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	<title>Círculo de Escritores de Venezuela &#187; Narrativa</title>
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	<description>Divulgación de literatura hispanoamericana. 20 Aniversario</description>
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		<title>Juan Ruiz de Torres: &#8220;Al amanecer&#8221;</title>
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		<pubDate>Mon, 06 Feb 2012 15:17:47 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Círculo de Escritores</dc:creator>
				<category><![CDATA[Narrativa]]></category>

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		<description><![CDATA[AL AMANECER LA CARRETERA INFINITA se deslíe bajo el autobús. Los pasajeros adormilados contemplan el paisaje seco, estéril, que mimetiza el inmediato desierto. Valientemente, el aire acondicionado lucha contra el calor, que llega en oleadas al vehículo, como si quisiera anularlo, secarlo, aplastarlo contra las arenas que llegan hasta el borde mismo del asfalto. Los [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>AL AMANECER</p>
<p>LA CARRETERA INFINITA se deslíe bajo el autobús. Los pasajeros adormilados contemplan el paisaje seco, estéril, que mimetiza el inmediato desierto. Valientemente, el aire acondicionado lucha contra el calor, que llega en oleadas al vehículo, como si quisiera anularlo, secarlo, aplastarlo contra las arenas que llegan hasta el borde mismo del asfalto.</p>
<p>Los montes del Atlas, no muy lejos, aparecen en esta época sin la menor nube, sin la menor promesa de lluvia, qué digo, de humedad siquiera. El gran cauce de un río se ofrece a la vista, absolutamente seco. Pero lo que será cuando las aguas bajen torrenciales se percibe en  los profundos cortes, como huellas de una excavadora monstruosa.<br />
Al iniciar una pequeña subida, se escucha cómo silba de pronto el motor. El autobús pierde velocidad. Pasado un momento, parece que se recupera, pero de nuevo se oye el furioso sonido del motor acelerado. El conductor mueve la cabeza con preocupación, lo mismo que alguno de los pasajeros que no duermen. La máquina del autobús comienza a dar tirones, y al fin el chófer lo detiene. </p>
<p>-¿Qué pasa? ¿Qué pasa? las voces alarmadas de los pasajeros que súbitamente se despiertan contrastan con el silencio anterior.<br />
Un par de ellos que “entienden” de motores se bajan del autobús con el chófer, levantan el capó, miran aquí y allá, mueven la cabeza desalentados.</p>
<p>-No hay nada que hacer&#8230; La caja de cambios patina&#8230; El aceite gotea encima&#8230; Se ha roto la caja de balancines&#8230;.<br />
-Pues ponga otra, exclama indignado el pasajero que nada entiende de motores.<br />
Ni le contestan. Los “entendidos”, y varios que creen que entienden, discuten, de forma cada vez más agria.<br />
La única solución es seguir muy despacio, hasta la aldea próxima. Que está como a diez kilómetros&#8230; dice el guía.<br />
-Bueno, diez kilómetros son cinco minutos.<br />
-Que te crees tú eso.<br />
-Habrá que llamar a un servicio de asistencia.<br />
-Claro, al RACE, ¾replica burlón otro.<br />
-Desde luego, a pie no podemos ir&#8230;</p>
<p>El guía pide un móvil, el suyo no funciona, caramba con esta compañía, habla en árabe, o en bereber, vete tú a saber, discute, cuelga.<br />
-En esta aldea no hay ningún taller. Y hasta mañana no podrá llegar un camión con repuestos, o si lo hay, otro autobús.</p>
<p>Muchas voces mezcladas, “ni hablar de pasar la noche aquí”, “hay que poner una denuncia”, “¿cómo se llama esta aldea?”, “no está ni en el mapa”, “habrá que buscar un hotel”, “o una pensión”, “¿hotel aquí? ¡tururú!”, “yo necesito un baño fresquito”, “que nos devuelvan el dinero”&#8230;</p>
<p>Entre tanto, el autobús ha echado a andar, desesperadamente lento, mientras los “entendidos” se miran muy preocupados y el chófer contrae los ojos, la mandíbula, las manos en torno al volante. Trata con mimo exquisito la palanca de cambios, el acelerador.<br />
Tras un tiempo que parece interminable, aparecen a la derecha de la carretera unas cuantas casas de adobe, del mismo color que el desierto que las rodea.</p>
<p>-Esto es Shouk-el-Ahmán, anuncia el guía, con voz muy cansada. Y antes de que nadie pregunte, añade: Seguro que no habrá ningún hotel, ni casa de comidas, ni teléfono. La población es enteramente bereber, así que la gente no hablará casi árabe, y desde luego nadie sabrá francés&#8230; La verdad es que nunca me he detenido aquí.<br />
-¿Entonces&#8230;?<br />
-Propongo que nos quedemos fuera de la aldea, busquemos agua y unos dátiles, y durmamos en el autobús, y se le escapa decir, en voz baja: Yo no me fiaría de esta gente. </p>
<p>Se hace un gran silencio entre los pasajeros. Al fin, los que no entienden francés, preguntan: ¿Qué ha dicho?<br />
-Al parecer, esta aldea es peligrosa&#8230;</p>
<p>El guía ni se atreve a entrar, ¿cómo va a pedir agua o comida?<br />
-Por lo visto, es una aldea de terroristas&#8230;</p>
<p>Después de haber provocado la alarma, el guía trata de quitar hierro al asunto, pero poco se puede hacer. El chófer, el guía y Elena María, una pasajera española llena de voluntad, se encaminan hacia la cuesta que llega desde la carretera al poblado. Los miembros restantes del grupo, casi  cuarenta, observan con inquietud cómo desaparecen a lo lejos, entre las callejas.<br />
A ver qué consiguen&#8230;</p>
<p>AL CABO DE UNA MEDIA HORA con muchos más de treinta minutos, regresa la expedición, trayendo solamente unas botellas llenas de agua de dudosa transparencia.<br />
-En el pueblo no se puede comprar nada, pues no hay ni la más pequeña tienda. Ningún hotel ni sitio donde dormir, lo que ya sospechábamos ¾hace general su propia afirmación, para que la responsabilidad sea de todos. La verdad, esta gente no sé de qué vive.<br />
-Me han parecido todos unos bandidos, añade Elena María, bastante desinflada. Yo no bebería eso&#8230;</p>
<p>Los pasajeros se acurrucan en sus asientos, resignados a pasar la noche como sea. Todos van saliendo a hacer sus necesidades sin alejarse mucho, con los demás oteando ansiosos la fatídica cuesta que va al pueblo.</p>
<p>La noche va a ser muy larga, sin bebida ni comida, con el frío del desierto filtrándose por todas las rendijas.</p>
<p>MUCHO MÁS TARDE, alguien que está despierto observa unos bultos y unas débiles luces a lo lejos. De inmediato, despierta a los demás.<br />
-¿Qué pasa? ¿Qué hora es?<br />
-¡Chisss! Las cinco de la mañana. Ya clarea. Y hablad bajo. Ahí parece que vienen unos.<br />
-¡Vendrán a robarnos, o algo peor!<br />
-Tranquilos: somos muchos, y Luis tiene un arma.<br />
-¡Un arma! ¿Y de qué va a servir un arma sola?<br />
-¡La unión hace la fuerza! ¡Bajemos, y dispongámonos a defender nuestras vidas!<br />
Algunos piensan que no hay que ponerse melodramáticos, pero todos comprenden la sensatez del consejo, y se apiñan en torno al autobús, esgrimiendo armas improvisadas: un trípode, un bate de béisbol, pedruscos&#8230;</p>
<p>Las sombras se acercan en silencio, Ahora se ve que llevan unas antorchas en la mano y bultos extraños. Todos esperan lo peor de estas gentes salvajes, educadas para la violencia por el inhóspito y duro desierto.</p>
<p>Las sombras llegan hasta unos metros del autobús, clavan las antorchas en el suelo, en torno al autobús, y dejan sobre la arena grandes bandejas con comida sencilla pero de apariencia más que apetitosa, unas jarras con algo que podría ser vino de dátil y unos montones de mantas a rayas. Y ante la estupefacción de los pasajeros, las sombras se inclinan y regresan al poblado. Antes de partir, una de ellas desea suavemente:<br />
-Bon appétit! </p>
<p>(De “Doce docenas”, 2007. Autor:<br />
Juan Ruiz de Torres<br /> Miembro Correspondiente del Círculo de Escritores de Venezuela<br />
Madrid, 1931. Dr. Ingeniero Industrial, Dr. Filología Hispánica, Lic.  Informática. Poeta, dramaturgo, cuentista, novelista, ensayista, actor, director de teatro y cine. Ha residido casi veinte años en varios países (cuatro de ellos americanos). Fundó y dirigió grupos de teatro, profesionales y literarios, entre estos últimos tres Ateneos, la Asociación Prometeo de Poesía, la Academia Iberoamericana de Poesía, la Asociación &#8220;El Foro de la Encina&#8221;, el Fondo de Poesía &#8220;San Juan de la Cruz&#8221; de la Universidad Autónoma de Madrid, la &#8220;Casa del Tiempo&#8221;.  Director de varias revistas de poesía impresas y en internet. Una treintena de premios y distinciones en nueve países. www.prometeodigital.org</p>
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		<title>Acerca de unos buenos cuentos</title>
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		<pubDate>Mon, 26 Dec 2011 16:27:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Círculo de Escritores</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ensayo]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa]]></category>

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		<description><![CDATA[  Por Magaly Salazar Sanabria Comenzaremos diciendo que el libro I Edición de Cuentos de la Fundación Aprende a Escribir un Cuento, es una publicación muy bien cuidada, con un diseño de portada y diseño gráfico de la colección elegantes y creativos, asimismo, la edición de los textos, que producen agrado a la vista e invitan a la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p> <br />
Por Magaly Salazar Sanabria</p>
<p>Comenzaremos diciendo que el libro I Edición de Cuentos de la Fundación Aprende a Escribir un Cuento, es una publicación muy bien cuidada, con un diseño de portada y diseño gráfico de la colección elegantes y creativos, asimismo, la edición de los textos, que producen agrado a la vista e invitan a la lectura de unos cuentos sorprendentes.</p>
<p>Un soñador de honorable acción, sincero en sus palabras, generoso con la comunidad, es Heberto Gamero Contín, que al lado de su diligente y gentil esposa, Iris Verastegui de Gamero, se han dedicado a llevar adelante este proyecto que, en principio se pareció a un sueño pero , que sin lugar a dudas, es bendecido por Dios porque su energía proviene de un ejercicio de gratitud: devolver con creces a los otros la distinción de que fue objeto cuando se ganó el Primer Premio en la Edición 63 de los Cuentos de El Nacional de 2008 con “Los zapatos de mi hermano”. En principio, Heberto Gamero Contín y su Fundación se animan con la búsqueda de un contento que sólo llega cuando el trabajo y las palabras benefician así mismo y a los demás.</p>
<p>Los que tuvimos la dicha de asistir a un Taller dictado por Heberto nos percatamos de la sencillez y claridad llevada a cabo en la transmisión de los conocimientos ofrecidos. Los grupos participantes estaban conformados por personas de distintas profesiones e inquietudes. Heberto expresó sus ideas con un lenguaje accesible para que todos entendieran y esa enseñanza-aprendizaje se demuestra en los interesantísimos cuentos recogidos en este valioso libro. Además, el ambiente creado entre facilitador y asistentes se caracterizó por la cordialidad, que permitió escribir creativamente, sin prejuicios y con libertad.</p>
<p>Para entrar en materia diremos que el cuento se plantea como un juego narrativo entre el autor y el lector, atenidos ambos a su especificidad: brevedad, condensación, personaje generalmente único, que impone a la historia un conflicto que se tensa como un arco hasta el final. Así el lector fija su atención para participar con agudeza en el descubrimiento de “aquello” que muchas veces no se dice pero se sugiere y es allí donde la inteligencia y perspicacia del lector descubre la propuesta porque los cuentos son señales vigorosas de lo imaginario.<br />
Entretanto, la “Fundación Aprende a Escribir un Cuento” ha realizado varios talleres en diferentes lugares de Caracas y el interior: En octubre de 2009, en la  Sala Cabrujas de la Fundación Chacao, en ICREA y Taller Juventud Prolongada. En 2010, los participantes se reunieron en: el Taller Marshal (dos oportunidades).2 talleres en  Sucre,  ICREA, Sala Cabrujas. En 2011, la Fundación dictó los talleres: ICREA, Sala Cabrujas  y Casa de la Cultura Ramón Vásquez Brito de Porlamar. Estos encuentros han sido catalogados por los asistentes como muy fructíferos.</p>
<p>Con la finalidad de aportar una modesta opinión acerca del  libro I Edición de Cuentos de la Fundación Aprende a Escribir un Cuento, hemos releído con placer los textos dela publicación y aunque todos son muy buenos, comentaremos algunos escogidos al azar: “Un cuento del cuento”, de Néstor Hugo Cardoso Alvarez, es una historia de aduanas aeroportuarias, libros, y como todo viaje en avión, las conjeturas, dudas o “rollos”, y hasta lo bueno, “pasan volando” de acuerdo con una antigua propaganda de una aerolínea venezolana y lo que parecía ser, no es tal cosa. El autor crea hábilmente una atmósfera de suposiciones.  “La esperanza” de Elizabeth Conde Pinto, sugiere, con buena pluma y de manera sorpresiva, el viaje frustrado de unos balseros detenidos por los aullidos de patrullas de marina isleña. Limpidez, sencillez del lenguaje y precisión del rayo, contribuyen a dar personalidad a este cuento.</p>
<p>Con cierta picardía cotidiana, la historia de Loly García, “De difuntos” nos revela entretelones de vidas íntimas más allá de la muerte con cierto humor sarcástico y buen manejo del tiempo. Un amor que se presta a confusiones es “El amor de mi vida”, de Alessandra Hernández, gran habilidad para crear el ambiente  y un secreto hilo temático que se desnuda al final.</p>
<p>Julio César Marcano Simoza, escribe “Autorretrato con los ojos abiertos”, introduce un elemento importante: una superstición de alguna abuela y sus significaciones mágicas; aquella de cerrar los ojos ante las cámaras fotográficas porque ésta se “roba el alma” del fotografiado. Estupendo el manejo de la variante anecdótica y el conflicto Excelente manejo del lenguaje: límpido, preciso. Una historia de hábil resolución. Y si de locos se trata, la historia de Gladis Poletti, “La otredad de Julia”, aguza la capacidad de investigación del lector. Muy bien planteada la terrible orilla de la locura. <br />
Javi de Rodez, escribe un cuento largo: “Cuando algo grande muere, algo aún más grande nace”. Es la historia de Xavi y Orianna”. Se trata de una serie de vericuetos narrativos que apuntan a un conflicto de mentiras, malandros, coqueteos, frivolidades y muerte con un tinte político. Sorprendentes exigencias anecdóticas y buena  narración .“Cuentos de buseta” de Jorge F. Muskus Rodríguez, es un relato de la solidaridad y el respeto por el prójimo. Lo cotidiano, lo citadino  caraqueño, están presentes en este ambiente de calle y de espíritu. Lo interior en lucha con los “mandatos” de la sobrevivencia.<br />
En “El tren bajo la lluvia”, de Magaly Salazar Sanabria, la elocuencia de los sentidos, el soliloquio misterioso de un anillo, el traqueteo del tren que viaja de Carmona a Sevilla bajo la lluvia, la soledad de mujer, conducen al que lee  a partir de un ritmo fluido a un suspenso con un final inusitado a través de estrategias narrativas novedosas y entretejimiento de los planos cronológicos. Otra temática como la policíaca caracteriza el cuento “Joaquín”, de Mario Schiavelli. Un envenenamiento lento perpetrado a un marido déspota durante 38 años, 11 meses y 18 días, demuestra la capacidad de fabulación del autor que nos revela al final toda una dulce venganza. Una manera de colocar la historia ante el espejo de la realidad. Sorpresivo el desenlace.</p>
<p>Todos los cuentos del libro de la Fundación Faec son verdaderos hallazgos merecedores de comentarios por la belleza del lenguaje, sus significaciones simbólicas, por la justeza de la acción y los argumentos, extensión, la tensión, el manejo del tiempo, la estructura, la temática, la creación del conflicto, la constitución de los personajes, diseño de los escenarios, el punto de vista del narrador, relación hombre naturaleza y por sus  correlaciones entre los textos. Hemos comentado  algunos como una muestra significativa de la excelencia de este I Edición de Cuentos de FAEC. Invitamos a los lectores a entrar en estos entramados sibilinos, quemantes como las luces de fuegos artificiales que son los cuentos FAEC. Bienvenida esta publicación.</p>
<p>*MAGALY SALAZAR SANABRIA, venezolana, poeta, ensayista, con postgrado en Literatura,  con una amplia obra publicada. Directora de Relacones Institucionales del Círculo de Escritores de Venezuela</p>
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		<title>XVIII Bienal Literaria “José Antonio Ramos Sucre” 2011</title>
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		<pubDate>Fri, 23 Dec 2011 17:22:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Círculo de Escritores</dc:creator>
				<category><![CDATA[Mundo Premios]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa]]></category>

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		<description><![CDATA[Los escritores venezolanos Ramón Ordaz, Magaly Salazar Sanabria y Alberto Hernández, fueron los Jurados de la XVIII Bienal Literaria “José Antonio Ramos Sucre”. Los tres pertenecen al Círculo de Escritores de Venezuela, privilegio que nos honra. A continuación, transcribimos el Veredicto: VEREDICTO Nosotros, Magaly Salazar, Alberto Hernández y Ramón Ordaz, constituidos como Jurado de la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Los escritores venezolanos Ramón Ordaz, Magaly Salazar Sanabria y Alberto Hernández, fueron los Jurados de la XVIII Bienal Literaria “José Antonio Ramos Sucre”. Los tres pertenecen al Círculo de Escritores de Venezuela, privilegio que nos honra.  A continuación, transcribimos el Veredicto: </p>
<p>VEREDICTO</p>
<p>Nosotros, Magaly Salazar, Alberto Hernández y Ramón Ordaz,<br />
constituidos como Jurado de la XVIII Bienal Literaria “José Antonio<br />
Ramos Sucre”, después de las debidas lecturas, confrontaciones y<br />
deliberaciones acerca de los libros participantes, hemos decidido<br />
otorgar por unanimidad el premio al poemario Putas metamórficas,<br />
firmado por Galatea, libro que destaca por un cultivado lenguaje de la<br />
desmesura, obra que, audaz y transgresora, transita con soltura y<br />
eficacia de la poesía a la prosa para exhibir fulminante, a todo<br />
riesgo, dolorosas y cáusticas imágenes de la sexualidad<br />
circunstanciada por una insólita exacerbación de los sentidos, por un<br />
asedio al cuerpo en sus transfusiones, excrecencias, descomposiciones<br />
y desmembramientos, todo bajo el espectro alucinante de un erotismo<br />
que, lejos de hacer concesiones a lo vulgar, con magistral lirismo<br />
revierte la atormentada intimidad en un prodigio verbal. Abierta la<br />
plica, el seudónimo Galatea correspondió a la escritora MARÍA DE LOS<br />
ÁNGELES RUIZ GARCÍA.</p>
<p>        Del conjunto de libros concursantes, el jurado estimó justo conceder<br />
dos menciones: La primera para Cuidados intensivos, firmado por<br />
Catulo; la segunda, para Espesuras, firmado por Reynaldo Sassia,<br />
poemarios que con sobrias y decantadas expresiones poéticas dialogan<br />
con el acontecer y lo cotidiano del tiempo presente. Abiertas las<br />
plicas, resultaron favorecidos los escritores ARTURO GUTIÉRREZ PLAZA y HÉCTOR ANTONIO ESPINOZA respectivamente. En Cumaná a los veintiséis días del mes de noviembre de dosmil once.</p>
<p>Alberto Hernández               Magaly Salazar             Ramón Ordaz</p>
<p>Cumaná,8 de Diciembre de 2011</p>
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		<title>El pulso de una ciudad</title>
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		<pubDate>Sun, 14 Aug 2011 23:42:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Círculo de Escritores</dc:creator>
				<category><![CDATA[Narrativa]]></category>

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		<description><![CDATA[Por Álvaro Pérez Capiello En homenaje a la fundación de la ciudad de Caracas Un buen día nos acercamos a la ventana y lanzamos una mirada, cargada de asombros, sobre los techos de las casas, las esquinas trajinadas de viento, las aceras recorridas de angustias, y los postes de luz que inevitablemente danzan entre los [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por Álvaro Pérez Capiello</p>
<p>             En homenaje a la fundación de la ciudad de Caracas</p>
<p>            Un buen día nos acercamos a la ventana y lanzamos una mirada, cargada de asombros, sobre los techos de las casas, las esquinas trajinadas de viento, las aceras recorridas de angustias, y los postes de luz que inevitablemente danzan entre los edificios acompañando las historias de aparecidos y de brujas. Tal vez, algunos minutos de reflexión puedan dar al traste con las máximas incubadas desde los primeros años de la educación formal, ideas que muestran a la ciudad como un nuevo leviatán capaz de tragarse, de un golpe y para siempre, los sueños del hombre común. La vida moderna, con sus códigos de vida y de muerte, parece empeñada en teñir de negro a las más osadas fantasías del urbanismo. Así, las calles se muestran mudas e indiferentes frente al tic-tac amenazante de los relojes, de cara a los semáforos averiados, y las interminables hileras de coches que no le encuentran explicación a su necia permanencia en el mundo. ¿Acaso a esta Caracas de concreto y de cristal templado le está vetada la posibilidad de imaginar, o de cultivar la sorpresa? El enigma que gravita alrededor de las grandes ciudades nos hace suponer que nos hallamos frente a entidades con vida propia, horadadas por venas y arterias que irrigan de sangre los distintos tejidos del cuerpo social. Cada día constituye, pues, una aventura, una singular apuesta que advierte la belleza oculta en los portales de los almacenes, en los parques, en las formas arquitectónicas que pretenden acercarse tímidamente a lo natural. Está allí, en una cadena de encuentros y desencuentros, de ruidos, de caminos que van y vienen, de sombras huidizas que construyen personajes de fábula, de éxitos y fracasos gloriosos, la posibilidad teórica que tiene toda ciudad de ser recordada, y entonces sobrevivir a quienes la edificaron y le dieron un nombre.</p>
<p>*Álvaro Pérez Capiello es venezolano, economista egresado de la Universidad Católica Andrés Bello con postgrado en Barcelona, España. Sus novelas son: Guardatinajas, Sombras bajo el Sol, Laberinto de Ilusiones, El Bar de Luso, que recibió la Mención de Honor del Premio de Novela Enrique Bernardo Núñez. Y la novela El desván de lo oculto. Ha publicado un libro de relatos, Entre la verdad y el engaño.  Su obra aparece en numerosas antologías locales y foráneas. </p>
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		<item>
		<title>Juan Carlos Méndez Guédez presenta su novela El libro de Esther</title>
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		<pubDate>Sat, 26 Mar 2011 21:30:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Círculo de Escritores</dc:creator>
				<category><![CDATA[Círculo de Escritores de Venezuela]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa]]></category>

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		<description><![CDATA[Hoy sábado 26 de marzo, en el Centro Cultural Chacao de El Rosal, se presenta la novela El libro de Esther, finalista en el Premio Rómulo Gallegos 2001. El diario El Nacional (http://www.el-nacional.com) con la firma de Michelle Roche, reseña el arribo a Venezuela del escritor venezolano Juan Carlos Méndez Guédez, nacido en Barquisimeto en [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong><em>H</em>oy sábado 26 de marzo, en el Centro Cultural Chacao de El Rosal, se presenta la novela <em>El libro de Esther</em>, finalista en el Premio Rómulo Gallegos 2001. </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>El diario El Nacional (<a href="http://www.el-nacional.com/">http://www.el-nacional.com</a>) con la firma de Michelle Roche, reseña el arribo a Venezuela del escritor venezolano Juan Carlos Méndez Guédez, nacido en Barquisimeto en 1967. En la escrito de Roche se lee:</strong></p>
<p><strong>“Hemos llegado a  la normalización del horror”. El autor lamenta que hoy el país acepte situaciones que antes hubieran sido inadmisibles.”El autor de El libro de Esther, novela finalista al Premio Rómulo Gallegos 2001, “se encontró con un país donde los estudiantes se cosen las bocas para exigir al gobierno mejores presupuestos para las universidades, donde escasean los productos básicos y donde se cuentan en decenas los muertos del fin de semana.”</strong></p>
<p><strong>Juan Carlos Méndez Guédez es doctor en literatura hispanoamericana de la Universidad de Salamanca. Nació en Barquisimeto, Estado Lara, y actualmente reside en España.  Ha publicado las novelas <em>Retrato de Abel con isla volcánica al fondo </em>(1997), <em>Árbol de luna </em>(2000) y <em>El libro de Esther</em> (1999), con la que fue finalista del premio Rómulo Gallegos. También ha escrito los libros de cuentos <em>Historias del edificio</em> (1994), <em>La ciudad de arena </em>(1999) y <em>Tan nítido en el recuerdo </em>(2002).</strong></p>
<p><strong>Transcribimos a continuación unas líneas escritas por Méndez Guédez , en <em>Tal vez la lluvia </em>(DVD Ediciones 2009): “La ternura es el feroz anuncio de una pérdida: toda belleza oculta su propio castigo”. Michelle Roche señala: “la pasión del autor por las situaciones enternecedoras viene de su interés en el contacto con el otro, pues está convencido de que estop configura en las personas la necesidad del afecto y del pequeño detalle que, aunque está mal visto en los hombres venezolanos, disfruta”. Dice Méndez Guédez: “Me encanta la ternura porque me permite relacionarme con los demás como quiero y no como se me ha construido socialmente para hacerlo.”</strong></p>
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		<title>Enrique Bernardo Núñez: El gran ignorado</title>
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		<pubDate>Tue, 01 Feb 2011 16:29:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Círculo de Escritores</dc:creator>
				<category><![CDATA[Narrativa]]></category>

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		<description><![CDATA[Por Eduardo Casanova Enrique Bernardo Núñez nació el 20 de mayo de 1895, en Valencia de Venezuela, en el Estado Carabobo. Fue y es uno de los valores más notables e importantes de la narrativa latinoamericana y universal, aunque ignorado por su propio país. Cuando apenas tenía catorce años, en 1908, aparece como co-fundador de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Eduardo Casanova</strong></p>
<p><strong>Enrique Bernardo Núñez nació el 20 de mayo de 1895, en Valencia de Venezuela, en el Estado Carabobo. Fue y es uno de los valores más notables e importantes de la narrativa latinoamericana y universal, aunque ignorado por su propio país. Cuando apenas tenía catorce años, en 1908, aparece como co-fundador de un periódico, <em>Resonancias del pasado</em>. Un año después se mudó con su familia a Caracas. A los veintitrés años publica su primera novela, <em>Sol interior</em>, que es saludada por la crítica como obra imperfecta de un joven que promete mucho. Un par de años después, cuando acaba de casarse con Mercedes Burgos Müller (“Mochea”) con quien tuvo tres hijos (Isabel, Carmen Elena y Francisco), publica una segunda novela, <em>Después de Ayacucho</em>, claramente incomprendida por la crítica del momento. Es una obra paródica, en la que el joven autor se burla de sus coetáneos y del estilo predominante en su tiempo. </strong></p>
<p><strong>El investigador y crítico venezolano Javier Lasarte, en la década de 1980, reivindicará esta obra y la ubicará en su debido sitio en la narrativa venezolana. En 1931 publicó <em>Cubagua</em>. Era un escritor de treinta y cinco años, que entre los veinticinco y los veintinueve había vivido en el estado Nueva Esparta, integrado por las islas de Margarita, Coche y Cubagua, y varias islillas regadas por un mar precioso. El Presidente del Estado (gobernador), el que lo convenció de que se fuera a vivir a la Isla para fundar un diario que no mucho tiempo después fracasó, era uno de los más notables escritores de nuestro país: Manuel Díaz Rodríguez, modernista. El año de la rebelión de los universitarios, 1928, Núñez, por no ser estudiante no se atreve a unirse a ellos, y como parte de las muchas contradicciones de su vida, acepta trabajar para el gobierno gomecista. Es designado Secretario de la Embajada de Venezuela en Bogotá. Luego pasa a La Habana, y poco después a Panamá. Es en La Habana, en enero de 1929, donde empieza a componer <em>Cubagua</em>. La terminará a mediados de 1930 en Panamá, en donde unos meses después en febrero de 1931, escribió su otra gran novela, <em>La galera de Tiberio</em>. <em>Cubagua</em> fue editada en París en 1931 y olímpicamente ignorada por la crítica venezolana. En 1938 se publicaría <em>La galera de Tiberio</em>, sin que siquiera se tuviera la cortesía de mencionarla. Luego de la muerte de Gómez, en la década de 1940, fue Cónsul en Baltimore por algún tiempo. </strong></p>
<p><strong>Ya entonces se había iniciado su amistad con Rómulo Betancourt y con varios intelectuales ligados a Acción Democrática. Luego de abandonar para siempre la literatura de ficción publicó una crítica biografía de Cipriano Castro (<em>El hombre de la levita gris</em>, 1943), y otra de Arístides Rojas (<em>Arístides Rojas, anticuario del Nuevo Mundo</em>, 1944). En 1947 publicó uno de los libros más bellos que se han hecho sobre Caracas: <em>La ciudad de los techos rojos</em>. En 1948 se incorporó a la Academia Nacional, en el sillón “N&#8221;. Su trabajo como Cronista de Caracas fue incesante y ejemplar. </strong></p>
<p><strong>Hacia el final de su vida se reunió con su esposa, de quien se había separado muchos años antes para vivir, solitario y un tanto taciturno, en un apartamento en La Candelaria, en el que tenía libros en todos los espacios disponibles. Al mudarse al este de Caracas, uno de los mejores arquitectos de su tiempo le hizo una bella biblioteca de dos pisos, separada de la casa. Lamentablemente su biblioteca no se conservó. Murió el 1º de octubre de 1964 en Caracas.<br />
Su tercera novela, <em>Cubagua, </em>debería haber revolucionado la novelística venezolana e hispanoamericana, pero no tuvo el más mínimo reconocimiento. La novela narra la peripecia del doctor Ramón Leiziaga, “graduado en Harvard, al servicio del Ministerio de Fomento”, que descubre algo así como los dobles de personajes contemporáneos, ubicados en el pasado remoto de Cubagua. Esa duplicidad no se limita a los nombres, sino que parecería que son las mismas personas ubicadas en dos momentos separados por el tiempo pero, a la vez, unidos por el tiempo. Es un hábil truco emparentado con el nominalismo en un juego especular: cada uno de ellos tiene el nombre del otro, pero le debe faltar en parte la realidad del otro. En la novela se funden y se confunden los planos temporales. La búsqueda y explotación de las perlas de ayer es la búsqueda y explotación del petróleo de hoy. De la antigüedad se presenta el Conde de Lampugnano, un aventurero inescrupuloso que logró para sí una concesión del Emperador para explotar las perlas de Cubagua con una máquina maravillosa, y que, luego de caer en desgracia, accedió a envenenar al conquistador Diego de Ordaz como precio de su propia libertad. También es personaje el negrero Pedro Cálice, que existió en realidad, aunque no actuó nunca en Cubagua. En la novela es, a la vez, un enfermo de lepra en pleno siglo XX y un traficante de esclavos en el siglo XVI. Está asimismo la moderna y encantadora Nina Cálice, que se desdobla en diosa pagana. Y, sobre todo, está el misterioso fraile, Fray Dionisio, que parece viajar en el tiempo, y que poéticamente es <em>un fraile que leía en su breviario alumbrándose con un cocuyo</em>, amaba a los indios y viajaba por las regiones ignotas “enseñando el Evangelio”. La novela es justamente eso, un viaje maravilloso en el tiempo, un juego de planos que se mezclan y se confunden, se hacen mitos y construyen un espacio de tiempos mezclados por la mano alquimista de Enrique Bernardo Núñez. </strong></p>
<p><strong>Ese manejo del tiempo y el espacio será lo que tiempo después logrará el milagro de que la narrativa latinoamericana se haga famosa en el mundo. Alejo Carpentier, Miguel Ángel Asturias, Arturo Uslar Pietri, estuvieron entre los primeros lectores de <em>Cubagua</em>, y entre los primeros que se dieron cuenta de que ese era el camino. Luego vendría la otra generación, la de Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, José Donoso, que usarían en plenitud los recursos que Núñez aportó casi sin darse cuenta y, sobre todo, sin beneficiarse para nada. Había abierto un camino, había transitado por él y había permitido que por él transitaran los que sí obtuvieron con él grandes ganancias. Y nadie tuvo siquiera la cortesía de agradecérselo. Siete años después de Cubagua, Núñez <em>no</em>dio a conocer su cuarta novena, <em>La galera de Tiberio</em>, que Domingo Miliani califica como <em>la más importante novela de toda su producción y una obra maestra de la literatura hispanoamericana</em>. Digo <em>no</em> dio a conocer porque por decisión del autor, toda la edición fue destruida, lanzada a las aguas del río Hudson, y apenas se salvaron unos pocos ejemplares, entre ellos uno que quedó en manos de su esposa, y que fue el que usó Miliani para editar de nuevo en Cuba el libro, a pesar de la voluntad de Núñez, que había suprimido varios pasajes que consideró ofensivos a una o dos personas de su entorno. La segunda edición, recortada, que fue la que circuló, tampoco alcanzó el más mínimo éxito. La había escrito inmediatamente después de <em>Cubagua</em>. La empezó en Panamá, en sus tiempos libres en la misión diplomática, y la terminó en Barcelona, en el Oriente venezolano. Para hacerla utilizó técnicas estrictamente cinematográficas, usó el tiempo de manera arbitraria, aplicó fórmulas del surrealismo, en fin, se adelantó como nadie a su tiempo. La novela es un <em>collage</em>, como afirma Miliani, que contiene fragmentos de obras de Andreiev, Paul Morand, etcétera, que se manejan como visiones y lecturas de un intelectual revolucionario, Xavier Silvela. Varios ejes son expuestos en forma magistral para combinar historias del tiempo del emperador Tiberio con otras del tiempo de Núñez, que hace ver que los presidentes norteamericanos actúan como verdaderos emperadores romanos. Hay personajes del mundo diplomático (que Núñez vivía en su realidad), del de los exiliados venezolanos (que le hubiera gustado vivir), así como del ambiente rebelde de los estudiantes de la Generación del 28, que tampoco pudo ser suyo. Mezcla tiempos de una manera ejemplar: así, una galera de los tiempos de Tiberio César atraviesa el Canal de Panamá y convive con buques de guerra yanquis usados para abusar de los latinoamericanos. Alice Ayres, Darío Alfonzo, y otros personajes contemporáneos tienen elementos que pueden ser calificados de mágicos. La ironía hiriente está presente, y es en parte lo que motivó a Núñez a mutilar el texto original, para evitar resentimientos de personas que podían verse retratados en figuras nada felices. Ficción y realidad se combinan, se entremezclan, tal como se hará muchos años después para conquistar un gran mercado al que Enrique Bernardo Núñez no tuvo ni siquiera oportunidad de vislumbrar de lejos, como una posibilidad, como una tierra prometida. Una tierra que merecía y le fue negada.</strong></p>
<p><strong>Fuente: www.literanova.net</strong></p>
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		<title>La Búsqueda: La resistencia a los totalitarismos</title>
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		<pubDate>Sun, 23 Jan 2011 21:39:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Círculo de Escritores</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ensayo]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa]]></category>

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		<description><![CDATA[Una lectura de la novela &#8220;La Búsqueda&#8221; de Blanca Miosi He finalizado la lectura de la novela La Búsqueda, (Roca Editorial. Barcelona. 2008) con un sentimiento de desolación. La autora es Blanca Miosi, escritora peruana residente en Caracas y Miembro Activo del Círculo de Escritores de Venezuela. He sufrido con Waldek Grodek, su inolvidable protagonista [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<blockquote><p><strong>Una lectura de la novela &#8220;La Búsqueda&#8221; de Blanca Miosi</strong></p></blockquote>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>He finalizado la lectura de la novela La  Búsqueda, (Roca Editorial. Barcelona. 2008) con un sentimiento de desolación. La autora es Blanca Miosi, escritora peruana residente en Caracas y Miembro Activo del Círculo de Escritores de Venezuela.  He sufrido con Waldek Grodek, su inolvidable protagonista el menosprecio y la crueldad, como víctima de dos de los más terribles engendros del mal, el Nazismo y el Comunismo, movimientos políticos inspirados por ideologías que buscaban la permanencia del poder totalitario y la devastación y sometimiento del ser humano. Marcado por un sino trágico, Waldek expresa su pasión por la vida mediante la capacidad que tiene para adaptarse a las situaciones trágicas y una vez superadas,  alcanzar logros desarrollando brillantes proyectos.</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>El hilo narrativo de esta obra de ficción se extiende entre dos hechos que simbolizan la violencia desmedida del Siglo XX, la invasión de Varsovia por Adolf Hitler el 1º de  septiembre de 1939 y la explosión de las torres gemelas de Nueva York el 11 de septiembre  de 1998. Ambos hechos nos enfrentan a una de las mayores desgarraduras del alma universal, al encarar la amenaza del terrorismo y del fanatismo, cuando son usados como instrumento de destrucción y de muerte. Septiembre parece ser en estas páginas, el mes  más cruel, en amplia contradicción con el poema que nombra a Abril.</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>Como transeúnte de esta centuria he recordado en esta lectura de ficción, pero apegada al acontecer histórico, el drama del hombre contemporáneo. La causa de este drama se debe sin duda a los males acarreados a los habitantes de este planeta por los  gobiernos totalitarios. La peor de todas las consecuencias es la pérdida de las cualidades  indispensables para detentar la condición de ser humano: la dignidad y la compasión junto a las restricciones a la libertad y a los derechos fundamentales del hombre.</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>Waldek adolescente es apresado por su trabajo en la resistencia contra los invasores alemanes, y llevado a un campo de concentración. En las citas siguientes se testimonia lo expuesto anteriormente. “Empezamos a comportarnos como animales desesperados   por    sobrevivir,   insensibles al dolor ajeno…” (pag.69) “Había perdido casi completamente la capacidad de tener sentimientos, esa fue la peor consecuencia de mi cautiverio. (pag.94-95).</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>En las situaciones límites, el hombre siempre encuentra la esperanza que le impide caer en la inconsciencia. Si bien, el narrador mantiene el relato de las vicisitudes que soportan quienes son llevados por su credo, su nacionalidad o su posición política a los campos de exterminio de una manera fiel  al horror padecido,  muestra también las experiencias, que por instantes, devolvían a aquellos seres despojados  de toda esperanza, la fe en sí mismos.</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>Entre los personajes que ayudaron a mantener encendida alguna luz entre tanta oscuridad está el Tío Romatowski,  un  sastre polaco que confeccionaba los uniformes de los oficiales. El animaba a los jóvenes a recibir clases al final de la jornada y repartía entre los asistentes mendrugos de pan y otros alimentos a los que tenía acceso por su trabajo. El protagonista expresa su opinión de la siguiente manera: ”El Tío Romatowski me ayudó moralmente a conservar algo de humanidad.” (pag. </strong><strong>Uno de los rasgos que me fascinaron de quien relata la historia, es su hondo conocimiento de la condición humana.  El lector encara la historia del mal, pero no hay una línea que separe  “los buenos” de  “los malos”. Existen pequeñeces, incomprensiones egoísmo y maldad en personas del entorno cercano al protagonista, amigos y familiares. Se señala también gestos de bondad y de grandeza entre los opresores, entre los causantes del dolor y de la tragedia. Es en este caleidoscopio de pasiones donde la novela toma una gran dimensión. El universo que nos muestra la escritora, es el del mundo real. El siglo donde el hombre caminaba al borde del abismo, en el claro oscuro de la vileza y de la generosidad.</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>Para quien desde temprana edad había sufrido los destrozos de la posguerra, la experiencia de los campos de concentración y una fuga del recién levantado muro de Berlín, el cual abría una incisión en Europa y en el mundo,  no podía tener otro deseo diferente al de viajar para residenciarse en un país de América del Sur. La visión que tenía este personaje de este continente era la de un “Nuevo Mundo” conformado como paraíso terrenal, con apacibles paisajes y sobre todo con la oportunidad de vivir en paz.</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>Aunque es en estas tierras donde desarrolla su potencial profesional obteniendo el éxito económico, sin embargo las traiciones, las injusticias, la depresión y la muerte lo llevaron nuevamente a vivir situaciones dolorosas.  Primero en Perú  durante el gobierno del General Odría quien repitió la formula de la izquierda radical, expropiando y limitando las libertades individuales y arrastrando al país a la miseria y al atraso. Huyendo de esta realidad Waldek Grodek se traslada a Venezuela, donde es testigo de la conmoción social del 27 de Febrero de 1993. Se inicia con Hugo Chávez una supuesta revolución socialista bajo las banderas del populismo y del resentimiento La resistencia del pueblo desembocó en los fatídicos hechos de Abril del 2002 cuando una gigantesca marcha fue sorprendida por francotiradores que sembraron el pánico y la desesperación dejando las calles bañadas en sangre.</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>Cómo una serpiente que se come su propia cola, el protagonista cierra su ciclo vital, no sin antes darnos una muestra de la indiferencia del hombre posmoderno y de la ineficacia de las Instituciones Internacionales. En memorable monólogo se duele de la fuerza que lo ha impulsado a huir. Seguidamente reflexiona sobre la vocación de su vida y rectifica. El jamás ha huido, desde los 14 años ha resistido al mal, se ha  enfrentado con valentía y coraje a las fuerzas que han desencadenado la destrucción de la felicidad.  Se hace una pregunta para la cual no hay respuesta: “¿Qué clase de gen de maldad comparten Hitler, Stalin, Bin Laden y otros muchos que han provocado y siguen provocando la desdicha de tantos millones de personas? Y lo más extraño de todo ¿por qué tanta gente los sigue?” (pag.316).</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>El retrato que hace la autora de los diversos personajes, la descripción de los espacios y el excelente uso de la narración y de los diálogos, enriquecen la estructura de la novela y le proporciona verosimilitud e interés a la historia. Atributos que mantienen viva la atención del lector. Literalmente devoré sus páginas sin poder abandonar aquel relato que me tocaban muy hondo.  Esta novela inspirada en la biografía de un hombre perseguido por los signos de uno  de  los tiempos  más feroces,  nos muestra el triunfo de la vida, del  valor de los sueños y del trabajo en oposición al odio, al poder desmedido causante del mal y de la muerte.</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>Agradezco a Carmen Cristina Wolf, presidente del Círculo de Escritores de Venezuela,  el haber puesto en mis manos tan excelente obra y reconozco en la pluma de Blanca Miosi, el oficio y la integridad de un narrador con gran potencial. Sería interesante conocer al personaje que inspiró estas páginas.</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> Lidia Salas</strong></p>
<p><strong>Poeta y crítico.</strong></p>
<p><strong>Caracas, Enero del 2011</strong></p>
<p><strong>*Lidia Salas es Magister en Literatura de la Universidad del Atlántico, Colombia. Profesora de lengua inglesa, con una vasta obra poética publicada e importantes reconocimientos. </strong></p>
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		<title>Carmen Mannarino: Era un mundo de rieles</title>
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		<pubDate>Tue, 26 Oct 2010 13:16:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Círculo de Escritores</dc:creator>
				<category><![CDATA[Narrativa]]></category>

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		<description><![CDATA[         El tiempo de la infancia se presenta asistido en mi memoria por una insinuación de rieles. Por razón de ellos vino mi abuelo desde el puerto francés de Marsella. En los trajines de puntualidad por causa de llegadas y salidas de trenes invirtió muchos años mi padre. En la vida de mi madre fueron  [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>         El tiempo de la infancia se presenta asistido en mi memoria por una insinuación de rieles. Por razón de ellos vino mi abuelo desde el puerto francés de Marsella. En los trajines de puntualidad por causa de llegadas y salidas de trenes invirtió muchos años mi padre. En la vida de mi madre fueron  obligado sitio recreacional y hasta de destino. Los rieles presidieron mis horas de expansión cuando niña. Mis pasos sobre ellos u orilleándolos siempre tuvieron sabor de aventura, de gozo o de necesidad. Después fueron nostalgia.</p>
<p>            Lustrosos al sol, ocultos en la niebla, sumergidos en los pozos dejados por las lluvias, perlados de garúas o aéreos en el viaducto, vivían esa alternancia de apariencias como variación del estatismo. Luego del ajetreo de las locomotoras parecían la estela dejada por la vida en deslizamiento, rozadura apenas con aquella otra estática y silente, soledosa, propicia para la rememoración o la melancolía más que para el estremecimiento.</p>
<p>            Los rieles eran el aguardo paciente de la agilización y el silencio en acecho de nueva algarabía. El paso de vagones con pitos estridentes, sonido de metales y penacho de humo negro evidenciaba la existencia de otros mundos, nos aguijoneaba el interés por lo desconocido. En la contemplación del paralelismo adelgazando en la distancia saboreé lo inapresable, la sensación de poseer lo  huidizo. Los rieles son mi inevitable recurrencia. Como si mi vida siempre partiera y siempre regresara a través de esas líneas adheridas a un microcosmos oculto, resguardado en el tiempo. Permanente imagen que de modo irremediable me posee y revive ataduras telúricas.</p>
<p>            Rieles. Siempre rieles.</p>
<p>[…]</p>
<p>                              PUEBLO DE RIELES Y NEBLINAS</p>
<p>            Un pueblo es apenas una casa, un solar, una cuadra, un río, una plaza o una totalidad. El ámbito raigal de cada vida. Para mí es una estación  en medio de verdores expandidos, con llegadas y partidas de trenes que a través de</p>
<p>unos rieles, perforando neblinas, insertaban en el letargo la evidencia de un mundo desconocido, incitante.</p>
<p>           Bajo las frondas y por las veredas de eucaliptos, pinos y datileras de penachos nos acostumbramos a convivir con personas de muy variados tipos, edades y lenguas. En aquel recinto natural, creado por un fundador de profundos amores vegetales, en total ignorancia de contenidos, percibíamos como familiar la sonoridad de lenguas nórdicas, germanas y eslavas. Nos parecía natural ese medio de comunicación entre ellos, como entre nosotros,   a ratos y por conveniencia, el lenguaje del cuti o el del re: cuti me – cuti bus – cuti cas – cuti ma – cuti ña – cuti na – cuti más – cuti tem – cuti tem – cuti para – cuti no. Hasta la lluvia se nos hizo hermana de tanta garúa  descendida a diario, empañando la visibilidad de los cerros contorneados de espigas luminosas y encendidos capinmelaos. Para qué paraguas, si ella siempre era inesperada y nos había habituado al humedecimiento de la ropa que luego el sol se encargaba de secar. ¡Cuántos aguaceros bajo limoneros franceses, nísperos del Japón, pomarrosos o granadillos!, hasta -a falta de mar- en el pretendido fondo del mar: honda y olorosa alfombra de residuos de pinos, nos guarecimos de los palos de agua, niños temerosos en la oscuridad provocada por el impedimento del follaje de conáceas a la entrada de los rayos de sol. Otros niños macilentos y descalzos que miraban nuestros juegos desde sus viviendas al otro lado del lindero, eran nuestros posibles salvadores. Al cese de la lluvia, de regreso a las casas, nada había sucedido; en cambio, ellos permanecían con el alambre de púas ante sus mradas.</p>
<p>            Muchas correrías por el descampado de la estación en busca de viejitas. De pronto, la alegría y el miedo confundidos en gritos anunciaban hallazgo.</p>
<p>Habría entonces trofeo para exhibir ante los desconocidos del andén y los curiosos de las cuadras vecinas. En deseos de más riesgos, la audacia conducía al viaducto, imaginando y hasta oyendo voces  que anunciaban la súbita cercanía de una locomotora. Los burlados guardias, ocultos en neblinas,</p>
<p>estimulaban el aprendizaje de una serenidad  aparencial, luego del terror perseguido.</p>
<p>La agudeza del pito anunciador del tren que raudo deslizaba a nuestro lado, interrumpía el encantamiento de juegos a príncipes y reinas en aéreas raíces de árboles centenarios. Cuando la humareda nos envolvía ya no veíamos más brujas encima de las copas, ni sentíamos los pliegues de tules y terciopelos sobre armadores, ni los polisones, los cuellos erectos, las coronas, los encajes ni los rizos. Los remolinos de humo germinaban en otra ensoñación más etérea y difusa: ansias de vuelo, ímpetu de ascenso.   </p>
<p>Al bajar la mirada, lánguidos rostros de tuberculosos, con fe en el milagro del carbón, aspiraban el pretendido humo sanador. Eran los mismos que en romería se iban también al matadero a ingerir sangre de res recién ultimada, y los que en cuartos con ventanas hacia la calle, cubiertas por blancas cortinas de visillos, permanecían en sus camas, meditabundos, aguardando la curación o la muerte, imprecisos como el tiempo de espera, y mientras languideces y ensimismamientos iban colmando sus paciencias.          Cada enfermo era personaje de una historia de vida trunca, de posibilidades cercenadas. Parece que historias semejantes a la de la dama de las camelias, con variantes sociales, se sucedieron en el pueblo; y otros muchos amores inconclusos, por causa de la tuberculosis, derivaron en resignados celibatos y viudeces sin consuelo.</p>
<p>            Muchas familias llegadas de todas partes a ese Leyzing venezolano continuaban en el pueblo después de muerto el familiar enfermo, ya habituadas a aquel entorno de vegetación, de rieles y de brumas. Gentes con destinos semejantes advertían la posibilidad de una digna existencia con escasos recursos. Desde entonces y para siempre, montañas y neblinas se anteponían a lejanas transparencias.</p>
<p>            […]</p>
<p>                                                   TREN DEL ENCANTO</p>
<p>            Los domingos estiraban el tiempo del fastidio. El día, liviano de atareos, extendía el silencio por el  pueblo. La inercia colectiva pesaba, porque las distracciones eran reserva familiar.  Las voces masculinas aglomeraban sus murmullos en sitios distanciados y fijos, donde grupos afines compartían alguna diversión de tiempo libre en galleras, bares y clubes. Un objeto rodante alteraba el silencio con su ruido metálico y de viento. El silbato anunciaba la cercanía de un cargamento de alegría bulliciosa. Verlo siquiera, aunque no se abordara, era como el desquite de la pautada inercia, de ese descanso semanal ayuno de emociones. El chirrido de raíles se hacía imperceptible  bajo la algarabía de gente ilusionada con un día vegetal decorado por cascadas. Las manos aleteantes eran aves ocultas en círculos de humo. La bandada se nos iba acercando y descendía completando figuras dispuestas al saludo, al baile, a consumir bebidas contra el frío, previos a la esperada estancia con más densas neblinas. Las novias, habitantes del pueblo o llegadas días antes para un temperamento, acudían a esperar a  sus enamorados que viajaban a verlas los domingos. Años atrás, iban ataviados con pajilla o camarita, distintivos de sociedad que adornaban el sencillo ambiente pueblerino.</p>
<p>            En el andén se producía una fiesta improvisada antes que los viajeros se internaran en espesos verdores, túneles y viaductos. En el trayecto se encendía la mirada con la múltiple llama de bucares en flor. Eucaliptus y pinos  prodigaban los aires de pureza que sólo aquel Halcón contaminaba. Árboles centenar0ios expandían sus ramajes hasta hacerlos techumbres, reunidos en parajes para el feliz descubrimiento estaban los helechos, musgosos escalones conducían hacia un encantamiento de pozos y cascadas o a quioscos donde se compartía el bastimento.</p>
<p>De tanto encuentro y atrevimiento a cortar con audacia el susurro de las hojas y la canción de pájaros del frío, ya la locomotora era una hermana. Ir y venir era la obligación de la esperanza, porque después de un día en El</p>
<p>Encanto el deseo de volver surgía renovado.  Gratuita recreación en permanente oferta cuando viajar era privilegio de ricos. Nuestro campo de cerros, garúas y neblinas, tan cercano a Caracas, con un tren incansable,  convocaba  por medio de los rieles para sentir a Dos en sus creaciones y era marco de paz a los afectos.</p>
<p>            Por la tarde, cuando el último tren cumplía su regreso, se reanudaba en el andén la fiesta. Todo eso se acabó. Quienes un día asaltaron el tren como tributo a una violencia estéril hizo inolvidable la masacre y el poder miró corto: hizo tapiar los rieles. El viaducto quedó como mudo testigo de la vía clausurada. Feneció la estación y sus verdores y el andén sólo existe en el recuerdo. El tren, después de reconstruido, tuvo que recortar su itinerario, aunque mantiene, en su humilde presencia, el eco de infinidad de voces de existencias concluidas, de imposibles regresos.        </p>
<p>[…]</p>
<p>.                                    Y SIEMPRE LA ESTACIÓN</p>
<p>            Los rieles se quedaron en el pueblo. Yo partí. Igual mis compañeros. Por años escapé a su enmarcamiento. Variados incentivos me atraían como delta en oferta de rutas tentadoras, por igual absorbentes.</p>
<p>            Con los rieles nació en mí un ansia de viajar, de desplazarme, una sed de horizontes, aquel deseo de transponer la niebla y abordar los vagones hacia las lejanías donde iban los rieles trazados por mi abuelo.</p>
<p>            Mi regreso a la estación de ferrocarril, inexistente ahora, persiste sólo en vaguedad de nieblas. La evolución de una vida transformada por el aventamiento y la estancia en otros mundos, asomados antes a través de los trenes, y en otros paraderos sin rieles y sin brumas, impelida por recuerdos vuelve insistentemente a su lugar de origen. Reiteración de andén, de paralelas líneas aceradas, de aleros y locomotoras que inevitablemente nos hablaron con pitos, penachos de humo negro, chirriar acompasado de metales, de la certeza y de la tentación por lo desconocido.</p>
<p> (De: <em>Era un mundo de rieles</em>. Los Teques: Biblioteca de Autores y Temas Mirandinos, 1984)  </p>
<p><strong>Carmen Mandarino, </strong>venezolana<strong>, </strong>nació en Los Teques, estado Miranda. Licenciada en Letras de la Universidad Central de Venezuela y Magíster en Literatura Latinoamericana de la Universidad “Simón Bolívar”. Ha ejercido la docencia durante más de tres décadas en Educación Secundaria y Superior (tercero y cuarto nivel). Hasta hace poco fue Catedrática Titular en el Instituto Universitario de Teatro (I.U.D.E.T.).  Como Investigadora de Literatura Venezolana  ha trabajado en el Centro de Investigaciones Literarias “Rómulo Gallegos”, actual Fundación C.E.L.A.R.G., en el Instituto Universitario de Teatro (I.U.D.E.T., actualmente adscrito a la Universidad de las Artes), por contrato con otras instituciones y regularmente a título personal. Tiene obra publicada de investigación, ensayo, crónica y ficción. Entre otros títulos:  <em>Era un mundo de rieles </em>(Biblioteca de Autores y Temas Mirandinos, 1981);  <em>Obra. </em>Tomo I: <em>Poesía y T</em>omo II: <em>Prosa </em>de Enriqueta Arvelo Larriva (Barinas: Fundación Cultural Barinas, 1985);  <em>De propios y de extraños </em>(Academia Nacional de la Historia,1986);  <em>Orlando Araujo: violencia, nostalgia y bohemia </em>(Universidad de<em> </em>los Andes, 1995) Mención de Honor en Investigación Literaria del Premio Municipal del Distrito Federal 1996;  <em>Dramaturgia de búsquedas, experimentación y crecimiento: 1950-1969</em> (C.O.N.A.C./ I.T.I. UNESCO);  <em>Lucila Palacios </em>(Caracas, Colección Biográfica del diario <em>El Nacional, Nº 61</em>, 1996). También es autora de una serie de biografías de venezolanos del siglo XX, destinadas a jóvenes lectores, que publica Ediciones Niebla, una editorial alternativa que creó y dirige en aprovechamiento de su experiencia en el campo de la literatura infantil y juvenil y la promoción de la lectura. Es colaboradora de prensa y de revistas especializadas y suele dictar conferencias,  participar en foros y coordinar talleres de literatura. Actualmente es integrante del Consejo Consultivo del Círculo de Escritores de Venezuela.</p>
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		<title>Sobre la novela El desván de lo oculto, de Álvaro Pérez Capiello</title>
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		<pubDate>Fri, 22 Oct 2010 11:55:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Círculo de Escritores</dc:creator>
				<category><![CDATA[Narrativa]]></category>

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		<description><![CDATA[El desván de lo oculto Ayer terminé de leer la novela El desván de lo oculto, del venezolano Álvaro Pérez Capiello. Una extraña sensación quedó entre mis dedos que no conformes con haber estado durante varios días frotando sus páginas volvieron al inicio para repasar brevemente algunos párrafos subrayados. Un joven contador, víctima de unos [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><!-- 		@page { margin: 2cm } 		P { margin-bottom: 0.21cm } --><span style="font-size: medium;"><em>El desván de lo oculto</em></span></p>
<p><span style="font-size: medium;">Ayer terminé de leer la novela </span><span style="font-size: medium;"><em>El desván de lo oculto</em></span><span style="font-size: medium;">, del venezolano Álvaro Pérez Capiello. Una extraña sensación quedó entre mis dedos que no conformes con haber estado durante varios días frotando sus páginas volvieron al inicio para repasar brevemente algunos párrafos subrayados. Un joven contador, víctima de unos extraños sueños, descubre con cierta emoción que tal vez la solución a sus graves conflictos existenciales puede surgir de la interpretación de esos sueños, de los mensajes que, vislumbra, tratan de comunicarle. Nos encontramos con un personaje reflexivo, analítico, algo le inquieta, no está contento, ansía respuestas; su sólida educación lo lleva a no conformarse, a buscar, a cuestionarse a sí mismo a través de profundos monólogos, cantos de buena literatura, que develan su sensibilidad, el vacío que le llena, la manera profunda y analítica de ver todo lo que le rodea y, lo más significativo, el agudo poeta que subyace detrás de toda esa personalidad confusa y melancólica. </span></p>
<p><span style="font-size: medium;">Cuando su abuela, ya fallecida, se le aparece una noche en medio de un sueño profundo, él se resiste: “Al principio traté de aferrarme a la almohada de plumas, era un intento frustrado de contener la realidad, luego comprendí que debía marcharme, fundirme con la brisa y contemplar mi rostro desde lo Alto como lo hacen los ángeles”. Del cuello de Mamá Luisa pende un medallón que marca el inicio del misterio, el inicio también de las respuestas que persigue el atribulado personaje: “Era una figura compuesta por dos troncos cruzados en ángulos agudos y obtusos formando un aspa… un objeto antiguo y sumamente preciado. Ella tomó el medallón y lo colgó de mi cuello sin decir nada”. Aquella aparición y el hechizo que le inspiraba aquel objeto ya inexistente en la realidad pero grabado en su cabeza con maravillosa exactitud, enfrenta al contador consigo mismo un cotidiano día de trabajo: “Diez años pueden transcurrir sin escándalos en una oficina ajena a los ruidos de la ciudad, a las voces que se recuestan de los bancos de piedra en las esquinas, diez años con el mismo traje y los mismos zapatos, con el llavero de cuero y la corbata a rayas, diez años que buscan asombrarse con los remiendos del pantalón y las mangas arrugadas de las camisas, diez años y ninguna historia digna de ser recordada”. Los cambios no se harían esperar: “Hoy, sin embargo, la oficina luce diferente, hoy otro hombre se sienta a mirar las decoloradas matas de plástico y el viejo gabinete de madera que atesora con celo una cafetera eléctrica y dos paquetes de vasos desechables… Hasta la triste labor de rellenar planillas puede manifestarse como la más excitante de las actividades humanas si tras de ella gravita una idea”. </span></p>
<p><span style="font-size: medium;">Su querida Mamá Luisa, la que “sostiene mi brazo por las noches cuando el silencio se levanta”, esta vez le traía un regalo, un medallón con la cruz de San Andrés, un enigma que le llevará meses de largas y agotadoras jornadas de investigación histórica en las que se las verá con temas tan diversos como las Cruzadas, los Templarios, el misterio de la reencarnación… La narrativa de Pérez Capiello nos hala de la mano con firme suavidad hacía Borgoña y nos pasea por “la historia de Francia hasta el advenimiento al trono de la casa de Valois” con la maestría de un historiador experimentado. Finalmente, un viaje que nos transporta al París de hace siglos, única ciudad y tiempo donde encontrará respuestas a las inquietudes que lo atormentan, develará con sorpresiva originalidad un desenlace por demás inesperado. </span></p>
<p><span style="font-size: medium;">Heberto Gamero Contín</span></p>
<p><span style="font-size: medium;">17-10-2010 </span></p>
<p><span style="font-size: medium;">Alvaro Pérez Capiello, novelista venezolano. Ha escrito Guardatinajas, Laberinto de ilusiones, El bar de Luso, Entre la verdad y el engaño (Cuentos). Es biógrafo y ensayista<br />
</span></p>
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		<title>Atanasio Alegre: Un obispo sin mitra</title>
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		<pubDate>Fri, 28 May 2010 15:42:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Círculo de Escritores</dc:creator>
				<category><![CDATA[Narrativa]]></category>

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		<description><![CDATA[UN OBISPO SIN MITRA  Por Atanasio Alegre    Para que no se olviden de uno hay que dejar, antes de disolverse en la eternidad, una escuela y un pozo, decía Antón Chejov, quien no sólo dejó escuelas y bibliotecas, como la se Sajalin y el pozo de su finca familiar en Melinjovo, sino un universo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>UN OBISPO SIN MITRA</strong></p>
<p><strong> </strong><strong>Por Atanasio Alegre</strong></p>
<div id="attachment_272" class="wp-caption aligncenter" style="width: 171px"><a href="http://www.circulodescritoresvenezuela.org/wp-content/uploads/2010/05/Atanasio_Alegre.jpg"><img class="size-full wp-image-272" title="Atanasio_Alegre" src="http://www.circulodescritoresvenezuela.org/wp-content/uploads/2010/05/Atanasio_Alegre.jpg" alt="" width="161" height="198" /></a><p class="wp-caption-text">Atanasio Alegre</p></div>
<p> </p>
<p><strong> </strong>Para que no se olviden de uno hay que dejar, antes de disolverse en la eternidad, una escuela y un pozo, decía Antón Chejov, quien no sólo dejó escuelas y bibliotecas, como la se Sajalin y el pozo de su finca familiar en Melinjovo, sino un universo literario que por su estilo y el cultivo de una metafísica terrenal sin cruces ni resurrecciones abrió las puertas de la narrativa del siglo XX. Lo de la escuela debió decirlo por la sencilla razón de que se encontró allí con un pope que alternaba las enseñanzas religiosas con la lectura de Goethe, Shakespeare y Puschin, una influencia que lo vinculó a la literatura de por vida. Ya en Moscú y cursante de la carrera de medicina, comenzó a escribir artículos y sátiras durante el tiempo libre. Se creía entonces erróneamente que la sensibilidad literaria de este joven escritor frente a todo lo que significara dolor, indiferencia y soledad se debía a la tuberculosis de que era víctima. La desmitificación de los lugares más queridos, la muerte del alma por una sobredosis de sentimentalismo, el alejamiento de los más cercanos y de uno mismo, la fragmentación del saber y de los sentimientos constituyen el universo literario de Chejov. Su tarea fue la de mostrar la indefensión ante la desgracia, frente a las perversiones del poder, ante la violencia estructurada, tanto en su teatro como en sus relatos. Ya había dicho que la medicina era su esposa legal, pero la amante fresca, inagotable, sentimental y exuberante era la literatura. Y dentro de la literatura, volvería a repetir el símil: la narración es la esposa y la amante, el teatro.</p>
<p>En 1889 murió su hermano Nicolás el ilustrador de sus cuentos. Emprendió entonces un extraño viaje a Sajalin, un lugar donde se almacenaba toda aquella mercancía humana que, social o políticamente, no encajaba en la Rusia de los zares. Trajo de allí diez mil fichas con las que compuso una de las más grandes crónicas de época alguna. Las fotos de aquel tiempo nos ofrecen la imagen de un hombre delgado, elegante, de barba abacial. Viendo aquella foto dijo Samuel Beckett: Nunca hubo una sonrisa igual. Era la de la bondad de esta especie de obispo sin mitra, como lo definió Sean</p>
<p>   O Casey, en su misión de denunciar ante el poder la miseria de todo un pueblo. Cuando Lenin leyó <em>El paciente del cuarto numero 6</em>, confesó sentirse tan extrañamente conmovido que llegó a creer que era él mismo el enfermo de aquel cuarto. Chejov murió en 1904. Poco antes de expirar, pidió una copa de champagne, la bebió lentamente, inclinó luego la cabeza sobre el lado izquierdo y falleció. Ciento cincuenta años han transcurrido desde que naciera en Taganrog, en 1860, este maestro de la narrativa.-</p>
<p><em>Muchísimas gracias al novelista, investigador y traductor Atanasio Alegre, por haber enviado este texto inédito para nuestra Revista. Los Editores</em>.</p>
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		<title>Despertar</title>
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		<pubDate>Sun, 21 Jun 2009 14:55:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Círculo de Escritores</dc:creator>
				<category><![CDATA[Narrativa]]></category>

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		<description><![CDATA[ALMA MATER Por Alejo Urdaneta DESPERTAR Ha estado en coma por varios días. La trajeron a este lugar aséptico del Hospital Universitario, porque aquí cuenta con la atención médica apropiada, sin riesgos. Una complicación pulmonar que le impide respirar, y por eso la conectaron al tubo respirador. Ella no se opuso y, por el contrario, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em><strong>ALMA MATER</strong></em></p>
<p>Por Alejo Urdaneta</p>
<p><strong><em>DESPERTAR</em></strong></p>
<p>Ha estado en coma por varios días. La trajeron a este lugar aséptico del Hospital Universitario, porque aquí cuenta con la atención médica apropiada, sin riesgos. Una complicación pulmonar que le impide respirar, y por eso la conectaron al tubo respirador. Ella no se opuso y, por el contrario, dio a los médicos esta solución que hemos consultado.</p>
<p>Nadie dice una palabra de la enfermedad de Cora ni de la sanación pedida a santos y doctores. Hay que esperar, es la única frase que se escucha en la puerta de la gran sala blanca. Y es tan joven para cargar con esto. Todos aguardan el momento de su despertar, sorprendida en la ruptura del sueño, y mientras tanto salen a ver las noticias de la televisión con la violencia cada vez más creciente: Cora en la Universidad en una toma del camarógrafo, delante de un grupo de sus compañeros de la facultad de Medicina, a los que arenga con decisión y claridad, en defensa de la autonomía universitaria y la libertad del pensamiento que el gobierno pretende cercenar. Allá detrás del parapeto improvisado para Cora se ve el humo de los gases y puede percibirse el miedo. Fue allí la caída de Cora a causa de un golpe de perdigón en el pecho. La protesta es justificada, dicen los parientes y amigos de Cora que pueden verla con autorización del responsable de la sala. Cora en la cama clínica, llena de tubos y pausas en la respiración, todo equilibrado para que el corazón funcione bien.</p>
<p>El sueño es controlado con sedantes, pero aun así hay momentos en los que Cora parece despertar, se mueve inquieta y ha abierto los ojos. Buen síntoma de mejoría, dice la madre a su lado en este momento de visitas, y aprovecha este despertar para hablarle a Cora al oído, quedamente, y le dice que la ama y que Dios la sacará de este dolor que es el dolor de todos, dalo por seguro hija mía. Y el tiempo pasa y Cora flaca y pálida, inconsciente y con un tubo en la boca y la respiración en ritmo calmado, repetido sin saltos. La respuesta de los médicos es siempre la misma: &#8220;todo sigue estable&#8221;.</p>
<p>Afuera continúa el ruido de los disparos, lo ven en las noticias de la sala de visitantes, separados de Cora por una puerta que impide el paso a quienes no sean médicos o auxiliares. Gente corriendo por las avenidas sombreadas de árboles de la universidad. Pueden verse los murales de Vasarely en la plaza central, y un vitral de Léger en la limpia construcción de la Biblioteca. Las cámaras de cine van presurosas detrás de las imágenes del polvo y la violencia, hasta el colorido fresco de Alejandro Otero en las paredes del patio cubierto, antesala del Aula Magna. El documento fílmico muestra a la Universidad &#8211; Alma Mater &#8211; en su serena luz de conocimiento y humanismo, y denuncia también la violencia que nace del odio y del dominio del poder por encima del cosmos: orden y armonía del espíritu.</p>
<p>Nadie sabe si esa bruma que aprecian en el movimiento es la nube tardía del verano seco, o es la explosión de las armas sobre estudiantes y todo aquel que pase cerca. Los policías están armados de odio cuando apuntan al joven que se oculta detrás de un árbol, y gritan y maldicen y avanzan sin pausa hacia un lugar cualquiera. No tienen plan de ataque, sólo la orden de atacar.</p>
<p>La hora de visitas ha terminado y la madre cuenta que ha visto reaccionar a Cora de su inmovilidad e inconsciencia. Sube el tono de la voz porque los disparos de la televisión llegan a la puerta de la sala, o así lo percibe ella.</p>
<p>Se pondrá bien.</p>
<p>También algunos médicos confirman que Cora parece haber tenido un despertar de la consciencia, ya en varias ocasiones. Pero no dura mucho y vuelve al sueño y a la respiración pautada y sin alteraciones. Entre ellos tratan del estado de salud de la paciente y se dicen que son reacciones físicas involuntarias y que en ningún momento ha recuperado la consciencia. Lo dicen a los parientes cercanos de Cora, no a la madre.</p>
<p>Habían disminuido los ataques policiales a la hora del mediodía. Los cuerpos caídos aumentaban la tragedia y continuaba la arremetida a pedradas de los estudiantes y muchas personas que acudían en su apoyo. Todo parecía apaciguarse salvo la angustia de Cora moviendo el brazo, abriendo los ojos como queriendo decir algo.</p>
<p>En el atardecer de ese día de convulsión y dolor, está la joven estudiante en la sala de cuidados intensivos, despegada del caos en la ciudad universitaria. Se ha movido y sus ojos han buscado la luz de la lámpara como única orientación. No escucha las noticias que transmiten los medios audiovisuales, y no sabe qué le ocurrió ni lo que sucede en la universidad, cerca de ella, de su Hospital Universitario donde ha aprendido mucho del ser humano.</p>
<p>Y es ya noche cuando Cora se sienta en el borde la cama y se quita las sábanas. Hace el intento de levantarse pero está débil y no sabe cuál es el lugar de su blanca prisión, durante días en los que no tuvo conocimiento de nada ni a nadie reconocía. Los enfermeros guardianes la ven con sorpresa y alarma y siguen sus movimientos: el rostro ha tomado color, los ojos ahora pueden ver y miran hacia el techo iluminado, como bajo el efecto de una alucinación, ya limpios del velo que los cubrió por tanto tiempo. Se acercan más los enfermeros, atentos a la joven mujer que no debe hacer ningún esfuerzo; pero ella se quita bruscamente el aparato que la auxilia para respirar, y en su boca de juvenil belleza aparece una sonrisa de triunfo y alegría. Casi no puede hablar, ella lo sabe ahora, pero se escucha su voz grave y profunda, como una oración pronunciada con recogimiento en el templo, y dice que la violencia cesó y que el rector de la universidad ha declarado la terminación del conflicto. Esas pocas palabras, pausadas y claras. Los enfermeros callan pero no comprenden.</p>
<p>El orden se ha impuesto y todos regresan y abandonan el campo de batalla, donde algunos han muerto y quedan otros heridos, todo regado de pólvora y balas y piedras y ruina; de sangre y de llanto.</p>
<p>Cora está sola.</p>
<p>Una sensación de sosiego llega a Cora en su espíritu confuso. La invade una exigua y serena paz que no le basta, y por eso la seguirá conquistando cuando salga del Hospital Universitario.</p>
<p>Caracas, 18 de junio de 2009</p>
<p>El Autor es Abogado narrador y ensayista venezolano. Miembro del Consejo Consultivo del Círculo de Escritores de Venezuela</p>
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		<title>Heberto Gamero: Solitario</title>
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		<pubDate>Tue, 12 May 2009 22:14:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Círculo de Escritores</dc:creator>
				<category><![CDATA[Narrativa]]></category>

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		<description><![CDATA[Solitario Apenas había salido el sol. El hombre iba cabizbajo, caminando y hablando por la orilla de la playa. El olor de las algas marinas predominaba sobre el del mar y las gaviotas danzaban muy cerca de él. Sus pies descalzos dejaban sus huellas solas que la próxima ola se encargaría de borrar, y la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Solitario</strong></p>
<p>Apenas había salido el sol. El hombre iba cabizbajo, caminando y hablando por la orilla de la playa. El olor de las algas marinas predominaba sobre el del mar y las gaviotas danzaban muy cerca de él. Sus pies descalzos dejaban sus huellas solas que la próxima ola se encargaría de borrar, y la próxima, y la próxima, huella tras huella, sólo eso se borraría de su corazón. Tenía cerca de sesenta, el pelo rayado de canas y la piel tostada por el sol.</p>
<p>La posición de su mano parecía tener tomada a la de alguien. De vez en cuando reía y volteaba hacia un lado, como si realmente ella lo estuviese escuchando y compartiera con él cualquiera de esas conversaciones tan peculiares que solían sostener.</p>
<p>Hoy caminaremos hasta las rocas &#8212;dijo él.</p>
<p>Sí, vamos, me encanta ver cómo el agua choca contra las piedras y luego se retira como si nada.</p>
<p>Si, es irrespetuosa, la golpea, la provoca, la reta, se va y luego vuelve con la misma fuerza a hacerlo de nuevo, sin temor alguno &#8212;dijo él. Así es. Y la piedra resiste estoicamente sus embates. Los resiste, pero el mar sabe que un día la vencerá y la hará polvo &#8212;dijo él.</p>
<p>Y…, ¿ella lo sabrá? ¿Sabrá que algún día el mar la destruirá?</p>
<p>Sí, debe saberlo &#8212;dijo él.</p>
<p>Entonces, ¿por qué lucha?</p>
<p>Es su naturaleza, mientras no se pulverice, tiene expectativas &#8212;dijo él.</p>
<p>¿Expectativas? Sí, expectativas &#8212;dijo él. Expectativas, ¿de qué? No sé, de seguir existiendo, me imagino &#8212;dijo él.</p>
<p>Es lo razonable. No olvides lo que has dicho &#8212;él sintió cómo ella chapoteaba los pies en el agua y la espuma se le desvanecía entre los dedos.</p>
<p>Qué hermoso amanecer.</p>
<p>Muy bello &#8212;dijo él. Las nubes huyeron. Quizá estén desayunando &#8212;dijo él, sonriendo. Es posible.</p>
<p>Y…, ¿qué estarán comiendo? &#8212;dijo él. A ver, a ver, ¿qué tal cereal de cactus con aire del desierto?</p>
<p>¡Hum, qué rico! &#8212;dijo él. Con bastante miel.</p>
<p>Si, con mucha miel &#8212;dijo él.</p>
<p>¿Y de tomar? ¿De tomar ?… No sé, pueden estar tomando jugo de sueños marinos &#8212;dijo él. Sin azúcar.</p>
<p>Sin azúcar, claro, para que no se pongan gordas y luego nos manden un diluvio de esos que nos quitan el sol por varios días &#8212;dijo él.</p>
<p>Entonces, sin azúcar. Hablas de las piedras como si pensaran &#8212;dijo él.</p>
<p>¿Quién dice que no? Bueno, obviamente no tienen cerebro para hacerlo &#8212;dijo él. Pero, tienen vida, ¿no? De alguna forma nacen, crecen, se desarrollan y mueren. El principio de la vida, ¿no es así? Sí &#8212;dijo él, pensativo.</p>
<p>Entonces, ¿ quién dice que en aquella maraña de átomos duros no se desarrollan algunas conexiones que hagan las veces de cerebro humano y den lugar a sensaciones como el amor, el miedo y tantas cosas más que nos afectan? No me imagino a una piedra llorando &#8212;dijo él. No como nosotros, claro, pero quizá tengan su propia forma de hacerlo, y nosotros, habitantes de este mundo, amos y señores de todo lo que nos rodea y también de lo que no entendemos, descartamos de plano cualquier otra forma de existencia, simplemente porque no concuerda con lo que llamamos lógica.</p>
<p>En conclusión, lo que quieres decir es que todo es posible &#8212;dijo él.</p>
<p>Eso creo. Ya estamos cerca de las rocas &#8212;dijo él. Sí, ya se escucha el ruido profundo de las piedras abatidas por el mar.</p>
<p>Suena doloroso, triste. Si los elementos o las cosas pudiesen sentir, ¿quien sufrirá más, el agua o la piedra? &#8212;dijo él</p>
<p>Ahora que lo preguntas, no sé. Me imagino que la piedra, que es la que recibe la embestida de las olas.</p>
<p>Parece lógico &#8212;dijo él. Pero, ¿y si lo vemos de otra forma, una más alegre, más positiva? Podemos hacerlo, podemos elegir cómo ver las cosas, ¿no crees? ¿Cuál? &#8212;dijo él. Qué pasaría si esa es la manera en que el mar demuestra su afecto hacia la roca y ese constante golpetear es su forma de abrazarla y de decirle que la ama.</p>
<p>Puede ser &#8212;dijo él. Y que además la roca recibe ese impacto no como algo que duele y que eventualmente la destruirá, sino como ese gesto de amor que sí, que terminará pulverizándola, pero con la intención de que un día la llevará a fundirse en una sola con su amada. Sí, prefiero pensar eso &#8212;dijo él.</p>
<p>Qué maravilla, viéndolo así ya no se sufre por la roca.</p>
<p>¿Y por el mar? &#8212;dijo él. Tampoco por el mar.</p>
<p>Mejor &#8212;dijo él. Sí, Mucho mejor, ya no hay dolor. Ya no hay lucha.</p>
<p>No, tampoco lucha &#8212;dijo él. Sólo una manera de amarse. Así es &#8212;dijo él. ¿Qué cambió, el mar o la roca? Sabes que ninguno de ellos &#8212;dijo él. ¿Qué, entonces? Quiero oírlo.</p>
<p>Nosotros cambiamos. Simplemente, ahora lo vemos diferente &#8212;dijo él. Sí…, de eso depende todo. Así parece, aunque no es tarea fácil &#8212;dijo él.</p>
<p>Pudimos habernos retirado antes de nuestra vida ajetreada en la ciudad, de los compromisos, del humo, de las cornetas y de tantas cosas que sin darnos cuenta nos agobiaban, nos desgastaban y nos impedían vivir de verdad y disfrutar de este sol, de esta brisa, de este mar, desde mucho antes. Qué tarde lo descubrimos.</p>
<p>Es cierto, apenas un año duró lo que pensábamos sería el resto de nuestras vidas. Muy poco. Fue el mejor de todos los que pasamos juntos. Pero, ¡oh Dios, fue tan corto! Lo lamento tanto. Lamento no haber apreciado lo valioso de aquellos momentos, que por alguna estupidez humana pensé que serían eternos y que no merecían la importancia de lo escaso, de lo que no abunda. En aquellos días que te tenía a ti, que lo tenía todo, no pensé… no pensé… te extraño tanto &#8212;dijo él.</p>
<p>También yo&#8230; Sentémonos un rato.</p>
<p>El sonido es imponente, se siente en el pecho. El mar se mete con fuerza debajo del peñasco y lo hace gritar de dolor &#8212;dijo él.</p>
<p>Quedamos en verlo como de alegría. Sí, lo siento, de alegría. Ya no sé, de verdad quisiera pensar eso, quisiera pensar que las piedras sienten, que el mar ama, que todo lo que duele uno puede cambiarlo sólo modificando el punto de vista…</p>
<p>Se está tan bien aquí… No quisiera hablar de ello, pero dime, dime por qué… &#8212;dijo él. No lo sé, yo también quisiera saberlo.</p>
<p>Todo fue tan rápido, tan fugaz… &#8212;dijo él. Sí, teníamos tantas conchas que lanzar al mar, tantas gaviotas que ver danzando sobre nuestras cabezas, tanta arena por pisar con nuestros pies descalzos, tanta agua fría que sentir, tanto sol naranja que ver… Pero l a gente enferma y muere&#8230; De eso se trata la vida. Pero&#8230; &#8212;dijo él. Pero…, no hay nada que hacer, lamentablemente. Debes aceptarlo, yo no podía ser la excepción de los mortales, aunque de verdad lo intenté; como esa piedra se resiste al mar, así lo intenté. No puedo aceptarlo, es algo más fuerte que yo &#8212;dijo él.</p>
<p>Tienes que hacerlo. A ti te toca vivir los años que yo no pude, no los desperdicies. ¿Cuál?</p>
<p>¿Bajo qué punto de vista se puede borrar este dolor? &#8212;dijo él.</p>
<p>Piensa en que todo esto es un experimento del cual somos parte. Piensa que el tiempo pasa muy rápido y que muy pronto nos encontraremos en otro sitio. Piensa que como la piedra y el mar en algún momento nos fundiremos en uno sólo y para siempre. Quiero que me lo prometas, quiero que dejes de hacer estas caminatas día a día y soñar que hablas conmigo, que todavía existo y que nada ha cambiado.</p>
<p>Pero … &#8212;dijo él, con sus ojos flotando en el agua que veía. Promételo. … Al día siguiente, al salir el sol.</p>
<p>Hoy caminaremos hasta las rocas&#8230; &#8212;dijo él. Sí, vamos&#8230;</p>
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		<title>Rinoceritis, por Atanasio Alegre</title>
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		<pubDate>Fri, 01 May 2009 12:27:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Círculo de Escritores</dc:creator>
				<category><![CDATA[Narrativa]]></category>

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		<description><![CDATA[Por Atanasio Alegre Cuando la mujer entró en el bar diciendo que un rinoceronte había aplastado al gato que llevaba en los brazos, uno de los parroquianos de nombre Botard, militante de izquierda, dijo que no existían tales paquidermos en el poblado y que eso correspondía a una conspiración inventada por &#8220;cierta&#8221; prensa&#8221;. Su compañero [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por <strong>Atanasio Alegre</strong></p>
<p>Cuando la mujer entró en el bar diciendo que un rinoceronte había aplastado al gato que llevaba en los brazos, uno de los parroquianos de nombre Botard, militante de izquierda, dijo que no existían tales paquidermos en el poblado y que eso correspondía a una conspiración inventada por &#8220;cierta&#8221; prensa&#8221;. Su compañero de oficina, un hombre diplomado, no negó la evidencia, pero alegó que en ninguna parte los rinocerontes son tan numerosos como para alarmarse ni resultan tan peligrosos, lo que hace falta es no cruzarse en su camino.</p>
<p>(El lector se habrá dado cuenta que estoy glosando la obra <em>Rinoceronte</em> de Ionesco, uno de los maestros del absurdo).</p>
<p>Que se hubieran visto dos rinocerontes, uno de un cuerno y otro de dos &#8212;lo que obligó al profesor de lógica a concluir que se traba de dos ejemplares distintos, uno de raza africana y el otro asiática&#8212; fue parte del tema que se comentó un domingo a eso del mediodía en el bar de la plaza de la iglesia.</p>
<p>Pero la sorpresa de lo evidente, como si se tratara de una lista de presencia, la experimentó un tal Berenguer cuando la secretaria Daisy le comunicó, días después, que el ruido y los aullidos que llegaban sin sordina hasta el cuarto donde discutían provenían de una manada de rinocerontes. &#8220;El del sombrerito de paja ladeado sobre unos de los cuernos, es el lógico&#8221;, dijo entonces Daisy, el profesor que habló el domingo de rinocerontes africanos y asiáticos. Por lo visto él mismo ha sido victima, de la rinoceritis a la que eufemísticamente llaman ahora la transformación.</p>
<p>Más tarde, a esa hora de las discusiones entre amantes, de si yo te quiero por encima de todo y ella, que eso ya lo había dicho, y él que no le gustaba lo que estaba oyendo, y como volviera a dejarse sentir el ruido de los paquidermos, Daisy se lanzó despechada escaleras abajo para incorporarse a la manada. Y no hubo manera de que Berenguer, el amante impidiera la transformación de la muchacha. ¡Pobre chiquilla abandonada en este universo de monstruos!</p>
<p>&#8220;Lo que pasa es que a mí no me brotaron cuernos ni se me volvió rugosa la piel y de color verde oscuro… y a lo mejor son ellos los que tienen razón&#8221;.</p>
<p>Y de esta forma, por una razón o por otra, solamente Berenguer, el bohemio, no resultó víctima de la rinoceritis que afectó a toda una población convertida en rinocerontes sin que nadie supiera por gracia de qué.</p>
<p>Y ya lo ven, así son las cosas de la literatura. José Ortega y Gasset en otro contexto completamente diferente, había clamado, treinta años antes, en un artículo titulado: El error de Berenguer por la vuelta de España &#8212;entonces en dictadura&#8212; a la democracia. El artículo, de marras, el de Ortega, digo, concluía con estas palabras: <em>Españoles, vuestro estado no existe. ¡Reconstruidlo!</em></p>
<p><strong>Atanasio Alegre:</strong> Novelista, investigador, psicólogo clínico. Vicepresidente del Círculo de Escritores de Venezuela. Director de la Revista ConcienciActiva 21.</p>
<p>&amp; &amp; &amp;</p>
<p><em>Comentario de la Editora: No pareciera casual que la afilada ironía de Atanasio Alegre</em> <em>escriba esta narración tan peculiar en un país que, como Venezuela, se va poblando</em> <em>de &#8220;rinocerontes&#8221; y otros especímenes foráneos que nos están robando</em> <em>nuestra democracia.</em></p>
<p><em>Hago mías las palabras de Ortega y Gasset y le respondo a Alegre:</em> <em>Venezolanos, vuestro estado no existe. ¡Reconstruidlo!</em></p>
<p><strong><em>Carmen Cristina Wolf</em></strong></p>
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