo del cosmos y cada silencio de las cosas mudas una invitación al asombro es una vacuna contra la arrogancia. ¡Somos tan breves y, sin embargo, tan displicentes con la brevedad de lo pequeño! La pequeñez no es una carencia ni un error: es el susurro de lo absoluto. La verdadera grandeza está en la capacidad de poder oírlo.

 

© Jerónimo Alayón y El Nacionalhttps://bit.ly/3KcYCYv
CITA CHICAGO:
Alayón, Jerónimo. «La gramática de lo imperceptible». El Nacional. 20 de marzo de 2026. https://is.gd/LzsaS1

 

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Jorge Gómez Jiménez: selección del libro inédito Los temblores del mundo

Jorge Gómez Jiménez

Tus noches son actos telúricos,
fenómenos naturales,
terribles sismos de piel,
rugientes maremotos sudorosos,
llameantes lenguas de fuego
que brotan gimiendo de tu cuello.
Son, tus noches, devastaciones
totales, abrumadoras,
que estremecen impúdicas
todo intento de concreción.


 

Te escribo en mayúsculas
como un grito destemplado,
tímpano de tus ojos,
sacrificio de un sentido
para mi grito.


 

La noche
en una llanura de tela
ante ti
te acerca a tu fiera

A grandes zancadas
a tientas
en la oscuridad
encuentras el destino de sangre
que te depara tu fiera
oculta en la tela
de tu noche


 

Quisiera estar ante ti
decirte que te extraño
cuánto te extraño
mirarte tocarte besarte
y no estar en mí
sino en ti
y hacerte creer
que esto es un poema
y no un sollozo


 

Mi alma se debate
en una guerra sin cuartel
con los malhechores
de la tristeza.
Basta que mi alma pida refuerzos
y mi memoria empieza a pensarte,
y aunque termine
perdiendo la guerra
son reconfortantes
las pequeñas batallas
de las que tu recuerdo sale
siempre
triunfante.


 

Tus silencios
son el jolgorio prematuro
de la muerte,
el caldo esencial
del hastío,
el triunfo odioso
de la tristeza.
Me brindan
tus silencios
una agonía que avanza
a un ritmo
infinitesimal,
me tuercen el cuello
con manos blindadas,
me evaporan
y me hacen caer
tus silencios
como una lluvia
en el horizonte.


 

Cuán lejos de nuestro fino estilo
Que yo vaya a ti y te pida
Me aclares si para siempre
Te he perdido

Si algún día vuelves
Frente bajo sobre mí
Conmigo
Vaya qué bien
Me felicito

Pero qué importan
Las vicisitudes
El ir y venir de los días

Cuán lejos de nuestro fino estilo
sería que me conforme
Pero qué bien
Me felicito
Porque hace tanto te tengo
Porque tu recuerdo es ya
Suficiente
Para justificarlo todo


 

Un cuerpo pequeño
como el tuyo
ha de temblar de frío
por las noches
sólo
para que un cuerpo
desmesurado
como el mío
le sirva de cobijo.


 

La vida del solitario
suele circunscribirse
a un recuerdo.
¿Qué recuerdo de ti
perturbará mis tardes
cuando la vida,
el futuro,
te reclame?
¿Qué sonrisa,
qué franja de piel,
qué mirada,
qué palabra,
qué de ti
me asediará
una mañana fría,
ante un café
que aún no vislumbro?

 

Jorge Gómez Jiménez

Escritor venezolano (Cagua, Aragua, 1971). Desde 1996 edita la revista literaria Letralia, Tierra de Letras, la primera publicación cultural venezolana en la red. Autor de los libros de cuentos Dios y otros mitos (1993) y Uno o dos de tus gestos (2018), las novelas breves Los títeres (1999) y Juez en el invierno (2014), la antología de narrativa venezolana Próximos (2006; bilingüe, chino-español), la novela El rastro (2009) y la plaquette de poesía Mar baldío (2013). Recibió en 2023 el Botón Filuc, máxima distinción de la Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo, por su trayectoria como escritor y editor. Textos suyos han sido traducidos al francés, inglés, italiano, catalán, esloveno y chino.

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MUJER DE TIERRA ÁRIDA

Mujer de tierra árida

Por Ernesto Marrero Ramírez

Permíteme estrechar tus manos
rasgadas por el inclemente arado
y suavizarlas con el aliento de mis letras.
Permíteme sembrar tu sendero
con relojes de sueños
anhelos, versos e ilusiones…
Mujer de tierra árida
             …permíteme calmar tu sed
Lánguida espiga
doblegada por el tiempo,
amapola cenicienta
que resecó el árido suelo,
brinda con la copa de la voluntad
…embriaga tu alma.
Bebe del licor de la esperanza
y levanta tu mirada
Mujer de tierra árida
        …brindemos juntos por la libertad
La vida es de luz y de sombras,
una se funde con la otra.
No dejes que los vientos de los pesares
aquellos que moldean la piedra interior
aquellos que abren o cierran zanjas,
desmoronen tu confianza.
Deja que la brisa sacuda tus alas
y vuela alto, alto, muy alto…
hasta la cima de tu conciencia
Mujer de tierra árida
     …la vida espera por ti
Ernesto Marrero Ramírez es poeta, cuentista y ensayista venezolano. Licenciado en Administración y Magister en Filosofía Práctica de la Universidad Católica Andrés Bello. También realizó estudios superiores de Psicología Existencial en la Universidad Wiener en Lima, Perú, y Psicología Analítica en el Centro de Estudios Junguianos en Caracas, además de Narrativa Contemporánea en la UCAB. Es miembro de la Sociedad Venezolana de Filosofía y Director de Cultura del Círculo de Escritores de Venezuela. También es profesor universitario, investigador, conferencista, asesor gerencial, locutor, productor de micros radiales y articulista sobre temas filosóficos, biográficos y existenciales. Varios poemas de su autoría se han traducido al francés y al ruso. Algunos de sus libros: El pececito que quería ser humano, La leyenda del sabio de la montaña, Y ahora… ¿por dónde empiezo?, Cuando tenga tiempo, empiezo, Pasajes secretos del alma, El Futuro nos Alerta, Quisiera contarte algo, El jardín de la existencia, El tiempo y su legado, Fragmentos de impermanencia y Entre dioses y mortales.Ver Biografía en:  enlace:https://ernestomarreroramirez.blogspot.com/p/blog-page.html

Editora: Carmen Cristina Wolf    @carmencristinawolf

Asesoría Técnica: Jorge Gómez Jiménez Letralia

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LAS MUJERES DE MI HISTORIA

LAS MUJERES DE MI HISTORIA

Por Lidia Salas

 Inicio estas palabras recordando el saludo de un amigo cuando me llamaba: ¿Cómo te sientes rodeada de tantas princesas?
Hacía referencia a que al perder a mi esposo, vivía con mi madre;  mi única hija,  quien tenía dos niñas en su matrimonio, era mi vecina.
Él sabía de la felicidad, que me producía la rama familiar tan florecida. Jenny y mis nietas son la mejor razón para vivir, mis amores más ciertos.
En esta celebración del día de la mujer deseo honrar a mi abuela materna:
Graciela LaTorre, cuyas memorias de vida escuché de sus labios, y quien al contarme la historia de Jean Valjean, el protagonista de Los miserables, abrió la cantera de la pasión por la lectura y más tarde por la escritura creativa.
 Ligia Rincón, mi madre, es el modelo de ser que amo y admiro, por la pasión que comunicaba su quehacer,  por el espíritu de sacrificio, de sabiduría y de fortaleza para encarar la vida y sus duros golpes, manteniendo incólume la dignidad y la ternura; vivió hasta los 104 años con su mente clara   y el sentido vital de la existencia.
De ella aprendí el gusto por el cine, la costura, la buena cocina y la  música clásica.
La autora, cuya obra  leí en los primeros años casi en su totalidad,  fue Agatha Christie; deseo unir su nombre junto al de esas dos francesas cuyos libros acompañaron mi juventud: Marguerite Yourcenar y Marguerite Duras, y en esas autoras están los nombres de tantas escritoras cuyas libros hicieron más hermosas las horas de silencio y de soledad.
Deseo rendirles un homenaje de gratitud, porque sus páginas dieron un significado más hondo al ser humano que soy.
Honor y admiración para las amigas poetas, narradoras, dramaturgas, docentes, amas de casa, profesionales y artistas, su cercanía es el don más preciado que jamás pude recibir, quienes junto a mis hermanas de sangre, constituimos  una visión de mundo, asumida desde la intuición, la compasión y la complicidad para encontrar la manera de ser útiles y felices.
Un tributo que brota desde el corazón, para mis maestras de la escuela elemental, quienes me dieron con la lectura y el razonamiento lógico, las mejores herramientas para llegar a ser sabía. Homenaje que rindo también a las hermanas salesianas, las profesoras en el colegio de secundaria, muy especialmente a: sor Domitila Vélez, quien abrió con sus enseñanzas el camino de retorno a la casa del Padre, y la cadencia de mis primeros versos.
Esta fecha tuvo como origen, la justicia para  resarcir a la mujer de los derechos humanos, económicos, sociales y culturales que le habían sido arrebatados por el poder patriarcal, que la consideraba sujeta a sus órdenes y caprichos.
Sea oportuna la fecha para declarar que falta un largo camino por recorrer, y que hay que ensalzar sobre todo el «anima» ese elemento femenino que según Carl Jung,  tienen TODAS las personas, lo que  concede ejercer el oficio de vivir, desde  la intuición, la sensibilidad, la creatividad, la resiliencia y la bondad.
Desde esta orilla, una ráfaga de los mejores aromas del bosque, invoquemos un conjuro que  permita a quienes creemos que solo hay dos sexos, y que la diferencia sirve para acercarnos, complementarnos y trabajar unidos hasta lograr la magia de transformar  este planeta azul, en el mejor de los mundos posibles.
Lidia Salas.  Marzo del 2026
Lidia SalasLicenciada en  Filología e Idiomas de la Universidad del Atlántico. (Colombia)  Obtuvo su maestría en Literatura venezolana en la  Universidad Central de Venezuela.

Autora de los siguientes poemarios: Arañando el silencio. Finalista del 1º Concurso de Poesía Libre de la Universidad de Córdoba. (Colombia) Ediciones Puesto de Combate. Bogotá. Colombia. 1984 Mambo  Café Ediciones Círculo de Escritores de Venezuela. Caracas.1994. Mención de honor del Concurso de Poesía del Ateneo “Casa de Aguas” (Venezuela) Venturosa. Premio Único del VII Concurso Nacional de IPASMECaracas, Venezuela. 1995. Luna de Tarot Ediciones Círculo de Escritores de Venezuela. Caracas. 2000. Este poemario fue llevado al teatro en la Semana del Poesía en Escena en Caracas.. Coautora con Elena Vera de la antología Quaterni Deni 1988. Katharsis. Editorial Lector Cómplice. Caracas. 2013. Ciudad de Azul y Vientos,  libro digital    (Amazon) Edición impresa: Editorial Lector Cómplice. Caracas, 2016. Autora de las siguientes plaquettes: Sedas de otoño (2006)  e Itinerario Fugaz. La Palabra, 7 secretos de su energía creadora 2024. Edición impresa y en Amazon

(2007) Edición de la Universidad Nacional  Abierta. Su poema “Hechizo de isla” fue finalista  en el III premio Internacional de Poesía Amorosa en Palma de Mallorca. España. Publicado en la Antología del Círculo de Bellas Artes de la misma ciudad. 2005.

 

Editora: Carmen Cristina Wolf

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Ser mujer: una historia que continúa escribiéndose

 

La revista va a dedicar el mes de marzo a celebrar el Día de la Mujer, cuya fecha es el 8 de marzo. Hoy leemos a Farah Cisneros, una mujer multifacética, escritora venezolana destacada en el ámbito de la Programación Neurolinguística y metodología organizacional, productora y coordinadora del Programa de Entrenamiento y Desarrollo Integral PEDIP. Gerente empresarial y madre de familia.
Como ella escribe: «Porque cuando una mujer avanza, no lo hace sola. Avanza su familia, su comunidad y, en consecuencia, la sociedad entera.»

Ser mujer: una historia que continúa escribiéndose

Por Farah Cisneros

Cada año, el 8 de marzo invita al mundo a detenerse por un instante para reflexionar sobre el significado de ser mujer. Más allá de los gestos simbólicos o las felicitaciones circunstanciales, esta fecha representa una memoria colectiva construida a partir de la valentía, la perseverancia y la conciencia social.
El Día Internacional de la Mujer tiene su origen en las luchas emprendidas por trabajadoras que, a inicios del siglo XX, reclamaron condiciones laborales dignas, igualdad salarial y reconocimiento de derechos fundamentales. Aquellas mujeres no buscaban privilegios; exigían justicia. Su determinación marcó un punto de inflexión que transformó progresivamente la participación femenina en la vida social, política y económica del mundo.
Recordar ese origen es esencial, porque permite comprender que los avances alcanzados no fueron concesiones espontáneas, sino conquistas logradas mediante esfuerzo colectivo y una profunda convicción de dignidad humana.
Sin embargo, la relevancia de esta fecha trasciende el ámbito histórico. Hablar de la mujer hoy implica reconocer su papel decisivo en la construcción cotidiana de la sociedad. Desde espacios visibles de liderazgo hasta escenarios íntimos donde se forman valores, afectos y principios, la mujer ha sido motor silencioso de transformación.
Ser mujer no responde a un único arquetipo. Es diversidad de experiencias, elecciones y trayectorias vitales. Es la profesional que impulsa cambios, la creadora que inspira, la madre que guía, la joven que cuestiona estructuras heredadas y la mujer madura que comparte la sabiduría adquirida a través del tiempo.
En las últimas décadas, el avance hacia la igualdad ha abierto oportunidades antes impensables. No obstante, el verdadero desafío continúa siendo construir sociedades donde el respeto, la equidad y la valoración del talento femenino formen parte natural de la convivencia humana.
Celebrar el Día Internacional de la Mujer no significa establecer diferencias, sino reconocer aportes. Significa comprender que el progreso social se fortalece cuando mujeres y hombres participan en condiciones de igualdad, respeto y cooperación.
Quizá el sentido más profundo de esta conmemoración radique en algo sencillo y esencial: reconocer el derecho de cada mujer a vivir plenamente su identidad, desarrollar sus capacidades y decidir el rumbo de su propia existencia.
Porque cuando una mujer avanza, no lo hace sola. Avanza su familia, su comunidad y, en consecuencia, la sociedad entera.
El 8 de marzo no es únicamente una fecha conmemorativa; es un recordatorio permanente de que la dignidad, la libertad y el respeto constituyen pilares indispensables para un futuro más humano.
La historia de la mujer continúa escribiéndose cada día, en cada decisión valiente, en cada espacio conquistado y en cada voz que elige expresarse con autenticidad.
Y mientras exista una mujer dispuesta a creer en su propio valor, el mundo seguirá encontrando nuevas formas de crecer.
Farah Cisneros

 

Editora: carmen Cristina Wolf

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Poemas de Carmen Cristina Wolf traducidos al francés

         

CARMEN CRISTINA WOLF/VENEZUELA/EDICIÓN BILINGÜE ESPAÑOL – FRANCÉS/POR: JUSTINE TEMEYISSA/LA CASA QUE SOY

SELECCIÓN DE «ESCRIBE UN POEMA PARA MÍ»

1

AMANTE

No dejes caer la noche sin decírselo

La rosa no se avergüenza de velar

en lucidez al alba

Mejor un instante de atrevido sonrojo

a mil versos de sensata palidez

AMANT

Ne laisse pas la nuit tomber sans le lui dire

La rose n’a pas honte de veiller

dans la lucidité à l’aube

Mieux vaut un instant de rougeur audacieuse

à mille vers de pâleur sensée

2

Si pudieras contarme el secreto de los girasoles

la cayena indefensa en medio de la lluvia

si pudieras decirme el sabor rojo de los tulipanes

y el matiz verdinegro de las hojas.

Dime cómo besan en la piel

sus colores de agosto

escribe un poema que sea ahora

no dejes que se pierdan tus versos vegetales.

 

Si tu pouvais me révéler le secret des tournesols

la cayenne sans défense au milieu de la pluie

si tu pouvais me dire la saveur rouge des tulipes

et la nuance verte-noire des feuilles.

Dis-moi comment leurs couleurs d’août embrassent la peau

écris un poème qui soit maintenant

ne laisse pas tes vers végétaux se perdre.

3


Te escribo con urgencia

porque no puede ser de otra manera

para pedirte que me cuentes

cómo es el sonido de las constelaciones

los colores del relámpago

el galope de los caballos

en las tempestades de octubre

 

Je t’écris avec urgence

car il ne peut en être autrement

pour te demander de me raconter

quel est le son des constellations

les couleurs de l’éclair

le galop des chevaux

dans les tempêtes d’octobre

Fuente http://lacasaquesoy.blogspot.com/2024/12/carmen-cristina-wolfvenezuelaedicion.html

El poema

es una barca atada a una promesa

un hallazgo posible

Carmen Cristina Wolf

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LA TIRANÍA DEL ALGORITMO EN LA LITERATURA

La tiranía del algoritmo en la literatura

Econ. Edinson Martínez

Cuando comencé a escribir mis primeros artículos, hace un poco más de medio siglo, lo hice en una máquina Brother. Era lo frecuente entre los jóvenes de mi generación; aquella ya había pasado por varias manos porque era el medio más moderno disponible entonces. Los textos giraban sobre temas tan elementales como ingenuos del entorno que nos rodeaba. Como registra la historia de la última mitad del siglo XX, el clima intelectual de la época estaba fuertemente influido por los autores del boom literario latinoamericano y una abundante literatura política.

Eran los tiempos de una juventud inquieta que escribía sobre lo que quería, sin más restricciones que las derivadas de su particular percepción, como entiendo que ocurría con los autores consagrados y todo aquel que aspiraba a fraguarse un lugar en el ámbito de las letras. De modo que la libertad —o, en todo caso, la soberanía para escoger los tópicos sobre los cuales escribir— era un asunto del único arbitrio y decisión de quien los suscribía. Acaso se admitía una considerada insinuación, una tímida sugerencia o una recomendación vertida desde las más íntimas cercanías para matizar o influir en la exposición de determinadas ideas, pero nunca una imposición de terceros por razones de estilo o tendencias con fines mercantiles, alienando así la natural soberanía del oficio de escribir.

El título que escogí para estas notas ya antes otros autores lo han empleado para describir el mismo propósito que anima esta escritura. Uno de ellos es Kyle Chayka[1], con su artículo The Tyranny of the Algorithm: Why Every Coffee Shop Looks the Same («La tiranía del algoritmo: por qué todas las cafeterías se ven iguales»), donde desarrolla una bien argumentada exposición sobre la influencia que los algoritmos tienen en las preferencias de las personas. Aunque el asunto, en realidad, no es nuevo —porque en el pasado la influencia de los mass media fue determinante para la manipulación de la conciencia colectiva a escala planetaria—, el escrito en cuestión plantea una inquietante línea argumental sobre la alienación colectiva en el presente siglo: una realidad de estereotipos y perspectivas similares como nunca antes conoció la humanidad, donde la piedra angular de todo este proceso la constituye la abrumadora influencia de las redes sociales.

Si en el pasado la fabricación de estereotipos era un proceso de reproducción cultural permanente, aquello ocurría en lapsos temporales relativamente largos que permitían la reacción contestataria de la sociedad; a lo que habría que añadir un contexto intelectual dotado de valores culturales para contener, con sentido crítico, el propósito de estandarizar los gustos y la concepción de la vida. De ahí la abundante literatura sobre el tema durante aquel periodo. De aquel lapso valdría la pena citar, por ejemplo, la obra de Wilson Bryan Key (1988), Seducción subliminal:

«Los lenguajes subliminales no se enseñan en las escuelas: la base de la eficacia de los medios de comunicación modernos es un lenguaje dentro de un lenguaje, uno que nos comunica a cada uno de nosotros a un nivel inferior de nuestro conocimiento consciente, que llega al mecanismo desconocido de la inconsciencia humana. Este es un lenguaje basado en la capacidad humana de recibir información subliminal, subconsciente o inconscientemente. Este lenguaje ha producido de manera verdadera la base de ganancia de los medios de comunicación masiva». (p. 39).

Hoy en día, situándonos en los últimos veinte años, aquel contexto de reproducción de estereotipos se ha agudizado de manera dramática. Lo que antes tardaba meses o días en consolidarse, ahora se consigue en instantes. Así, una idea, imagen o enunciado puede darle la vuelta al mundo de forma inmediata y, conforme a los algoritmos, conocer casi al instante cuál ha sido su impacto. El artículo de Chayka describe cómo ya no importa si estás en Bogotá, Madrid o Tokio; el algoritmo ha dictado un estándar estético global que anula la identidad local en favor de una uniformidad de gustos. Explica cómo los negocios han adoptado una estética idéntica para que todos tengan una misma imagen. Alguien podría preguntarse: «¿Qué hay de malo en eso?». En apariencia, nada, si se valora solo como tendencia estética. El asunto se complica cuando ese mismo algoritmo impone preferencias en otros ámbitos, como el político, donde ya vemos reivindicar perversiones del pasado mientras se defenestran logros civilizatorios si conviene a determinados intereses globales.

Aquí encaja mi reflexión sobre la literatura. Creo que nunca en la historia hubo tantas personas escribiendo y tantos lectores confluyendo en las dos caras de una misma moneda. Mi angustia es que esta maravilla del ingenio humano termine siendo una mercancía en el más estricto sentido; que el ejercicio intelectual concluya contando a los lectores solo lo que desean de acuerdo a preferencias previamente estereotipadas, en una clara enajenación de su soberanía intelectual. Una abominable deriva que desterraría de la creación el brillo de su autenticidad.

Tendríamos, por un lado, una legión de consumidores de contenidos promedio dictados por plataformas masivas y, por el otro, la seudoliteratura usurpando el lugar de la creación auténtica. Una realidad difícil de develar cuando el antifaz de la posverdad domina la sociedad, haciendo realidad la advertencia de Herbert Marcuse: «La catástrofe verdadera es la perspectiva de idiotización, deshumanización y manipulación total del hombre».

En este contexto, mucho me temo que el lugar de los escritores estará comprometido por la presencia de la IA como instrumento para generar contenidos que alimentan el consumo masivo, conforme a la escritura sin arte del algoritmo. Estamos ante una doble alienación: el escritor pierde el control sobre su creatividad —ya no decide género, estilo ni tema— y el lector consume lo que le llega bajo una velada manipulación. Me abruma la idea de que la literatura se transforme en un producto de moda, cuando en realidad es un testimonio de vida. Cuando leemos a Saramago, a Rulfo, a Borges o a García Márquez, nos conectamos con las obsesiones, los miedos y el tiempo que envuelve a los autores con el paisaje seco y espectral como residuo de una revolución, por ejemplo, la cosmogonía que cambió la percepción de la literatura latinoamericana, o los laberintos porteños de una ciudad que se queda para siempre en el imaginario del lector.

La literatura es la creación humana más trascendente desde que se inventara la escritura y, quizás, el prodigio intelectual de mayor relevancia desde el instante mismo en que nuestros antepasados sintieron el peso de su ser al ver su cara reflejada en un arroyo.

El peligro no es que la IA escriba como un genio o sea capaz de imitar nuestras emociones, sino que los seres humanos nos acostumbremos a leer como máquinas, atrapados en el contenido promedio de las redes sociales sin admitir la excepcionalidad; esa maravilla con la que cada autor se presenta ante sus lectores, el élan vital que le impulsa a concebir la literatura como un constante desafío de sus capacidades para sorprender a sus semejantes. Este riesgo nunca antes lo tuvo la humanidad, incluso cuando en el pasado los mass media influían abiertamente en corrientes de opinión, modas y preferencias de consumo.

No estoy seguro de que, con el despliegue alucinante de las nuevas tecnologías y plataformas, podamos tener una convivencia equilibrada entre ellas y el arte de escribir. Lo ideal sería que remitan principalmente a su uso como instrumentos de soporte —sea documental o de inmediatez en el acceso a fuentes— y no a la suplantación del ingenio humano para convertirnos en víctimas de la probabilidad estadística que dictan los algoritmos. Es una puja de resultados impredecibles que quizás resulte favorable a la perspectiva que represento; es posible, dada la historia construida por el hombre, pero nadie podría garantizarlo.

Algunos con quienes he conversado el tema sacan a colación el caso de la fotografía: cuando apareció, los pintores —entre ellos los retratistas— imaginaron que su arte desaparecería, pero con el tiempo la fotografía también derivó en un arte. No estoy seguro de que en nuestro tiempo ocurra lo mismo en la inevitable interacción entre escritores, lectores, IA y redes sociales.

Por ahora, a quienes deseamos una ponderación soberana del asunto, solo nos queda persistir. Busquemos el modo en que una tecnología que amenaza con hacer «caída y mesa limpia» termine facilitando las cosas para que, como el escultor, la IA se limite a buscar la piedra en la cantera, picarla y pulirla, para que el artista finalmente la talle y cree la obra que ha de ser admirada como expresión de su auténtica excepcionalidad y no como la aburrida rutina del estereotipo que no sorprende a nadie.

[1]   Kyle Chayka es un reconocido periodista y crítico cultural estadounidense, actualmente redactor de plantilla en la revista The New Yorker, donde escribe la columna «Infinite Scroll» sobre tecnología y cultura de internet

 

Edinson Martínez. Narrador  con raíces zulianas y alma universal, nació en Cabimas, estado Zulia, en 1957, y actualmente reside en Ciudad Ojeda, municipio Lagunillas. Es economista de profesión, pero ha dedicado gran parte de su vida a la literatura, el periodismo y la docencia universitaria.  Miembro del Círculo de Esctritores de Venezuela.

 

Editora: Carmen Cristina Wolf @carmencristinawolf en Instagram

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LA LIBERTAD COMO EXPERIENCIA ESTÉTICA

 

La Libertad como experiencia estética

Elizabeth Rojas Pernía

Siempre estoy buscando la respuesta: ¿por qué nuestro sufrimiento no se convierte en libertad? ¿Qué puede lograr el arte?  Svetlana Aleksiévich

No el placer, la gloria, el poder: solo la libertad Fernando Pessoa

Nuestra época es tal que produce temblor. ¿Cuál es la libertad que tenemos a nuestra disposición en períodos turbulentos, de cambios radicales, de enorme incertidumbre y de irrupción cada vez más frecuente del poder autoritario?, ¿podemos siquiera seguir hablando de libertades?

Mientras lo averiguamos, conviene recordar que no estamos solos ante la inmensidad de esta marea política, económica, bélica –que incluye esa particularísima forma de guerra que es la arancelaria y la más reciente, de connotaciones nucleares, con carácter más espeluznante– que nos está tocando vivir, y que parece poseer una fuerza capaz de ahogarnos. No estamos solos, pese a que por momentos podamos sentirnos desvalidos. Contamos, como especie creadora de significados, con un enorme legado ético y estético al cual apelar, en el cual refugiarnos y del cual obtener luces, cuando casi toda referencia previa, incluso de lo que nos hace humanos, se ha oscurecido o parece a punto de ser arrasada. Pensemos en el advenimiento de la sociedad digital ?donde, expresado por Bruce Sterling, «Cuesta demasiado seguir siendo humano»?, y en la propagación de la fluidez en casi todas las nociones que nos son fundamentales, como referencias de nuestro inquietante presente.

Estamos, al mismo tiempo, ante la oportunidad de recordar que con nuestros modos de interpretar y enfrentar el descalabro actual podemos, también nosotros, dejar una herencia significativa a las generaciones que sigan, si fracasamos en la empresa de la autodestrucción, claro está. O no. Depende de lo que elijamos. Si elegimos responder a muchas formas en que el mundo parece estar interpelándonos, desde una comprensión más abarcante de lo que somos, de lo que hemos sido y que deje abierto el camino para lo que otros elijan ser, estaríamos rescatando una tradición que nos concebía como conectados, pertenecientes y expresiones del anima mundi, el alma del mundo, conectada, a su vez, a un orden superior. «Si la civilización ha de sobrevivir, la expansión de la comprensión es una necesidad primordial», en las contundentes palabras de Alfred North Whitehead.  Esa comprensión aparece nítidamente asumida por Fernando Pessoa, al decir, poética e íntimamente, «He sufrido en mí, conmigo, las aspiraciones de todas las eras, y conmigo se han paseado, a la orilla oída del mar, los desasosiegos de todos los tiempos». Si somos manifestaciones de esa alma del mundo ?y no solo animales racionales o seres cogitantes, ergo, seres definidos casi exclusivamente por su aparato mental o su biología, condiciones necesarias, pero no suficientes?, comprenderemos que más allá de la esfera minúscula de nuestro “yo personal” (cuando deviene prisión mental, cognitiva o emocional, estemos conscientes de ello o no) se extiende la vastedad. Ensancharnos es posible cuando logramos reconocernos en manifestaciones del arte, y en vidas, que nos han mostrado al mundo y sus desasosiegos como el valle de la creación del alma, como supo ver John Keats, desde su comprensión poética. El arte puede revelarnos cómo encontrar belleza y sentido en medio de la oscuridad que reduce, aplasta o confina. Ese sentido que se muestra, al no dejarnos hundir en la desesperación sin propósito, también forja nuestro carácter. Y, a menudo, esas revelaciones surgen del arte de las palabras. Cada vez que nos encontramos a un otro, en la ficción literaria o fuera de ella, que ha visto, sabido y expresado algo trascendente estamos en presencia de un acto de libertad. La literatura –heredera de los mitos, ámbito de riqueza inacabable que une lo celestial y lo terrenal–, manifestación creativa que los seres humanos hemos recibido y nos hemos otorgado, puede ser portal hacia la verdad y la libertad, en tanto expresión de conocimiento diferente al meramente científico: Las pruebas cansan la verdad, dijo George Braque, desde su sensibilidad pictórica. Por su parte, Roberto Calasso, insigne recuperador de nuestras tradiciones más antiguas y conocedor de los tiempos en los que andamos, se refirió a los dioses como huéspedes de la literatura, aunque huidizos. Y lo son, porque su carácter es evanescente, pero el infortunio mayor no reside allí, sino en el hecho de que la humanidad haya abandonado a sus dioses, y con ello se privara de sus revelaciones. El esfuerzo por secularizar el mundo ha sido sostenido y ha dado amargos frutos, como el abandono de lo sagrado y el consiguiente confinamiento en lo exclusivamente terrenal y sus secuelas de vacío existencial, y más aún, la reaparición de lo que ha sido abandonado en formas terribles como el fanatismo y otras formas de violencia. Un fruto diferente, pero igualmente amargo y debilitante para nuestra salud psíquica es la sustitución casi total de la narración por la información: metáforas e imágenes eternas a cambio de noticias y datos efímeros. Una comprensión empobrecida del mundo –esa particular pérdida de libertad–, por consiguiente, no basta para detener la destrucción y emprender, eventualmente, la perenne reconstrucción.

Adentrarnos en algunas alegorías magníficas encarnadas en ciertas vidas, dentro de la ficción literaria y fuera de ella, y dejarnos transformar por la capacidad de sugerir significados que poseen, y que no podemos ver directamente por más que nos urja, es un hacer oblicuo que nuestros tiempos, salvajemente frontales, requieren, si hemos de recibir algo de luz en este sombrío tránsito por la opresión. Hacerlo es honrar y extender lo heredado.

  1. La observación que salva

En un cuento llamado Un descenso al Maelström, de los muchos notables que el genio de Edgar Allan Poe produjo, se narra la aventura de un hombre que, a pesar de haber sido arrastrado por un remolino capaz de tragarse enteros barcos, ballenas, árboles y todo lo que tuviera el infortunio de encontrarse en las cercanías de su vórtice, logra salir con vida. En la embarcación que poseía junto a sus dos hermanos, se dirigían con frecuencia, no a los lugares escogidos por la mayoría de los pescadores, sino hacia zonas donde las corrientes eran más violentas y peligrosas, pero la pesca más variada y abundante. Se llenaban de orgullo al comprobar que solo ellos poseían la reciedumbre para exponerse a pescar en aguas donde el peligro era horrible, tal como lo describe el narrador de la escalofriante peripecia. Cuando la pequeña embarcación era destruida casi por completo por la furia del torbellino, él intentaba sostenerse con sus pulgares a una argolla fijada cerca del mástil de proa.  Y, mientras su vida era tan vulnerable como ínfima, el pescador siente una enorme curiosidad por saber qué ocurría en el interior de ese vórtice de apetito y bramidos terroríficos, que aumentaba a medida que sentía su fin más cercano y lo condujo a las más agudas observaciones. Notó que entre los pertrechos que iban siendo succionados por esas fauces insaciables, los objetos cilíndricos eran los que ofrecían mayor resistencia a la succión y, por tanto, tardaban más en ser absorbidos. Resuelve desatar un barril de la popa y amarrarse con las mismas correas a ese pequeño tonel, renunciar a la aparente protección y sentido de seguridad que le había ofrecido el bote hasta ese momento y descender al mar. Ocurrió lo que sus observaciones le habían mostrado: la barrica de forma cilíndrica con la que compartía suerte, lo mantuvo lejos de las corrientes más violentas. Su desafortunado hermano, en cambio, incapaz de pensar en algo más que en continuar aferrado a la embarcación, no pudo contar su propia versión de lo acontecido. Finalmente, impulsado por un mar ya menos violento, el hombre recala en la orilla y es rescatado por algunos de sus compañeros, quienes con dificultad logran reconocerlo: al cabo de seis horas de terror su cabello está completamente blanco.

En este relato-espejo, podemos ver reflejadas algunas imágenes de nuestras propias travesías, como individuos y como sociedades. Ahora, cuando todo parece dar vueltas o hundirse, saber encontrar a qué aferrarse –dónde refugiarse, sea un lugar, una idea o un valor–, y cuándo saltar ?desprenderse de formatos previos de estar en el mundo?, si el peligro es inminente, deviene expresión de libertad. Hay circunstancias en que ser responsables significa, estar dispuestos a descender (¡aunque si la arrogancia es demasiado grande, esto no es posible!), porque nuestro tránsito por la vida no es, ni mucho menos, solo ascendente. En medio de coyunturas que amenazan con hacer pedazos la vida tal como la conocíamos, se ponen en juego capacidades dilatadas de observación que no utilizamos, o que ni siquiera sabemos que poseemos, cuando las aguas están en calma.

En la concepción de la filósofa y teórica de la política, Hannah Arendt, el género humano está constituido por seres nacientes, en lugar de solo seres arrojados a un vivir para la muerte, y propone mirarnos como poseedores de una enorme potencialidad, como principio ontológico que nos es inherente: la libertad de comenzar de nuevo y aportar algo inédito al mundo. Cuando nuestra acción no es redundante, sino que introduce algo inesperado, puede ocurrir lo que ella denominó milagros.  El pescador de Poe estaría de acuerdo, después de su descenso.

Las narraciones que siguen a continuación muestran claramente la naturaleza diversa de nuestro operar y cómo no es infrecuente que el sufrimiento produzca nuevos comienzos, a veces milagrosos, si sabemos mirar los contextos lo más libres posible de condicionamientos.

  1. La palabra que libera

Parte de nuestro estremecimiento, como habitantes de este momento histórico, es la amenaza casi permanente de guerra, ante a la cual podemos encontrarnos en la condición de víctimas y ejecutores directos o de espectadores dolientes, si no tenemos el infortunio de ser indiferentes. Si alguien ha sido tanto víctima como ejecutor, como a menudo suele ser el caso de los soldados, un mecanismo psicológico que aparece a menudo es el olvido o el silencio. Ambas opciones pueden aliviar parcialmente esa angustia que ha sido llamada estrés postraumático; con todo, lo que nos mantiene humanos es poder recordar, reelaborar e intentar otorgar algún tipo de sentido.

Para Svetlana Aleksiévich, escritora de origen bielorruso y ucraniano, ganadora del Premio Nobel de literatura 2015, la libertad, además de fundamento para la democracia, es recuperación de la memoria. Para miles de mujeres que participaron en la lucha contra el Ejército Nazi, durante la II Guerra Mundial, esa memoria estaba enterrada bajo los escombros de la culpa y la vergüenza. Svetlana las buscó, las entrevistó y, sobre todo, las escuchó callada, atenta y compasivamente, mientras ellas, silenciadas por décadas, expresaban la verdad de su sufrimiento. Al hacerlo, las estaba liberando de la retórica triunfalista que el Estado Soviético –y sus maridos, en el espacio doméstico– les habían impuesto. Ella misma, en cambio, se enfrentaba al riesgo de ser perseguida y condenada por presentar una versión de la guerra y de las combatientes diferente a la narrativa oficial. Su obra, La guerra no tiene rostro de mujer (1983), solo pudo publicarse en el exterior, dado que tales manifestaciones de libertad de expresión no eran toleradas en la Unión Soviética. Y siguen prohibidas en la Rusia actual. A través de la palabra, del encuentro, de la confesión y de la intimidad, estas exsoldados pudieron liberar sus corazones de los barrotes del silencio obligado, o autoimpuesto, y de la indecible aflicción que la participación en aquel horrendo conflicto supuso para la mayoría de ellas. Aleksiévich, que se ha referido a sí misma como oído humano, hizo posible, mediante incontables diálogos, que aquellas almas pobladas de tinieblas sintieran que algo se despejaba, que las heroicas y pesadas máscaras oficiales caían y que la sensibilidad humana regresaba poco a poco a sus cuerpos y a sus vidas. Acerca de estas mujeres, que contribuyeron a la aplastante victoria del Ejército Rojo, se preguntó desde el principio, ¿Qué les ocurrió?, ¿Cómo les transformó?, ¿De qué tenían miedo?, ¿Cómo era aprender a matar? Esas preguntas y las respuestas, que podían salir a borbotones o aparecer reticentes y demoradas, se convirtieron en actos de enorme valentía. A través del relato de sus vivencias aterradoras, estaban revelando la parte no grandiosa de la guerra, «Hablan de la suciedad y del frío, del hambre y de la violencia sexual, de la angustia y de la sombra omnipresente de la muerte» Y, a pesar de la mudez, la negación o el falseamiento inicial, ruegan a la periodista que regrese, que les siga permitiendo hablar de sus espantosos secretos: «Ven. Ven, por favor. Llevamos tanto tiempo calladas. Cuarenta años con la boca cerrada…»  La mayor de las liberaciones que ocurrió fue romper el silencio que las había atenazado durante demasiados años: las mujeres soldados de Aleksiévich, volvieron a nacer, experimentaron la libertad de ser otra vez seres sintientes, a pesar de haber casi apagado dentro de ellas esa capacidad, hasta acaso extinguirla, para poder seguir asesinando y representando el papel que Estado les asignó, loado hasta enronquecer, con el apoteósico: ¡Hemos ganado la guerra!

La escritora define lo que recopiló como anotaciones del alma. Por lo tanto, lo que escucha está lejos de ser solo un canto glorioso. «Nuestra Victoria tenía dos caras: una es bella y la otra es espantosa». Cada entrevistada que se atreve a regresar a esos remotos lugares psíquicos donde ocultaron recuerdos intolerables, a rasgar el velo del miedo y a soltar la mordaza portada por años, va liberando sentimientos largamente bloqueados o cuestionados. Porque, ¿cómo avergonzarse de una hazaña tal?, ¿cómo arrepentirse de los sacrificios hechos por la amada Patria Soviética? No obstante, la verdad, finalmente, surge libre, y se hace carne en cada una.

Seguir creando espacios para dar voz se erige como un imperativo democrático en medio de las alarmantes tendencias autoritarias a censurar, que inevitablemente conducen a diversas formas de autocensura. Leer, o escribir, libros que sean «el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros» –como estaba convencido Kafka que debía ser– representa una experiencia, liberadora como pocas, a nuestra disposición. Los libros de esta mujer sensible, que escucha al alma y la vierte en palabras, coloca el fuego de las verdades donde antes había frías mentiras o helados silencios.

III. El amor y la libertad como desobediencia

Avanzando aún más en la dimensión ética, dentro del ámbito estético de la literatura, para aumentar nuestra comprensión sobre la libertad que nos es posible como seres humanos, traigamos a nuestros días una obra que tendría que ser faro permanentemente encendido para cuando el frenesí tiránico amenace la vida. Hablamos de Antígona, tragedia magnífica concebida por Sófocles (495-406 a.C.), presentada en Atenas por primera vez en el año 441 a. C. y representada 32 veces seguidas. Su protagonista representa a la perfección lo que Friedrich Schelling llamó héroes que luchan contra la fuerza superior del destino, y honra, como pocas figuras, la libertad humana. Más allá de visiones nihilistas que veríamos aparecer en el siglo XX, como resultado del espanto que dejaron en la psique colectiva las dos guerras mundiales, estamos enraizados a una tradición, cargada también de conflictos bélicos, que, pese a lo cual, supo reflexionar sobre el sentido del vivir humano desde categorías más dilatadas. En las desgracias de Antígona hay algo que tocó hondamente a los griegos de la época y que ha obrado el mismo efecto en las múltiples generaciones que la han conocido a lo largo de los siglos transcurridos desde su creación. Sentimos una enorme compasión ante el sufrimiento de la joven tebana. En sus luchas, caídas y elecciones hay algo en nosotros que las reconoce como propias, cercanas o posibles: hay una suerte de epifanía que nos revela algo enteramente nuestro. Esta núbil princesa, cuyo nombre significa la que está parada ante sus antepasados, encarna el obrar polémico y libre. Se enfrenta a Creonte, regente de Tebas y tío materno, al desobedecer su implacable edicto de dejar insepulto el cuerpo de su hermano, Polinices, considerado traidor a la patria. Conocedora de los rituales funerarios que proceden, y guiada por su amor indeclinable, se cuela durante la noche, hace las libaciones correspondientes y esparce la tierra sobre el hermano inerte. Cumple con los mandatos de su corazón y con los designios superiores de los dioses, los únicos ante quienes se somete, y, al hacerlo, detiene la tiranía. La leal hija de Edipo, en su actuar insubordinado, representa el conflicto entre la esfera pública –el Estado– y el ámbito privado               –oikos– y, con lenguaje actual, diríamos que se convierte en la primera ciudadana en ejercer la desobediencia civil. Conviene que como habitantes del s. XXI, repensemos lo que esta expresión implica, pues, aunque está dicha en términos negativos –desobedecer– apela sobre todo a la afirmación de la propia identidad, obedecer a una ley interior superior: in foro conscientiae. El gobernante quiere imponer su ley a cualquier costo y Antígona no puede ignorar los rituales prescritos por un orden superior para cualquier alma antes de descender al Hades ni puede desatender a su corazón. Dejar a la intemperie, presa de aves de carroña, los restos de Polinices, y tampoco llorarlo –parte de las prohibiciones reales– no es concebible para ella, y se rebela. Esta decisión inapelable define su carácter, en claro contraste con su hermana, Ismene, quien no es capaz de desobedecer, «¡Ah, entonces, hermana, no esperes que yo haga nada contra la voluntad de la ciudad!», y, en cambio, trata en vano de disuadir de su brío a Antígona, «¡Oh, hermana, no te dejes llevar por el ardor! ¡Ten cuidado!», en cuyo corazón no tiene cabida el temor al monarca déspota ni a sus leyes. La cobardía no le es propia; la valentía, en cambio, implícita en su decisión, procede del amor y el respeto a los dioses.

Y continúa ejerciendo su capacidad para elegir hasta su último aliento, pues en un acto libérrimo se quita la vida, antes que esperar la muerte en la catacumba donde la soberbia del regente la había confinado. En esa decisión final está contenido el acto fundamental de su vida. Antígona, en lugar de quedar paralizada por miedo o por obediencia ciega, opta por reivindicar –y abrirnos esa posibilidad– su condición de individuo (así fuera solo en el ámbito familiar, dadas las inevitables limitaciones que se le imponían como mujer), y desde una elevada conciencia moral, se reafirma hasta el final de su vida. Creonte, en cambio, apresado en los barrotes de su rigidez, arrastra consigo a toda su familia en la tragedia inevitable que ocasiona. La muerte, que ocurre en ambos bandos enfrentados, tiene significados diametralmente diferentes. Una, representa la liberación y la honra; la otra, el castigo a consecuencia de la hybris.

Hasta las nociones mismas de libertad y de responsabilidad requieren ser interrogadas ante la enormidad de Antígona. Nos deja la convicción de que la libertad humana no está determinada, de manera absoluta, desde lo colectivo ni puede ser completamente aplastada por gobernantes o leyes despóticas. Desafiar fronteras políticas no solo es posible, a veces resulta imperativo cuando nos encontramos ante el mandato de nuestra propia conciencia, si la elección temprana que hemos tenido el privilegio de hacer, o de haber sido guiados a hacer, ha sido la de cultivar nuestro sentido de la moralidad.

  1. La búsqueda de sentido y de gracia como elección

Si continuamos rastreando y recuperando partes de nuestro legado ético y estético, también en vidas más allá de la literatura, encontramos a un hombre cuya capacidad de lidiar con la fatalidad, mientras era forzado a casi abandonar la condición de humano, y de aprender nuevamente a vivir después de haber atravesado el infierno, nos dejan no solo en el lugar del asombro y la admiración, sino en un lugar distinto para mirarnos, en adelante. Ese hombre, tantas veces citado, es Viktor Frankl (1905-1997), neurólogo y psiquiatra austríaco, confinado en diversos campos nazis debido a su condición de judío. Ya liberado, publica uno de los libros más hondos que se han escrito sobre las experiencias de este averno del siglo XX, El hombre en busca de sentido (1991), recopilación de sus memorias y reflexiones, a partir de las vivencias en los campos donde trascurrió su vida, entre 1942 y 1945. Pocas experiencias han sido tan devastadoras para quienes las sufrieron y tan desoladoras para quienes sucesivamente hemos tenido conocimiento de tales atrocidades. La infamia que condenó a millones de personas a morir en los campos de exterminio ?expresión última de eficiencia en la industria del asesinato? y a aquellos que lograban mantenerse apenas vivos, a soportar condiciones diseñadas para arrebatarles la dignidad humana misma, no reconocida en ellos por sus persecutores, captores y exterminadores, es algo que inundó de vergüenza, junto a un infinito estremecimiento, a gran parte de la sociedad mundial. No a todos. Ya sabemos que hay aún partidarios de consolidar soluciones finales para sus causas. Por otro lado, casi el mismo asombro puede producir la constatación de que, en medio de situaciones inimaginables, más allá de lo soportable, hay en el ser humano algo capaz de abrirse paso ­­?no de inmediato, no impulsivamente, no sin que algo muera antes?, y que ese algo, a lo mejor desconocido antes de la llegada de lo abismal, empieza a asomarse poco a poco en medio de charcos de odio, de miseria, de muerte, y a revelar, o a recordar, con su contundencia, que la vida sigue allí afuera y, también, aquí adentro, así la parte que está entumecida de espanto lo haya olvidado, y la parte que parece aniquilada, lo ignore. En medio del estupor que produce el canibalismo, esa oscura peculiaridad de nuestra estirpe, capaz de una destrucción o crueldad extrema hacia individuos de la misma especie, encontramos valiosísimos testimonios de seres que logran afrontar las mayores adversidades a fuerza de recogimiento, de ir hacia el espacio mayor que yace adentro: «A pesar del primitivismo físico y mental imperantes a la fuerza, en la vida del campo de concentración aún era posible desarrollar una intensa vida espiritual. No cabe duda que las personas sensibles acostumbradas a una vida intelectual rica sufrieron muchísimo (su constitución era a menudo endeble), pero el daño causado a su ser íntimo fue menor: eran capaces de aislarse del terrible entorno retrotrayéndose a una vida de riqueza interior y libertad espiritual», dice Frankl en su obra autobiográfica. Se refiere, entre otras cosas, a que en medio de los trabajos forzados –cavar zanjas en pleno invierno y medio desnudos, con el cuerpo cubierto solo de harapos y de lo que iba quedando de piel para cubrir los huesos– surgían conversaciones de una trascendencia inaudita. La inminencia constante de la enfermedad, la desolación y la muerte, parecían encontrar contención en una particular comunión con los compañeros de infortunio, en la compasión frente al inmenso sufrimiento compartido –cuando el envilecimiento que los rodeaba, y a cuyo contagio estaban permanente expuestos, no había hecho estragos en sus psiques– y en las prácticas religiosas que jamás dejaron de estar presentes en las inmundas barracas. No solo eso. Con el estómago atormentado por las punzadas del hambre, en organismos que empezaban a devorarse a sí mismos en una desesperada estrategia de sobrevivencia, podía aparecer en todo su fulgor la belleza del vivir. Frankl cuenta que un día un prisionero corre a las barracas, donde sus compañeros recién llegados de otra despiadada jornada de trabajo, insultos, golpes, y les grita, lleno de arrobamiento, que salgan a admirar una magnífica puesta de sol. Ellos asienten. Salen nuevamente, casi a rastras, y mientras todos están enmudecidos ante los exuberantes colores de aquel atardecer –desde el azul acero al rojo bermellón– que en ese momento el cielo quiso regalarles, escuchan a un compañero decir «¡Qué bello podría ser el mundo!». Continúa relatando Frankl, «A medida que la vida interior de los prisioneros se hacía más intensa, sentíamos también la belleza del arte y la naturaleza como nunca hasta entonces. Bajo su influencia llegábamos a olvidarnos de nuestras terribles circunstancias». A esta experiencia, lleno de lucidez, la llamó la huida hacia adentro. Sí, es válido huir –que no desistir ni renunciar–, cuando la huida es protección, preservación de la vida, olvido momentáneo de la crueldad, antes de volver a presentarse. Cuando lo único que les quedaba era la existencia desnuda, cuando sabían que ya no tenían nada más que perder, salvo la vida, aún persistía en ellos el aprecio por la naturaleza y el arte, como reafirmación incontestable de amor fati.

Además de la posibilidad de redención a través del sentido estético, contamos con algo más que notable, y aquellos muertos vivientes, víctimas de la crueldad que manchó de oprobio la historia humana para siempre, también lo relataron. Se trata, sí, y por insólito que resulte, del sentido del humor. «El humor es otra de las armas con las que el alma lucha por su supervivencia. Es bien sabido que en la existencia humana el humor puede proporcionar el distanciamiento imprescindible para sobreponerse a cualquier situación, así no sea más que por unos segundos», como pudo constatar, desde los primeros días de aquel confinamiento, el psiquiatra vienés, creador, por lo demás, de la Logoterapia o terapia del sentido. El enorme valor de la experiencia desgarradora que vivió y de las reflexiones que vertió en su libro, se destilan claramente en estas palabras, «Al hombre se le puede quitar todo excepto una cosa: la última de las libertades humanas ?la elección de la propia actitud ante la adversidad?, decidir el propio camino». Y el humor puede ser una de las más contundentes elecciones; una que allane el camino hacia otras posibilidades que no veríamos si el desconsuelo nos cubriera completamente el rostro. Y aquellos que pasaron un tiempo en el infierno y dejaron sus testimonios, quisieron salvarnos a los que veníamos después.

No solemos, pese a todo, valernos del humor suficientemente. Esa expresión de alegría que nos es tan propia, tiene la particularidad de aparecer en medio de valles de sombra de muerte como un cayado capaz de sostenernos, así sea solo por unos preciosos segundos. «Hemos sido creados para la alegría, esta es ontológicamente anterior al dolor y superior a él. Pero el camino de la alegría, en virtud de que somos finitos, implica momentos de dolor», expresó, con vivo convencimiento, el poeta venezolano Armando Rojas Guardia.

  1. Tejer de nuevo el mundo

En la tradición nativa norteamericana hay una historia que los ancianos contaban a los jóvenes en tiempos de tribulaciones. Dejemos que este cuento iniciático surta su efecto sobre nosotros, en tiempos que lo ameritan.

 Hay una cueva donde reside todo el conocimiento que buscamos, todas las respuestas que necesitamos. Si encuentras esa cueva verás a una anciana mujer sentada tejiendo un hermoso tapiz, y lo ha estado haciendo por mucho tiempo. Ella está a punto de terminar el tejido de la manera más bella y única posible, pero de tanto en tanto debe ir al fondo de la cueva donde hay un caldero colgando sobre el fuego. Allí dentro están todas las semillas de todos los árboles y arbustos y plantas y granos y flores, y si ese caldo no se revuelve de cada cierto tiempo puede quemarse, y si las semillas se queman no habría más bosques ni flores ni granos. Así, la anciana coloca su tejido en el suelo para ir al fondo la cueva y hacer lo que tiene que hacer. Cuando regresa con su paso lento al tejido en el cual ha estado trabajado, lo encuentra casi desecho, pues un perro negro ha entrado a la cueva mientras ella revolvía el caldo de semillas, y al ver un hilo suelto no pudo evitar halarlo tantas veces hasta casi deshacer todo el hermoso trabajo y dejar un desastre allí en el suelo de la cueva. Cuando ella ve su tejido hecho trizas, se detiene en silencio un momento… Luego, vuelve a sentarse, ve un hilo suelto y lo recoge. Al tocarlo tiene una nueva visión de un tapiz aún más hermoso que el anterior, y se pone de nuevo a tejer y a tejer, como lo ha hecho antes, solo que ahora está tejiendo una nueva versión del tejido, una nueva imagen de lo que puede tejer con esos hilos de vida.

En este relato, que ocurre en una cueva, símbolo, entre muchas otras cosas, de regeneración, protección, origen y renacimiento, hay tres momentos clave. El primero, la anciana debe detener brevemente el tejido que la ocupa, pues otra labor vital la espera, la de remover el contenido del caldo para evitar que se queme; el fuego debe ser regulado. El segundo, la mujer regresa, encuentra los destrozos ocasionados por el perro negro, se detiene, observa y siente lo acontecido. El tercero, se sienta de nuevo a urdir, encuentra un hilo suelto y ocurre la revelación: la visión del nuevo tejido que va a emprender, mucho más bello que el anterior. Ha ocurrido una conexión vertical. Y ello, porque la mujer sabia espera, presta atención, a la manera planteada por Simone Weil: un estado tal de receptividad, de vaciamiento del pequeño yo, que propicia que la realidad se revele. Solo en este esperar atento puede el ser humano experimentar la libertad como conexión profunda con una dimensión trascendente.

Necesitamos liberarnos de una visión, interpretación y valoración de la realidad solo horizontal –riesgo permanente de repetición, que necesariamente nos impide ver lo que, en cambio, nos permitiría una visión vertical, implícita en la afirmación de Albert Einstein, «No podemos resolver problemas pensando de la misma manera que cuando los creamos». La anciana lo sabe, por lo que, en lugar de salir llena de rabia armada con un garrote a perseguir al perro, se detiene y espera que desde lo alto le llegue la inspiración que la coloque en la senda de la reconstrucción del tejido, aunque de uno diferente, uno mejor. La mujer sabia lo que está uniendo son los hilos del mundo, este mundo que nunca está acabado, sino en continuo proceso de hacerse, y nosotros con él, en cada acción, en cada decisión y en cada acto libre. En todo colapso, la imaginación es puesta al servicio de la recomposición: hay situaciones que requieren ser reimaginadas antes de poder ser enfrentadas y, eventualmente, resueltas. Si en la esfera de lo individual, o en la de lo social, nos lanzamos a recomponer lo que ha sido destruido sin que hayamos prestado atención a otra visión posible, estamos ante la acción desenfrenada, repetitiva y sin sentido, condenada al fracaso. Los tiempos de esperar y los tiempos de accionar, si han de ser acertados, deben ser tiempos kairós, y eso lo conoce nuestra sabiduría interior. Estamos presenciando, y padeciendo, la devastación ocasionada por diversos perros negros, en las reacciones de muchos gobernantes inflados por el exceso de poder y dominados por la impetuosidad. Aun así, recibiremos nuevas visiones, encontraremos nuevos hilos y emprenderemos nuevos tejidos, cuando el tiempo sea preciso, si evitamos el pragmatismo desbordado. Soportar el caos ¿lo que sea que llegue a deshacer los hilos de la vida? es una dura, pero imperiosa lección de iniciación a la verdadera vida. Existir no se trata de experimentar solo el equilibrio, de transitar por un camino recto o de meramente mantenerse vivo. Descubrir cuáles hilos nos llaman –y despiertan nuestra vocación– cuando los perros negros han derrumbado lo existente, es lo que nos va a mostrar de qué forma misteriosa estamos entretejidos con la vida y con el mundo, y cómo abordar los tiempos de desmoronamiento, de incertidumbre o de fatalidad. Sin importar las condiciones, es preciso que nos aferremos a esos hilos (como el hombre del Maelström a su pequeño barril, una vez que vio y comprendió). Lo que hayamos creado, si hemos sabido esperar la revelación de la nueva imagen, es lo que entregaremos de vuelta al mundo.

  1. La codicia que destruye

Nuestra libertad fundacional reside en expandir la comprensión de lo que somos y, a partir de allí, de los actos que estamos en capacidad de ejercer. La libertad no es la misma si tenemos una visión reducida del ser humano, que si esa visión se agranda. A veces es un asunto público, a veces, en cambio, es tan privado que puede provenir incluso de nuestro inconsciente, o puede ser algo que se geste ahora y vea la luz en el futuro. Necesitamos alguna claridad en nuestro mundo oscurecido y abrumado por el exceso, la velocidad, la insignificancia y lo cuantitativo como criterios casi últimos que rigen nuestro vivir, y lo encogen. Y claridad puede significar mirar de nuevo, mirar con los ojos internos que iluminan lo que el alma quiere mostrarnos. Una novela escrita en 1818 puede alumbrar nuestra comprensión de la actualidad.

Mary Shelley es una joven de diecinueve años cuando publica de manera anónima su obra, Frankenstein o el moderno Prometeo. La enorme aceptación que recibió esta novela por parte del público -aunque no de inmediato- y de la crítica se debió tanto a la fascinación que produjeron sus elementos de terror gótico, como a las relevantes cuestiones que plantea en torno a los límites del conocimiento, la responsabilidad ética de la ciencia y las consecuencias de las propias decisiones. Uno de sus protagonistas, Víctor Frankenstein, científico obsesionado por crear vida y superar la muerte, emprende una serie de peligrosos experimentos hasta que logra crear, a partir de partes bellas de cadáveres, un ser que resulta grotesco, y que es el otro personaje central de esta novela. Aparece aquí la primera transgresión de este hombre de conocimiento, extremadamente ambicioso: la manipulación de la muerte. El tamaño descomunal que adquiere su criatura es una metáfora de la monstruosidad que puede surgir al querer estirar artificialmente los límites de lo que es ético para la vida humana, y de la inflación que hay en ello, aún si de intenciones bellas o buenas se trata. Frankenstein se permite la libertad de crear, operando como nadie antes sobre la materia, pero se desentiende de su horrenda y poderosa creación, ausencia de responsabilidad moral, segunda transgresión de este científico obnubilado, ocasionando con su actuar desquiciado más de una tragedia. En esta historia del s. XIX, crítica metafórica a los peligros del progreso sin frenos que ya mostraba la Revolución Industrial, el ser creado se subleva y se venga de su creador. En medio del auge actual de desarrollos científicos e innovaciones tecnológicas vertiginosos, que parecen avanzar sin límites ni fronteras hasta vulnerar lo que es y ha sido la humanidad, conviene recordar la mirada que nos legó la mitología griega clásica: en presencia de la hybris, o soberbia desmedida, aparece Némesis, diosa de la venganza y de la justicia, a restaurar el orden transgredido por los mortales, castigando a quienes el orgullo haya cegado.

VII. Palabras de cierre, que no finales

Detrás de decisiones que tomamos en pos de nuestra libertad, suele esconderse un significado profundo, y la siguiente historia podría develárnoslo. Al final de su vida, al Rabino Zusha, un hombre brillante y reverenciado por su comunidad, sus estudiantes, reunidos alrededor de su lecho, le preguntan cómo se siente ante su inminente partida. Con gran sorpresa le escuchan decir que siente temor. «¿Cómo puedes tú, que tienes la brillantez de Abraham y la visión de Moisés sentir temor?», le responden. Él les explica que teme a lo que Dios pueda decirle. «Si Dios me preguntara, ¿Zusha, por qué no fuiste más como Abraham?, yo podría responderle que yo no vine al mundo a ser como Abraham, y si me preguntara ¿Zusha, por qué no fuiste más como Moises?, le respondería que yo no vine al mundo a ser como Moisés, pero si Dios me preguntara por qué no fui más como Zusha, para eso no tendría respuesta». En su meditación postrera, este hombre religioso deja una enseñanza primordial: si al final de nuestras vidas nos encontráramos con Dios, lo único que importaría es si fuimos quienes vinimos a ser. Esta es, en última instancia, la libertad fundante de cualquier otra.

Estamos hechos para ser los protagonistas de nuestras vidas. Lo contrario es volvernos hypokrites, en el sentido griego de la palabra usada tanto para los actores que representaban personajes, como para quien finge ser quien no es. La visión inicial para conquistar la libertad puede provenir del resplandor que nos rodea, si sabemos mirar los símbolos que aparecen a nuestro alrededor, o puede anidar adentro, si nos detenemos a hurgar allí. El vuelo puede surgir si no nos disolvemos en la desolación, cuando eso sea posible. Sin embargo, es preciso asumir que la libertad es un asunto de perseverancia, de esfuerzo sostenido, de perennidad, y en un mundo gobernado por la velocidad, lo efímero y el corto plazo, esa narración constante que construye libertades, se reduce ante el dato instantáneo, incesante e indigerible: urge estar atentos a los irresistibles cantos de sirenas de los mares digitales (donde abunda la información, pero  escasea  la  reflexión),  que  se  pueden  convertir  en   la   nueva alucinación  de  poder  absoluto. Lo   que   nos   ciegue   frente a   los límites de lo propiamente humano, invocará la aparición de Némesis, las veces que haga falta.

Lo reiteramos: no estamos solos en nuestras tribulaciones, especialmente las que atañen a las amenazas a la libertad, si nos dejamos acompañar de los saberes que nos legaron quienes desde la distancia nos observan y esperan no poco de nosotros, de lo que en el presente podamos tejer con las imágenes que se nos siguen revelando, si inclinamos la cabeza y cultivamos una silenciosa actitud contemplativa, preparación necesaria para adentrarnos en el bullicio del mundo.

Reconocer la belleza en el arte, en la ética encarnada en vidas inspiradoras y en la naturaleza misma, nos dotará de los hilos de Ariadna que nos permitan internarnos en los laberintos que a cada uno nos traiga la existencia, terminar con los minotauros que atenacen nuestra libertad y regresar a la salida habiendo ensanchado, responsablemente, las posibilidades para todos los demás. Ello sería producir milagros, mediante nuestro actuar en el mundo, de acuerdo al ovillo que nos legó Hannah Arendt. Buscar en lo terrenal y en lo celestial maneras de preservar la libertad que nos define, es y será nuestro destino común, hasta que sintamos en los tuétanos que estamos hechos de materia divina, esto es, libre.

Referencias

Alexiévich, A. (2015). La guerra no tiene rostro de mujer. Editorial Debate.

Alexiévich, A. (2016). Los muchachos de zinc. Voces soviéticas de la guerra de Afganistán. Editorial Debate.

Frankl, V. E. (1991). El hombre en busca de sentido. Herder.

Han, B. (2023). Vida Contemplativa. Elogio de la Inactividad. Taurus.

Kafka, F. (1983) Consideraciones acerca del pecado, el dolor, la esperanza y el verdadero camino. Editorial Teorema.

Poe, E. (2016). Cuentos Completos. Penguin Clásicos.

Sófocles, Antígona. (2014). Editorial Gredos.

Weil, S. Reflexiones sobre las causas de la libertad y la opresión social. Paidós, Barcelona. 1995.

Elizabeth Rojas Pernía es licenciada en Filosofía (UCAB), con estudios de posgrado en
Alemania (Universidad Alberto Magno); Psicoterapeuta de orientación junguiana; Coach
Ontológico certificado; Master en Crítica Cinematográfica; Diplomado en Literatura del
Mundo; Autora del libro “Viaje al centro de la Resiliencia” y de relatos de microficción.
Articulista en Papel Literario de El Nacional; Prodavinci; La Gran Aldea; El Espectador

 

Editora de la web: Carmen Cristina Wolf

 

 

 

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CARONÍ, POLVO DE ORO

Marisol Marrero Higuera

CARONÍ, POLVO DE ORO
Lidia Salas
    La presentación de la obra  más reciente de Marisol Marrero «Caroní polvo de oro», en la Librería Kalathos de Caracas, fue la mejor celebración de la amistad, una de las formas más nobles del amor, pero también del sentimiento que nos une a Venezuela y a la palabra como  expresión de arte.
Se inició con el saludo de bienvenida  por Edgard Vidaurre, presidente del Círculo de Escritores de Venezuela.
Las emocionadas palabras de Jimmy Marrul fueron recibidas con admiración, por la nutrida audiencia. Su hazaña como aviador al atravesar el Autana, fue la génesis de estas páginas; él organizó también  el evento.
La autora dio una clase magistral sobre cómo escribir una novela, desde  la pasión por los personajes, el conocimiento del ambiente y la fascinación por las  historias que se cuentan.
La poeta Ana María Hurtado, autora del resumen  en la contraportada, explicó con emocionadas palabras los elementos que hacen a esta novela fascinante:  la belleza del ambiente, el erotismo y el lenguaje poético, razones por las cuales   nadie sale indemne de su lectura.
Con alegría presté mi voz al texto del poeta, narrador y pianista canario Fermín Higuera, quien describió las razones de la escritura de Marrero,  su técnica de manifestar la hechizante vegetación en la emotividad de los hechos y aventuras de los protagonistas.
Hice mías estás palabras memorizándolas y transmitiéndolas en forma conversacional.
Finalmente, la poeta, actriz y bailarina Yoyiana Ahumada Licea cerró el acto con un impresionante performance de danza, declamación y actuación de  textos seleccionados  de la novela.
La terraza de Kalathos, rodeada de ramajes y cielo azul, arroparon el brindis, los abrazos y las conversaciones en este cálido encuentro.
Lidia Salas. 14 de febrero del 2026
Lidia Salas. Poeta, ensayista y docente. Nació en Barranquilla, ha vivido en Caracas durante muchos años. Licenciada en Filología, con maestría en Literatura Venezolans en la UCV.
Forma parte de la directiva del Círculo de escritores de Venezuela.
Ha recibido numerosos premios y reconocimientos por su obra. Algunos de sus libros: Venturosa, Luna de Tarot, Ciudad deAzul y Vientos, Sedas de Otoño, Itinerario fugaz. Recientemente publicó La Palabra, Siete secretos de su energía creadora.

Editora: Carmen Cristina Wolf

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EL PUNTO AZUL, POR JERÓNIMO ALAYÓN

El punto azul

Jerónimo Alayón

El 14 de febrero de 1990, a una distancia de 6000 millones de kilómetros, la sonda espacial Voyager I nos miró desde el sistema solar exterior a través de la lente de su cámara. La fotografía resultante es célebre: Un punto azul pálido. Carl Sagan, en un libro hermoso pero cargado de melancolía existencial, utilizó este tenue fulgor azulado como metáfora de nuestra irrelevancia cósmica y nos instó a la humildad señalando que, ante la vastedad del universo, nuestras vanidades y guerras carecen de sentido.

Leí el libro de Sagan en mi juventud y me impactó, pero, sin invalidar su postura, prefiero pensar hoy que hay otra lectura posible sobre el tenue destello azul que somos, una que no nace de la minusvalía ante el vacío, sino del fuego que ardió en el pecho de quienes construyeron la sonda espacial que tomó la foto. Aquella fotografía es más que solo un recordatorio de nuestra pequeñez: es también un monumento a nuestra grandeza.

A fin de que ese punto azul existiera en nuestra retina, la humanidad tuvo que llevar a cabo un acto de voluntad inédito: construir la máquina humana que más lejos ha viajado en el cosmos. Hoy por hoy, la Voyager I es el único artefacto humano que ha ingresado al espacio interestelar, a más de 20 000 millones de kilómetros de la Tierra, completamente fuera del ámbito de influencia del Sol y rumbo al centro de la Vía Láctea. No somos una mota de polvo que simplemente está ahí. Hemos sido capaces de decidir, por cuenta propia, alejarnos lo suficiente de nuestro hogar para contemplarnos desde el silencio de las estrellas.

La pretendida insignificancia humana de Sagan es una medida física, pero la grandeza de aquellos científicos que hicieron posible el lanzamiento de la Voyager I el 5 de septiembre de 1977 —incluido el propio Sagan— es una medida del espíritu. Que una especie, confinada a una biósfera frágil y sujeta a las leyes de la entropía, haya sido capaz de proyectar el fruto de su inteligencia más allá del límite de la heliosfera es un acto de rebelión metafísica. La Voyager I no es solo metal y silicio. Es un signo de la voluntad humana navegando por el vacío interestelar. Cuando Sagan asegura que la Tierra es un escenario muy pequeño en la vastedad cósmica, olvida que el universo, sin un observador que lo nombre y lo mida, es un caos mudo. Nosotros le otorgamos la categoría de vastedad.

Sagan criticaba la sangre derramada para controlar momentáneamente una fracción de ese punto azul. Ciertamente, es así, pero esos conflictos, luchas de poder y ambiciones desmedidas —con excesiva frecuencia trágicas— también son el producto de una energía vital desbordada que forma parte de las luces y sombras de nuestra especie. En la sonda espacial Voyager I viaja un disco fonográfico bañado en oro con saludos en más de cincuenta idiomas, cantos de ballenas, sonidos de la naturaleza, piezas de media docena de compositores de música académica, el sonido de las ondas cerebrales y más de cien imágenes. Se trata de un grito de esperanza en medio del vacío interestelar, el deseo de encontrarnos con alguien más…

La raza humana no es una especie pasiva. Somos los eternos buscadores de significado. Si hemos peleado por fracciones de ese punto azul, quizás sea porque a ratos lo hemos amado con una intensidad feroz. Nuestra historia no es solo una crónica de la crueldad, sino una epopeya de la superación. Cada frontera cruzada, cada sistema político ensayado y cada revolución científica son un peldaño en una escalera que apunta hacia afuera, a la inmensidad interestelar. La misma ambición que llevó a los imperios a expandirse es la que alimentó la curiosidad de los astrónomos que diseñaron la misión Voyager. No se puede encender la luz de la exploración sin el calor del fuego humano, con todas sus contradicciones.

Desde una perspectiva puramente física, un sol es más importante que un hombre debido a su masa. Desde una perspectiva ontológica, el sol arde, pero no sabe que arde. Las galaxias colisionan en un silencio sobrecogedor sin conciencia de ello. Somos el punto donde el universo ha despertado. En ese pequeño destello azul, se concentra toda la conciencia conocida del cosmos. Somos los traductores de las leyes de la física a poemas, ecuaciones y sinfonías.

La grandeza de nuestra especie reside en que, sabiendo que somos finitos, actuamos como si fuéramos eternos. Construimos catedrales que no veremos terminadas y enviamos sondas que nunca regresarán, y que alcanzarán la estrella más cercana en 40 000 años, solo para decir: «Existimos».

La verdadera nobleza de nuestra especie radica en su rechazo a los límites. Nuestra condición humana nos impele a desafiar una y mil veces más las Columnas de Hércules y la advertencia de «Non terrae plus ultra» (‘no existe tierra más allá’). La naturaleza del hombre no es el refugio, sino la partida. Somos el eterno Odiseo y, aunque aún no lo sabemos con absoluta certeza, buscamos una Ítaca más allá de los cúmulos siderales. Aquel destello azul fotografiado en 1990 es la mirada nostálgica de un niño que sale de casa. Lejos de sentirnos intimidados por la oscuridad que rodea a ese punto, debemos estar orgullosos de que nuestra luz interior sea lo suficientemente potente como para iluminar el camino hacia el exterior.

Si aceptamos nuestra insignificancia humana, correremos el riesgo de caer en el nihilismo. Si nada de lo que hacemos importa en la escala cósmica, ¿por qué y para qué esforzarnos? Todo lo contrario. Lo que hacemos importa precisamente porque —de momento— somos la única medida del valor en el universo. La ética no nace de nuestra pequeñez, sino de nuestra capacidad de ser grandes a pesar de ser pequeños. Nuestra nobleza se manifiesta, por ejemplo, en el cuidado de los débiles, en la búsqueda de la verdad y en el empuje incesante por mejorar nuestra condición. Tal vez seamos el único lugar del cosmos donde el universo ama, llora y crea con conciencia de ello.

Ese destello azul nos dice que somos raros, que somos valiosos y que somos —hasta donde sabemos— el único asilo de la razón en el universo. No somos un error estadístico en la oscuridad: somos el evento más inquietante que le ha ocurrido a la materia en miles de millones de años. Si alguna vez nos encontramos con otra especie en la vastedad cósmica, que sea desde la dignidad de quien tuvo conciencia del valor de su luz racional… no desde el raquitismo moral de alguien que eligió ahogarse en el lodo de su miseria humana.

Cuando miro de nuevo la fotografía del Voyager I, aquella que me impresionó en mi juventud, no veo ya un pálido destello azulado. Veo un faro. Veo el fulgor de una especie que se negó a ser devorada por el olvido. Veo el empuje de una raza que desafía la lógica de las estrellas. Ese punto azul es el testimonio de nuestro origen, pero el vacío que lo rodea es el lienzo donde soñamos explorar nuestro futuro.

Somos pequeños en tamaño, pero nuestra voluntad es descomunal. Eso nos hace también humildes cuando tenemos conciencia de nuestros límites. Saber que esa inmensidad puede tener sentido para nuestra especie es una tarea profundamente humana. Nuestra nobleza no está en el lugar que ocupamos, sino en la dirección en la que miramos, hacia lo alto, hacia las estrellas.

Mientras la Voyager I continúa su viaje solitario hacia el corazón de nuestra galaxia, lleva consigo algo más que circuitos: lleva el eco de una especie que, sintiéndose pequeña, se atrevió a soñar con lo infinito. Esa sonda es nuestro mensajero, el testimonio de que no aceptamos la oscuridad como frontera, sino como un desafío.

Nuestra nobleza reside en esa rara contradicción: somos seres imperfectos y limitados, atados a un diminuto punto azul, pero nuestras mentes son capaces de contener galaxias enteras. Cada vez que un ser humano busca la verdad, cada vez que un artista plasma la belleza o un ingeniero desafía lo imposible, estamos justificando nuestra existencia ante el silencio de las estrellas.

Somos los hijos de un mundo pequeño con una voluntad tenaz. Somos el pulso, la voz y el fuego de la creación. Mientras quede un solo corazón humano latiendo en este diminuto punto azul, el universo nunca estará verdaderamente vacío porque donde hay un observador, hay un propósito y una esperanza. Por consiguiente, nuestra responsabilidad es preservar este frágil destello azul en medio de las tinieblas como una poderosa posibilidad.

 

Alayón, Jerónimo. «El punto azul». El Nacional. 6 de febrero de 2026. https://is.gd/pdR5Uw

 

CITA APA: Alayón, J. (2026, 6 de febrero). El punto azul. El Nacional. https://is.gd/pdR5Uw

Jerónimo Alayón Gómez (Caracas, 1966). Lingüista, escritor y profesor en la Universidad Central de Venezuela. Escibe para el disrio El Nacional y para la web del Círculo de Escritores de Venezuela.

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MIRIH BERBIN: SELECCIÓN DE POEMAS

 

DESDE ENTONCES

He querido escribirles sobre mi playa

 

ella aparece cuando asomo una sonrisa

antes el cuerpo sonaba siempre a olas

recreaba en el alba la línea perpendicular

y el movimiento

 

me gustaría escribirles del desgaste del silbido

la continuación de los momentos en que el día

se duerme y despierta con absoluta precisión

en la línea del hilo de la ola

 

mayormente soleado, me avisan,

puedo estar tan lejos de esa agua

y aun así sentir al sol recrear su música

y su paisaje

 

vivo en el mar desde entonces.

 

          PEQUEÑOS DIOSES

Decimos tierra antes de llenarnos de asfalto

tocamos la parte superficial de las cosas

el producto de nuestras manos,

nuestra propia invención

 

decimos aire y ahora

elegimos el grado,

una temperatura artificial,

es lo que mi mano decida

 

decimos agua y sólo confiamos

en el plástico que nos vende una de manantial

ya no se puede creer en cualquier laguna,

nunca se sabe el peligro

que trae lo natural

 

decimos fuego pero no tenemos idea

de cómo encenderlo

somos más primitivos que hace 7000 años.

 

Hacemos daño con tanta comodidad

pero estamos lejos de mirar el final de arcoíris

nada satisface a los Pequeños Dioses

que habitan nuestro planeta.

EL TECLADO HIELA LAS PAREDES DE LA NOCHE

Por un tiempo el eco fue el abrazo de su voz

Conocerse era dejar de opacar la mirada entre sus ojos

veía salir de la chimenea algún cuento de afuera

el pretexto de un genio

sonando a media noche mis bocinas

 

éramos él y yo, afuera el mundo

los fantasmas diluían estaciones

pero no hay fogata sin aire

se descongelan los Alpes

y el teclado hiela las paredes de la noche

 

ahora

el día es el preludio de otro día

la noche es el insomnio predecible

y la repetición

de que no volverá a llamar.

SOMOS DE LAS PALABRAS

Deja que el lenguaje sea libre de palabras

recrear las partes

a las que dejaste de pertenecer

 

al azar no asisten las verdades

ellas visitan otros espacios

bares

conversas de media tarde

 

encendemos micrófonos

sin saber exactamente qué decir

encendemos la mecha

sin pensar

en el tamaño de la llamarada

 

el mes se acerca al vuelo constante

donde se tacha la línea

porque somos de las palabras

el acento más pequeño

órganos inamovibles emergiendo del centro

desplegándonos

replegándonos

 

se pueden dejar al azar las acciones

los espasmos

el golpe de la no disidencia

en el mundo que escondemos a los otros.

 

MUJER DE TRAPO

 Cuando nadie piensa hacer de la noche su casa

yo la convierto en la mía

 

El orden encanta y desencanta

si dejas de escuchar el resto

 

los objetos caminan de un lugar a otro

y siempre los sobreponemos en la mesa

sobre

ponemos

decorar cobra sentido si una mujer

actúa como muñeca

mujer cosida y descosida por los años

sentada, arreglada cada noche

cinco minutos y a levantarse a ordenar

a escondidas, la mujer lleva un corazón

se sabe de los paños y de lo limpio

el orden siempre adivina

a donde van los rayos en cada cambio lunar,

esa mujer de trapo soy yo.

 

A una madre, ama de casa, mujer

se la busca para dar la solución

antes de salir el problema.

Ahí están todas las mujeres de tela

cosiendo y descosiendo gran parte de la familia

descansan, se sientan al terminar los deberes

 

decorar cobra otro sentido

cuando se trata de descubrirnos a nosotras

 

sin ellos,

sin ornamentos,

solo quedamos

quienes somos en realidad.

 

Síntesis biográfica Mirih Berbin (Bolívar, 1983) Es poeta, traductora, editora, promotora cultural y docente. Magíster y profesora asistente de la Universidad de Carabobo.

Es editora adjunta de la página literaria El Diente Roto en la ciudad de Valencia. Ha sido traductora en varios encuentros internacionales de poesía. Ha escrito varios artículos arbitrados sobre la enseñanza del idioma y los aportes filosóficos para la educación. Dictó un taller de poesía en Puerto Cabello llamado “Cuando expreso todo lo que habito”. Fue especialista de poesía en el Museo de Arte Valencia. Ha escrito y dirigido 8 obras de teatro, incluyendo una bilingüe (inglés-español) y dos obras para niños y niñas.

Fue reseñada en el Libro “Ellas” de Laura Antillano (2013). Su poesía se ha publicado en numerosas revistas, periódicos, blogs, apps y portales nacionales e internacionales. Fue columnista de las páginas culturales semanales del Diario La Costa y de Ciudad Valencia (2025) titulado ¨Después de todo¨. Publicó Mareas (2009), Hacerme Templo (2016) e Hilos Nacientes (2025), Su poesía ha sido traducida al árabe, italiano, inglés, catalán y francés.

 

Editora: Carmen Cristina Wolf

@carmencristinawolf en Instagram

 

 

 

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