Por Magaly Salazar Sanabria
Comenzaremos diciendo que el libro I Edición de Cuentos de la Fundación Aprende a Escribir un Cuento, es una publicación muy bien cuidada, con un diseño de portada y diseño gráfico de la colección elegantes y creativos, asimismo, la edición de los textos, que producen agrado a la vista e invitan a la lectura de unos cuentos sorprendentes.
Un soñador de honorable acción, sincero en sus palabras, generoso con la comunidad, es Heberto Gamero Contín, que al lado de su diligente y gentil esposa, Iris Verastegui de Gamero, se han dedicado a llevar adelante este proyecto que, en principio se pareció a un sueño pero , que sin lugar a dudas, es bendecido por Dios porque su energía proviene de un ejercicio de gratitud: devolver con creces a los otros la distinción de que fue objeto cuando se ganó el Primer Premio en la Edición 63 de los Cuentos de El Nacional de 2008 con “Los zapatos de mi hermano”. En principio, Heberto Gamero Contín y su Fundación se animan con la búsqueda de un contento que sólo llega cuando el trabajo y las palabras benefician así mismo y a los demás.
Los que tuvimos la dicha de asistir a un Taller dictado por Heberto nos percatamos de la sencillez y claridad llevada a cabo en la transmisión de los conocimientos ofrecidos. Los grupos participantes estaban conformados por personas de distintas profesiones e inquietudes. Heberto expresó sus ideas con un lenguaje accesible para que todos entendieran y esa enseñanza-aprendizaje se demuestra en los interesantísimos cuentos recogidos en este valioso libro. Además, el ambiente creado entre facilitador y asistentes se caracterizó por la cordialidad, que permitió escribir creativamente, sin prejuicios y con libertad.
Para entrar en materia diremos que el cuento se plantea como un juego narrativo entre el autor y el lector, atenidos ambos a su especificidad: brevedad, condensación, personaje generalmente único, que impone a la historia un conflicto que se tensa como un arco hasta el final. Así el lector fija su atención para participar con agudeza en el descubrimiento de “aquello” que muchas veces no se dice pero se sugiere y es allí donde la inteligencia y perspicacia del lector descubre la propuesta porque los cuentos son señales vigorosas de lo imaginario.
Entretanto, la “Fundación Aprende a Escribir un Cuento” ha realizado varios talleres en diferentes lugares de Caracas y el interior: En octubre de 2009, en la Sala Cabrujas de la Fundación Chacao, en ICREA y Taller Juventud Prolongada. En 2010, los participantes se reunieron en: el Taller Marshal (dos oportunidades).2 talleres en Sucre, ICREA, Sala Cabrujas. En 2011, la Fundación dictó los talleres: ICREA, Sala Cabrujas y Casa de la Cultura Ramón Vásquez Brito de Porlamar. Estos encuentros han sido catalogados por los asistentes como muy fructíferos.
Con la finalidad de aportar una modesta opinión acerca del libro I Edición de Cuentos de la Fundación Aprende a Escribir un Cuento, hemos releído con placer los textos dela publicación y aunque todos son muy buenos, comentaremos algunos escogidos al azar: “Un cuento del cuento”, de Néstor Hugo Cardoso Alvarez, es una historia de aduanas aeroportuarias, libros, y como todo viaje en avión, las conjeturas, dudas o “rollos”, y hasta lo bueno, “pasan volando” de acuerdo con una antigua propaganda de una aerolínea venezolana y lo que parecía ser, no es tal cosa. El autor crea hábilmente una atmósfera de suposiciones. “La esperanza” de Elizabeth Conde Pinto, sugiere, con buena pluma y de manera sorpresiva, el viaje frustrado de unos balseros detenidos por los aullidos de patrullas de marina isleña. Limpidez, sencillez del lenguaje y precisión del rayo, contribuyen a dar personalidad a este cuento.
Con cierta picardía cotidiana, la historia de Loly García, “De difuntos” nos revela entretelones de vidas íntimas más allá de la muerte con cierto humor sarcástico y buen manejo del tiempo. Un amor que se presta a confusiones es “El amor de mi vida”, de Alessandra Hernández, gran habilidad para crear el ambiente y un secreto hilo temático que se desnuda al final.
Julio César Marcano Simoza, escribe “Autorretrato con los ojos abiertos”, introduce un elemento importante: una superstición de alguna abuela y sus significaciones mágicas; aquella de cerrar los ojos ante las cámaras fotográficas porque ésta se “roba el alma” del fotografiado. Estupendo el manejo de la variante anecdótica y el conflicto Excelente manejo del lenguaje: límpido, preciso. Una historia de hábil resolución. Y si de locos se trata, la historia de Gladis Poletti, “La otredad de Julia”, aguza la capacidad de investigación del lector. Muy bien planteada la terrible orilla de la locura.
Javi de Rodez, escribe un cuento largo: “Cuando algo grande muere, algo aún más grande nace”. Es la historia de Xavi y Orianna”. Se trata de una serie de vericuetos narrativos que apuntan a un conflicto de mentiras, malandros, coqueteos, frivolidades y muerte con un tinte político. Sorprendentes exigencias anecdóticas y buena narración .“Cuentos de buseta” de Jorge F. Muskus Rodríguez, es un relato de la solidaridad y el respeto por el prójimo. Lo cotidiano, lo citadino caraqueño, están presentes en este ambiente de calle y de espíritu. Lo interior en lucha con los “mandatos” de la sobrevivencia.
En “El tren bajo la lluvia”, de Magaly Salazar Sanabria, la elocuencia de los sentidos, el soliloquio misterioso de un anillo, el traqueteo del tren que viaja de Carmona a Sevilla bajo la lluvia, la soledad de mujer, conducen al que lee a partir de un ritmo fluido a un suspenso con un final inusitado a través de estrategias narrativas novedosas y entretejimiento de los planos cronológicos. Otra temática como la policíaca caracteriza el cuento “Joaquín”, de Mario Schiavelli. Un envenenamiento lento perpetrado a un marido déspota durante 38 años, 11 meses y 18 días, demuestra la capacidad de fabulación del autor que nos revela al final toda una dulce venganza. Una manera de colocar la historia ante el espejo de la realidad. Sorpresivo el desenlace.
Todos los cuentos del libro de la Fundación Faec son verdaderos hallazgos merecedores de comentarios por la belleza del lenguaje, sus significaciones simbólicas, por la justeza de la acción y los argumentos, extensión, la tensión, el manejo del tiempo, la estructura, la temática, la creación del conflicto, la constitución de los personajes, diseño de los escenarios, el punto de vista del narrador, relación hombre naturaleza y por sus correlaciones entre los textos. Hemos comentado algunos como una muestra significativa de la excelencia de este I Edición de Cuentos de FAEC. Invitamos a los lectores a entrar en estos entramados sibilinos, quemantes como las luces de fuegos artificiales que son los cuentos FAEC. Bienvenida esta publicación.
*MAGALY SALAZAR SANABRIA, venezolana, poeta, ensayista, con postgrado en Literatura, con una amplia obra publicada. Directora de Relacones Institucionales del Círculo de Escritores de Venezuela
Los escritores venezolanos Ramón Ordaz, Magaly Salazar Sanabria y Alberto Hernández, fueron los Jurados de la XVIII Bienal Literaria “José Antonio Ramos Sucre”. Los tres pertenecen al Círculo de Escritores de Venezuela, privilegio que nos honra. A continuación, transcribimos el Veredicto:
VEREDICTO
Nosotros, Magaly Salazar, Alberto Hernández y Ramón Ordaz,
constituidos como Jurado de la XVIII Bienal Literaria “José Antonio
Ramos Sucre”, después de las debidas lecturas, confrontaciones y
deliberaciones acerca de los libros participantes, hemos decidido
otorgar por unanimidad el premio al poemario Putas metamórficas,
firmado por Galatea, libro que destaca por un cultivado lenguaje de la
desmesura, obra que, audaz y transgresora, transita con soltura y
eficacia de la poesía a la prosa para exhibir fulminante, a todo
riesgo, dolorosas y cáusticas imágenes de la sexualidad
circunstanciada por una insólita exacerbación de los sentidos, por un
asedio al cuerpo en sus transfusiones, excrecencias, descomposiciones
y desmembramientos, todo bajo el espectro alucinante de un erotismo
que, lejos de hacer concesiones a lo vulgar, con magistral lirismo
revierte la atormentada intimidad en un prodigio verbal. Abierta la
plica, el seudónimo Galatea correspondió a la escritora MARÍA DE LOS
ÁNGELES RUIZ GARCÍA.
Del conjunto de libros concursantes, el jurado estimó justo conceder
dos menciones: La primera para Cuidados intensivos, firmado por
Catulo; la segunda, para Espesuras, firmado por Reynaldo Sassia,
poemarios que con sobrias y decantadas expresiones poéticas dialogan
con el acontecer y lo cotidiano del tiempo presente. Abiertas las
plicas, resultaron favorecidos los escritores ARTURO GUTIÉRREZ PLAZA y HÉCTOR ANTONIO ESPINOZA respectivamente. En Cumaná a los veintiséis días del mes de noviembre de dosmil once.
Alberto Hernández Magaly Salazar Ramón Ordaz
Cumaná,8 de Diciembre de 2011
Nuestro agradecimiento al escritor Poema Alfredo Pérez Alencart, Miembro Correspondiente del Círculo de Escritores, por enviarnos desde Salamanca su reciente poema “Venezuela”
VENEZUELA
Alfredo Pérez Alencart
Tierra escogida,
brisa respirada lejos del álgebra del fracaso
y de las bengalas malditas:
un río serpentea o galopa entre los Andes
y yo estoy arriba, por el páramo merideño, poniendo
piedras que faltan a la capilla de Mucuchíes, Juan Félix
abrazado del doctor Contramaestre, en alma
los dos bajando de otros firmamentos en un diáfano arcoiris,
serafines que luego la niebla no desvanece en mi retina,
tahúres celestiales como el librero Caupolicán
que muere y se agiganta en Salamanca
donde antes hablamos de ronquidos presidenciales,
enfermo ya, como doliéndole su nascencia en la negra boina
junto al tanatorio: cháchara gustosa que ungimos
con grasa de ballena y vino tinto de viejas tabernas.
Pero estoy por Maracaibo, en casa de los Crespo
o al habla con César David, mientras corporalmente
me criogenizo y sensible bulle mi corazón
la madrugada que transito al encuentro de Ramón, del Viejo Lobo,
del Capitán que lagrimea, como yo, por aquel
cuyo fantasma fue avistado en una esquina de Tovar.
Voy con mis muertos venezolanos, inquilinos
del sentimiento incandescente: atrás de todo, su tierra
y sus zapatos negros, las uñas que siguen
creciendo, la cicatriz del abrazo de sus historias inverosímiles
que suceden allá por La Hechicera, otra vez en Mérida
igual a sí misma donde bebo unas cervezas con Pepe Barroeta
y Salvador Garmendia una noche que se abre a la muerte,
como uno más de los misterios.
Entonces alguien llama: “¡Alfredo, Alfredo”, y yo
reconozco a Jesús Serra en cuya casa pernocté
antes de subir al páramo. Y luego otra voz:
“Ayúdame, hermano”, y llego a vislumbrar cómo disparan
contra Giandomenico, allá por la Pedregosa Alta.
Pero voy por Caracas con el viejo Adriano exacerbado,
acompañándolo porque no soporta la soledad
de sus huesos portátiles; pero voy con Domingo Miliani
para que me cuente sus historias; pero voy con Eugenio,
tan magno en la anunciación de su terredad,
hermano que al centro de la palabra había llegado.
Voy por ahí sabiendo que hay nieblas y tinieblas,
que hay señales furiosas. Pero sigo adelante,
vendándome la cabeza.
Sigo la pista de mis amigos muertos, pálidos diamantes
que desentumezco para la resurrección. Ellos están conmigo
porque vuelven desde la garganta del infinito y porque
yo sé darles un ánimo salvaje.
Venezuela,
¡préstame un poco de tus muertos
y deja que los frote adentro de mi corazón!
(A Enrique Viloria Vera)
Palabras de Heberto Gamero Contín en ocasión del bautizo del libro sobre José Heriberto García de Quevedo, “Un poeta venezolano en la Casa Real Española” (El amor sublime de Isabel II), escrito por Carlos Alarico Gómez.
Caracas, 29 de noviembre de 2011. Centro Cultural Chacao.
Todo comenzó cuando Jesús, uno de mis hermanos, aficionado a la genealogía, fue al Archivo Principal de Coro, Estado Falcón, a buscar documentos ?partidas de nacimiento, básicamente que revelaran los orígenes de la familia. Conociendo la meticulosidad y el rigor con el que Jesús desempeña su afición, me imagino que se metió de lleno en el archivo, tal vez las ocho horas laborables que tiene el día, sacó copias de cuanto documento revelador encontró y armó unas voluminosas carpetas con todo aquel tesoro familiar. Días después recibí una llamada suya donde con cierta emoción me decía que había dado con un poeta entre nuestros ancestros, un escritor de nombre José Heriberto García de Quevedo, nacido en Coro en 1819 y fallecido en París en 1879. Cuando le pregunté qué parentesco teníamos me dijo que nuestros abuelos sextos, María de la Paz Valdés Quevedo y Bravo y Diego García de Quevedo eran también los bisabuelos del poeta, por lo que José Heriberto, quien no tuvo hijos, venía siendo nuestro primo colateral en sexto grado, primo segundo de nuestra tatarabuela Clemencia García de Quevedo y Bravo. Muy interesante, le dije, y qué se sabe de su vida. Poca cosa, respondió mi hermano…
La verdad es que Jesús no había encontrado ninguna biografía del escritor, apenas una breve reseña donde señalaba que José Heriberto García de Quevedo había sido embajador de España en Perú y en Venezuela, que había representado a España en China y en otros países, que había sido un buen amigo de la reina Isabel II, tanto, que se batió a duelo por ella y le perdonó la vida a su adversario y, finalmente, que le había escrito un poema que fue premiado por la Real Academia Española en 1865. La vida del primo entonces comenzaba a lucir muy interesante. Le dije a mi hermano que si no existía una biografía de José Heriberto en Venezuela tal vez en España conseguiríamos una. Casualmente para esas fechas tenía planeado un viaje a éste país y en enero de 2008 me presenté con mi esposa en la Biblioteca Nacional de Madrid. Allí pudimos encontrar varias de las obras de José Heriberto, pero como parte de otros libros… también una foto suya, que es la que figura en la portada del libro, pero ninguno que hablara a fondo de su vida; preguntamos al empleado y nos dijo que no, que al menos en España no se había escrito ninguna biografía sobre nuestro personaje. Entonces, si no existía una biografía suya en España, y tampoco en Venezuela, no había dudas de que nadie en el planeta había escrito sobre el poeta coriano. Un poco decepcionado salimos del lugar con la certeza de que ya habíamos hecho todo cuanto podíamos por averiguar algo más sobre la vida del vate. Pero no, me dije, todavía podemos indagar un poco más.
Mientras caminábamos hacia el hotel, en la calle San Bernardo de Madrid, nos encontramos con una pequeña librería especializada en libros antiguos. Entramos. Al fondo había un hombre de lentes sentado frente a un escritorio repleto de libros viejos; parecía verificarlos en una larga lista. Lo saludamos y le preguntamos si tenía algún libro del poeta José Heriberto García de Quevedo. Me suena, dijo, déjeme consultar la lista. Al poco rato nos dijo que sí, que había algo del poeta, pero que no era una biografía si no un poema. Me gustaría verlo, le dije de inmediato. El hombre se levantó de la silla con la lista en la mano, fue hasta el fondo de la librería, se subió en una larga escalera y empezó a escudriñar los lomos de los libros que estaban en el último stand. El olor a papel viejo inundaba el salón. Luego arrimó la escalera un poco más, se rascó la cabeza, su mirada fija sobre los lomos, hasta que por fin sacó un delgado folleto color verdoso. Era el poema premiado de José Heriberto García de Quevedo. No lo podía creer. Los ojos casi se me salen de las órbitas. Un milagro, pensé. Aún sin creer lo que veía le pregunté el precio. Doce euros con dos centavos, me dijo. Sorprendido por el precio tan bajo de semejante joya saqué el dinero, le pagué y nos fuimos con nuestro folleto bajo el brazo, felices por las calles de Madrid.
Esto tiene que ser una señal, le dije a mi esposa, una señal del poeta para que rescatemos su nombre, para que desenterremos su literatura. Primero el hallazgo de mi hermano, luego éste: encontrar un original, el poema premiado por la Real Academia Española en 1865, en la primera librería en la que entramos, en una ciudad donde en cada esquina hay una venta de libros, algo increíble…
Fue el momento cuando, ya que no existía una biografía del pariente, decidí escribir una yo mismo. Pero al paso de los días y pensándolo mejor me dije que yo no era especialista en biografías, mucho menos en novelas históricas, que lo más sensato era buscar a un historiador experimentado y encargarle el trabajo. Así fue que un día, y también por casualidad, en una reunión en casa de nuestra común amiga, la periodista y escritora Nery Russo, conocimos personalmente al historiador Carlos Alarico Gómez. Este es el hombre, me dije apenas nos estrechamos las manos. Poco después le propuse el proyecto y lo aceptó encantado. Finalmente, luego de dos años de espera, el libro Un poeta venezolano en la Casa Real Española (el amor sublime de Isabel II) ya está publicado.
EN TORNO AL OFICIO DE ESCRITOR
Ensayo leído por el escritor venezolano Eduardo Liendo, el 27 fe noviembre de 2011, día en que le fue conferida la Medalla Internacional “Lucila Palacios” por obra de vida, en la Sala Cabrujas de Caracas, por el Círculo de Escritores de Venezuela.
“Deleitar con el lenguaje y asombrar con la invención” Miguel de Cervantes
“Nada es real si no lo escribo” Virginia Woolf
¿UN OFICIO SINGULAR?
Es algo aventurada la tarea de incurrir en generalizaciones para explicar una actividad como la del escritor, en la cual apreciamos el talento del individuo y la singularidad de la obra en un lugar predominante. ¿No es acaso la personalidad artística de un autor lo que más admiramos en su condición? Seguramente, son valores singulares los que confirman la genuina importancia de los autores de excepción. Pensamos ahora en Shakespeare y Cervantes, Flaubert y Kafka, Twain y Faulkner, Dostoievski y Tolstoi, Cortázar y Rulfo; para nombrar algunos imprescindibles.
La naturaleza individual de la obra permite dudar de la pertinencia de utilizar una caracterización denominada El oficio de escritor. ¿Sería el mismo oficio el que permitió la creación de Madame Bovary y de Pedro Paramo? ¿De Guerra y Paz y El viejo y el mar? Igualmente sería innumerable la diversidad de las obras considerando el idioma original en que fueron escritas, temas, géneros, escuelas, épocas, estéticas y un extenso etcétera, para intentar idealmente someterlas al modelo de un oficio único. No obstante, pretender esta generalización es un atractivo ejercicio intelectual, de hecho, son numerosos los libros de entrevistas a creadores literarios donde se alude como asunto al así considerado oficio de escritor.
Estas páginas que ahora escribo sin ninguna pretensión letrada, ni mucho menos academicista, -soy un narrador y no propiamente un literato- persiguen ordenar lo que pienso al respecto, apuntalándolo con algunas opiniones que considero válidas e ilustrativas de varios autores. Muchas de ellas contradictorias entre sí.
LA CONDICIÓN DEL LECTOR
La primera cualidad indispensable para el escritor parece ser, o haber sido en una época de su vida, la de un lector muy especial. Un lector interesado, acucioso, voraz, y no pocas veces empedernido. Seguramente en el origen de toda vocación literaria se encuentra una grande y a veces temprana admiración por los libros y sus autores, y luego una intensa necesidad de emularlos.
La escritura literaria, como el canto, se aprende en principio por imitación. Los escritores suelen vanagloriarse de sus lecturas al igual que un atleta con sus pruebas deportivas. Es memorable, al respecto, el testimonio de Jorge Luis Borges: “Que otros se jacten de los libros que les ha sido dado escribir, yo me jacto de aquellos que me fue dado leer”. Por su parte, el filósofo Juan Nuño expresa un juicio categórico: “La clave de todo buen escritor es la buena lectura. Sin lectura, mucha lectura, siempre lectura, no hay escritor posible. Creer que escribir es esperar a que salgan las setas, por generación espontánea, es equivocarse de medio a medio. Escribir es lo que sobrevive después de muchísimas lecturas. Y de continuarlas sin cesar” (Escritores y escribidores).
La literatura se nutre en buena medida de la misma literatura, por tal motivo, para un escritor (o un autor potencial) leer no es nunca un acto completamente gratuito, puesto que en esa obra leída con particular interés, puede encontrarse un germen de la propia obra. Creo que fue Dostoievski, el autor ruso que pensando en la herencia literaria recibida por su generación afirmó: “Todos hemos salido debajo del capote de Gogol”. Y está claro que sin libros de caballería, y su lectura cervantina no existiría Don Quijote como lo conocemos. Ese parece ser el fundamento primordial de todo oficio de escritor: ser un excelente lector. No serlo, por el contrario, implica una seria limitación.
La lectura ilumina al escritor sobre un sin número de posibilidades temáticas y formales; en este sentido, la originalidad debería entenderse como una mezcla personal de múltiples influencias, algunas de las cuales podrían ser no totalmente conscientes para el mismo escritor considerado. Muy frecuentemente los escritores dan a conocer largas listas de aquellas obras y autores que aprecian como fundamentales en su formación, y hasta tratados sobre el tema, a la manera de Los libros en mi vida de Henry Miller. En buena medida se puede afirmar que para un escritor de oficio leer es releer.
En mi propia experiencia de lector me aventuro a mencionar veinte títulos que me resultan sumamente entrañables: Cuentos de hadas chinos, Las aventuras de Tom Sawyer (leídos en mi niñez) Las confesiones, de Rousseau, La madre, Rojo y Negro, Crimen y Castigo, Ana Karenina, Don Quijote, Juan Cristóbal, El Conde de Montecristo, Balzac, de Stefan Zweig, Las ilusiones perdidas, Hamlet, Canto a mí mismo, Muerte en Venecia, Madame Bovary, El lobo estepario, Cuadernos del destierro, Los novelistas y la novela, de Miriam Alott, Pedro Páramo, Nueva antología personal de J. L. Borges, y pienso por lo menos en un centenar de libros más, que me han acompañado largo rato en la travesía de ese extraordinario y apasionante laberinto construido de palabras.
La lectura se constituye en una actividad creativa, al leer en cierto modo recreamos el texto, no exagera demasiado Joseph Conrad cuando sostiene que: “El autor sólo escribe la mitad del libro. De la otra mitad debe ocuparse el lector”. Lo que también puede significar un fuerte estimulo para la propia escritura. Cada texto presupone de modo explícito o implícito los textos anteriores. Lectura y escritura son actividades íntimamente interrelacionadas y complementarias.
LA VOLUNTAD DE CREACIÓN
Al precisar cuál sería la cualidad fundamental de un soldado, el escritor prusiano Karl Clausewich (famoso por su concepción de la guerra como la política librada por otros medios) señaló al valor personal en primer término, puesto que, careciendo del mismo, las otras cualidades del soldado quedarían anuladas. Parece lógico, un soldado cobarde tendría muchas dificultades, sobre todo en tiempos de enfrentamiento armado. Si nos hiciéramos la misma pregunta con respecto a la cualidad fundamental del escritor, supuesto el talento, posiblemente resultaría ser la voluntad, puesto que otras cualidades importantes como la experiencia, la capacidad de observación o el dominio del lenguaje, pierden significación o quedan anuladas si no existe la firme voluntad de crear la obra. Sin voluntad no hay obra. Todos podemos recordar algún personaje, con muchas supuestas potencialidades para la escritura: algo de gracia, no poco ingenio y mucha verbosidad, anunciando siempre, durante años el poemario, el libro de ensayos y sobre todo la novela que según él se encuentra a punto de cuajar. Por supuesto que ya tiene título, epígrafe, apéndice y hasta padrino de la obra, pero pasan los días, los meses y los años y no ocurre el anunciado parto. Casi siempre sucede que las ensoñaciones del frustrado autor no fueron secundadas por una firme voluntad de hacer.
El proceso de la creación según lo refieren muchos autores es complejo y exigente, y puede transitar o transcurrir por diversos estados de ánimo: Ideas, intuiciones, dudas, desánimos, motivaciones, aflicciones, despechos, alegrías y otras manifestaciones, de acuerdo con el temperamento y la experiencia de cada autor. Cada obra es única y, por lo tanto, sujeta a imponderables, si no fuese así, no valdría la pena escribirla. Seguramente un paradigma de la voluntad de creación difícil de superar fue el terco Gustavo Flaubert. Asomémonos a una página de su correspondencia:
“No sé si es la primavera, pero estoy de un humor de perros. Tengo los nervios tensos como hilos de alambre. Estoy irascible sin saber por qué. Quizás la causa sea mi novela. No va, no funciona. Estoy más cansado que si empujase montañas. De repente me entran ganas de llorar. Hace falta una voluntad sobrehumana para escribir, y yo sólo soy un hombre. A veces me parece que necesito dormir durante seis meses seguidos. ¡Ay, con qué desesperación veo las cumbres de esas montañas adonde quería subir mi deseo! ¿Sabes cuántas páginas habré escrito dentro de ocho días, y desde que regresé de París? Veinte. ¡Veinte páginas en un mes y trabajando siete horas diarias por lo menos! ¿Y la finalidad de todo esto? ¿El resultado? Amarguras, humillaciones, nada que me sostenga, si no la ferocidad de una ilusión indomable. Pero envejezco, y la vida es corta”. (A Louise Colet. Croisset, sábado noche, 24 de abril de 1852)
No obstante, se sabe que el régimen de disciplina de los escritores es muy variable. Los hay rigurosos, que confiesan responder a un estricto horario. Se fijan puntuales tareas y hasta un número determinado de palabras escritas. Son los “jornaleros”, los que piensan como Miguel Ángel Asturias que el novelista es “la araña de la literatura”, aquellos que “no creen en la inspiración sino en las nalgas”, o sea, en el trabajo forzado, según decir de Carlos Fuentes. Y también existe la raza de los lentos, de los morosos que presumen de ser “holgazanes”, aunque son persistentes en el cumplimiento cabal de la obra emprendida, como los cuentistas Julio Garmendia y Augusto Monterroso.
En cierta ocasión, en “Calicanto” la acogedora casa de la escritora Antonia Palacios, pregunté a Alejo Carpentier por su régimen de escritura, habiendo sido, como se sabe, un autor prolífico de obras extensas. “El único secreto es la página diaria -me dijo- una página diaria son 365 páginas al año. Más que suficiente. Pero hay que tener la disciplina necesaria para cumplir cada día con la tarea pautada”.
Es obvio que se trata de posturas y ritmos de actividad distintos, pero, tanto en “forzados” como en “holgazanes”, la constante es la firme voluntad de creación. Aquí vendría al caso como ligero comentario mordaz, el juicio de Raymond Chandler: “Leo constantemente como los autores dicen que jamás esperan que llegue la inspiración; lo que ellos hacen es sentarse en sus escritorios todas las mañanas a las ocho, con lluvia o sol, con los restos de una borrachera, un brazo roto, o lo que sea, y vomitan su pequeña cuota. No importa cuán en blanco estén sus mentes o cuán agarrotados sus cerebros, nada de absurda inspiración con ellos. A ellos entrego mi admiración y mi cuidado de evitar sus libros”.
Sin voluntad de creación no hay obra concluida, y cada autor verá de qué manera acomete su tarea, por lo menos para el gran narrador William Faulkner lograr la obra se sobrepone a cualquier otra consideración: “El artista es responsable sólo ante su obra. Si es un buen artista, será completamente despiadado. Tiene un sueño y ese sueño lo angustia tanto que debe librarse de él. Mientras no se libra no tiene paz. Arroja todo por la borda: el honor, el orgullo, la decencia, la seguridad, la felicidad, todo con tal de escribir su libro”. (William Faulkner, The Paris Review)
LA VOLUNTAD DE ESTILO
Por ser la palabra la forma expresiva fundamental del escritor, es desde el lenguaje y con el lenguaje como este realiza la obra literaria. En cierto modo este hecho hace al escritor más “común y terrestre” que los creadores de otras disciplinas artísticas, quienes cuentan con recursos e instrumentos exclusivos, cuyo funcionamiento no es conocido o dominado por la mayoría de los individuos. La lectura de partituras musicales y el uso de instrumentos que requieren de largo aprendizaje es propio de los músicos; así como el dominio de los materiales y herramientas es indispensable para el escultor; las pinturas, telas y otros variados elementos son manipulados por el pintor, y el cineasta cuenta con un equipo sofisticado, todo lo cual determina que sus creaciones sean productos algo distanciados del conocimiento del común de los individuos, en tanto hacedores. El lenguaje, por el contrario, es patrimonio y vehículo de comunicación permanente de casi la totalidad de los individuos de una específica comunidad idiomática. Es con esas mismas palabras de su lengua y no con otras, con las que el escritor debe pretender la excelencia expresiva. El encanto de una escritura de alto valor estético. Crear belleza, con la misma lengua que gasta, manipula utilitariamente y muchas veces degrada (aunque, paradójicamente, también modifica y enriquece) el común de sus hablantes. De allí la importancia de la voluntad de estilo en el oficio de escritor, por lo cual, como afirmara Jean Paul Sartre: “Nadie es escritor por haber decidido decir ciertas cosas, sino por haber decidido decirlas de cierta manera”. En esa “cierta manera” radica el estilo y, por lo tanto, el valor de la prosa y, por supuesto, en mayor grado en la poesía como logro estético.
Es conocido que a la excelencia del texto se llega casi siempre mediante un riguroso proceso de elaboración y decantación. De atención a la armonía de la forma, de despojo del lugar común, de limpieza de gazapos y ripios, de arduo perfeccionamiento. Tal vez considerando este proceso de revisión crítica, una de las maneras más certeras y permanentes para su estimación ha sido la utilizada por el conde de Buffon científico, humanista y escritor francés, que en el ya lejano siglo XVIII consideró al estilo como “una larga paciencia”.
Indagando acerca de una posible definición conceptual más o menos sucinta tropiezo con el siguiente juicio: “El estilo es un concepto que puede definirse desde distintas perspectivas, pero por lo general se caracteriza por una serie de elecciones condicionadas por la intención y la situación. En el caso de los textos literarios, la intención es artística, y la función producir placer estético en el lector al tiempo que se le estimula intelectualmente”. Nina Melero (Letralia). Esta reflexión sobre el estilo encaja perfectamente con lo que afirma sobre su actitud escritural la gran escritora Margarite Yourcenar:”Escribir es una elección perpetua entre mil expresiones ninguna me satisface, y sobre todo no me satisface sin las demás”.
La clave es elección perpetua, el escritor, por ejemplo, en cierto momento, tiene que optar entre las palabras rabia, ira, cólera, furia, furor, arrechera, iracundia, bravata, balandronada y otras, para expresar un estado de ánimo irritable. Esa combinatoria particular de las palabras va conformando el texto y estilo del mismo. El narrador y poeta Cesare Pavese apunta lejos en esa dirección cuando afirma que:”Una vez escrita la primera línea de un relato ya todo está elegido, el estilo, el tono y el cariz de los hechos. Dada la primera línea, es cuestión de paciencia: todo el resto debe y puede salir de ella”. Por nuestra parte, pensamos que el tema y el tono influyen decisivamente en el estilo.
Atendiendo a la cualidad siempre perfectible del estilo, podría afirmarse que, en literatura, escribir es reescribir. El escritor realizaría tantas versiones como fuesen necesarias hasta alcanzar, según su subjetividad, el acabado de su obra: “Un poema es el último borrador que llevamos a la imprenta”, sentenció Baudelaire. Son numerosos los escritores que aluden a este arduo proceso de reescritura. Por ejemplo, un testimonio de Flaubert da cuenta de nueve versiones de Madame Bovary, hasta llegar a la definitiva; también García Márquez refiere haber escrito ese mismo número de versiones de El Coronel no tiene quien le escriba: “Hasta que la sentí como hablaba mi abuela”, comenta. Por mi parte, con la modestia del caso, puedo asegurar que nunca hago menos de tres versiones de mis novelas o cuentos, el primer borrador manuscrito, luego el texto transcrito antes por la máquina de escribir, ahora por la computadora, y una nueva reescritura con ajustes y correcciones de estilo antes de la entrega al editor. Los escritores suelen hacer otras correcciones finales durante el proceso de revisión de las pruebas de imprenta. El notable poeta José Emilio Pacheco al ser interrogado:
¿Y cuándo sabe si un texto es bueno o malo?
Responde: “Eso me costará decirlo. Tal vez uno si tiene la intuición de lo que está bien. El problema es que es una intuición provisional, porque después de que sale el libro sigo corrigiendo… Soy un horror para los editores”.
Son pocos los autores que hablan de una única y definitiva versión de sus textos literarios, publicados prácticamente sin alteraciones. Representan la excepción. Por supuesto, no tomamos en consideración aquí a los que, careciendo de exigencia en el ejercicio escritural, no procuran obtener un producto literario formalmente logrado.
Es muy aleccionadora la forma en la que el escritor y periodista Gay Talese nos da a conocer su método y estilo de trabajo:
“Siempre sigo dándole vueltas a una frase hasta que llego a la conclusión de que carezco de la voluntad o la habilidad para mejorarla, y entonces paso a la siguiente. Al final –eso puede tomar días, una semana entera- reúno suficientes frases escritas a mano como para formar un párrafo y suficientes párrafos como para llenar tres o cuatro páginas de la libreta amarilla. Ahí es cuando por lo general hago a un lado el lápiz y me paso al teclado de mi Olivetti, o de la IBM, o del Macintosh LLci, y comienzo a transcribir lo que he escrito a mano”.
“Mi curiosidad me lleva en distintas direcciones, pero hasta que no invierto mucho tiempo –meses, años- no tengo certeza de que el tema elegido es capaz de mantener mi interés. Algunas veces arrojo a la basura varios borradores de lo que he escrito, mientras que otras veces los conservo, los archivo, los vuelvo a leer uno o dos años después, los reescribo y tal vez vuelvo a archivarlos, o decido que después de todo no valen la pena, así que los rompo y me deshago de ellos para siempre”.“Con frecuencia, escribir es como conducir un camión por la noche sin luces, perderse en medio de la carretera y pasar una década en una zanja”. (G.T. Vida de un escritor)
LA MUSICALIDAD:
En el texto existe un ritmo y un tono, es la respiración de las palabras, más bien de la escritura. Se escribe con el oído. En algunas grandes obras se siente, de trasfondo, algo sonoro y poderoso como el oleaje del mar. En este sentido sólo aspiro ser un decoroso músico. Un turpial, si no se es un canario cardenal o un ruiseñor gentil.
La deuda:
Sin los libros que me señalaron, el escritor no existiría. Si de golpe, me quitaran todo lo que la lectura me ha dado, sería el hombre más pobre del mundo. El más indigente.
Responsabilidad y destino:
Proceder como una conciencia libre es un alto valor que el escritor debe reivindicar, la capacidad de disentir, de no subordinar dogmáticamente su inteligencia ante ningún poder. Cuando el escritor enajena su conciencia, deja de ser propiamente un escritor. Deja de ejercer la soberanía personal, y su palabra pierde resonancia.
La mejor literatura es el más hermoso espejismo de permanencia, eso experimentamos después de leer Don Quijote, Hamlet, Madame Bovary, El canto a mí mismo, La metamorfosis, Pedro Páramo. Mi padre el inmigrante.
El escritor, por muy desamparado que se encuentre, por suicida que sea, es el amante preferido de la existencia. Por eso quizás, aunque lo niegue, su mayor desafío es vencer a la muerte con el filo de la palabra. La muerte tiene brazos de molinos de viento.
(Texto parcial del trabajo titulado En torno al oficio de Escritor. 2011)
Paz y Democracia en Venezuela y en el mundo: haz que tu voz se oiga
El Círculo de Escritores de Venezuela se une a la celebración del Día Internacional de la Paz. El 21 de septiembre se celebra en todo el mundo el Día Internacional de la Paz. Las Naciones Unidas invitan a todas las naciones y a todos los pueblos a respetar ese Día la cesación de hostilidades y a observar también el Día con actividades de educación y concienciación del público respecto de asuntos relacionados con la paz.
La Asamblea General ha declarado que este es un día dedicado a fortalecer los ideales de la paz, tanto en el seno de todos los pueblos y naciones como entre ellos.
Este año, en que el Día se celebra por trigésima vez, el tema es “Paz y democracia: haz que tu voz se oiga”.
En el Preámbulo de la Carta de las Naciones Unidas se afirma que la Organización se fundó para prevenir y resolver los conflictos internacionales y ayudar a crear en el mundo una cultura de paz.
La paz y la democracia están vinculadas íntimamente. Juntas constituyen una alianza que promueve el bienestar de todos. La democracia, consagrada en la Declaración Universal de Derechos Humanos, sustenta un entorno propicio para el disfrute de innumerables derechos políticos y libertades civiles.
En armonía con el tema del Día se está produciendo en el mundo un fenómeno extraordinario. En todas partes, las jóvenes y los jóvenes están demostrando el poder de la solidaridad acercándose unos a otros y manifestándose unidos en favor del objetivo común de la dignidad y los derechos humanos. Este impulso poderoso trae consigo la posibilidad de crear un futuro en paz y democracia. Une tu voz a la de ellos.
Hay muchas formas de participar en las prácticas democráticas, por ejemplo, interviniendo en un diálogo sobre los procesos constitucionales, promoviendo el empoderamiento de la sociedad civil, contribuyendo a la lucha por la igualdad entre los géneros y contra la discriminación, coadyuvando a la educación cívica y fomentando la inscripción de votantes.
El Día Internacional de la Paz ofrece a todos los pueblos del mundo una fecha común para organizar acontecimientos y emprender actividades que pongan de relieve la importancia de la paz y la democracia en forma útil y realista.
El Día Internacional de la Paz fue proclamado en 1981 en la resolución 36/677 de la Asamblea General de las Naciones Unidas para que coincidiera con la apertura del período de sesiones de la Asamblea, el tercer martes de septiembre de cada año.
La primera observancia del Día de la Paz tuvo lugar en septiembre de 1982. En 2001, la Asamblea General aprobó por unanimidad la resolución 55/282 , por la que declaró que el 21 de septiembre sería un día anual de cesación del fuego y de no violencia.
Resumen de la fuente: http://www.un.org
Una asociación civil sin fines de lucro creada con la misión de reunir a los escritores para conocer, estudiar, investigar, promover y divulgar sus obras, ideas y proyectos; propiciar la investigación y creación de una base de datos de los autores y libros publicados; promover la incorporación de escritores de otros países y en líneas generales, proyectar la literatura venezolana e hispanoamericana.