Taller de Cuentos inicia el sábado 19

17 may 2012 Sección: Talleres y Cursos

En la Biblioteca Los Palos Grandes, se impartirá el Taller “Aprende a escribir un Cuento”, los sábados 19 y 26 de mayo, 2 y 9 de junio, con el escritor Heberto Gamero Contín, ganador del Concurso de Cuentos de El Nacional con el relato “Los zapatos de mi hermano”. Gamero ha impartido numerosos Talleres, y su Fundación FAEC publicó un libro con una selección de los cuentos de sus alumnos.

El Taller ha sido organizado por el Círculo de Escritores de Venezuela. Interesados comunicarse con Carmen Cristina Wolf al 0416 629 70 62.

Ciudad de México y Carlos Fuentes

16 may 2012 Sección: Ensayo

Por ENRIQUE VILORIA VERA

En homenaje al maestro fallecido

En México no hay tragedia: todo se vuelve afrenta.

Una ciudad no se define sólo por sus accidentes geográficos o por su infraestructura física, por más bellos e incomparables que éstos sean. Más allá de lagos, ríos, valles, volcanes o montañas, de interminables avenidas o estrechas callejuelas, de imponentes monumentos, plazas, catedrales, de prudentes casas dotadas, paradójicamente, de balcones curiosos que emergen del recuerdo para darle permanencia al pasado, una ciudad, una verdadera, requiere conformarse también con olores, sabores, aromas, con una peculiar manera de salir o de ponerse el sol, de ver caer la lluvia o de conculcar el día para convertirlo en noche intransferible e inajenable. También es ciudad por su gente, por esa variopinta realidad humana que transita sus calles, habita en sus moradas, labora en sus oficinas y despachos, que goza y sufre lo cotidiano, se desespera y se entusiasma con la cambiante realidad, así como confiada y luego engañada, repudia a sus líderes y dirigentes.

Carlos Fuentes así lo sabe y así lo expresa en su novela La Región más transparente, cuya única y fundamental protagonista, independientemente de innumerables personajes y de urdidas tramas, es Ciudad de México, esa urbe plural y polisémica, hecha de mentiras y verdades, de pasados negados y presentes cuestionados en la que, sincréticamente, el águila y el nopal conviven con el cordero y la cruz, en una tensión no resuelta que todavía clama por identidades que un pasado de sojuzgamiento y un presente de revoluciones institucionalizadas, parecen no otorgarle.

Ciudad de México, en la perspectiva del escritor, es un compendio de gentes y situaciones, de fenómenos físicos y realizaciones del hombre, de olores y colores propios, de una historia que aún deja sentir su peso, de linajes derogados, sustituidos prontamente por súbitos ascensos económicos y sociales de aquellos revolucionarios que abogaban por la justicia y la igualdad. De allí que en virtud de tantas tensiones inmanentes y no resueltas, “la región más transparente del aire” es un espacio donde inevitablemente “se cruzan nuestros olores de sudor y páchuli, de ladrillo nuevo y gas subterráneo, nuestras carnes ociosas y tensas, jamás nuestras miradas.”

Ciudad controversial que olvidó tempranamente los ideales de solidaridad y justicia esgrimidos por Zapata y Pancho Villa, para, renunciando a principios y preceptos, convertirse en la “ciudad del hedor torcido, de la derrota violada, perra, famélica, lepra y cólera hundida”; en fin, en ciudad a la que se le pueden aplicar todos los epítetos del reproche, todos los calificativos provenientes de la ira de un novelista convencido de que los “héroes no regresarán” y que, por eso, es necesario recobrar “la llama en el momento del rasgueo contenido, imperceptible en el momento del organillo callejero, cuando pareciera que todas tus memorias se hicieran más claras”. Urbe que acusa el repudio, el reproche por las utopías fallidas, el reclamo vehemente de toda una generación frustrada que contempló como la perennidad de su revolución se diluyó, se esfumó para darle continuidad y vigencia a un partido que la oficializó, convirtiendo en dirigencia, burocracia y gobierno a la oposición, la anarquía y la montonera.

Habida cuenta de su carácter plural y diverso, Ciudad de México se define también por sus realidades físicas, materiales, construidas por el hombre y alimentadas por la historia. Su Zócalo no puede ser puesto de lado, negado a la hora de confirmar rasgos y signos específicos de identidad. El emplazamiento del Zócalo, ese corazón palpitante de una ciudad que nació sobre las ruinas de otra, la de Tenochtizlan en la meseta de Anáhuac, puede ser contemplado con ojos violentos que transcienden la evidencia palpable y constatable para ubicar “en el sur, el flujo de un canal oscuro, poblado de túnicas blancas; en el norte una esquina en la cual la piedra se rompía en signos de bastiones ardientes, cráneos rojos y mariposas rígidas: muralla de serpientes bajo los techos gemelos de la lluvia y el fuego; en el oeste, el palacio secreto de albinos y jorobados, colas de pavorreal y cabezas de águila desecada… sólo el cielo, sólo el escudo de luz, permanecía igual”.

Cielo inamovible, sinónimo de infinitos y eternidades, contemplado por igual por conquistados y conquistadores, por el indio y el español, por la raza de bronce y la que llegó en carabelas y bergantines, del cual se desprenden lluvias caudalosas que como timbal del propio cielo, hacen que cabezas gachas, plenas de agua y vaselina, se adosen a los muros como arquetípicos y reiterados condenados al paredón de la revolución y del gobierno, esperando, resignados, “la fusilada que no llega”. Lluvia contagiada de aromas que convierte a la ciudad en “nube teñida, en olores viejos de piel y vello, de garnachas y toldos verdes”.
Megalópolis “deforme y escrufulosa, llena de jorobas de cemento e hinchazones secretas” habitada por aristócratas venidos a menos que rememoran, nostálgicos, aquella otra ciudad “pequeña y hecha de colores pastel, donde no era difícil conocerse y los sectores estaban bien marcados”. Ciudad de putas y secretarias, de obreros y ruleteros, de políticos y burócratas, de intelectuales y extranjeros, de mariachis y artistas de cabaret, de espaldas mojadas que regresan frustrados al no haber podido concretar sus ilusiones en el gran país del norte. Urbe “chata y asfixiada” que va “extendiéndose cada vez más como una tiña irrespetuosa” en la que conviven millones de personas que paren “con una mueca cerrada, la luz de cada día, la oscuridad de cada noche, sin solución, en un parto repetido con el ejercicio doloroso de la premura”.

Ciudad de la vida y de la muerte que a 2240 metros de altitud se acerca al cielo para solicitar indulgencias y bendiciones que exorcicen el pecado de no tener memoria, de no contar con héroes vivos, de portar una máscara anónima e imperturbable detrás de la cual se esconden “nombres densos y graves, nombres que se pueden amasar en oro y sangre, nombres redondos y filosos como la luz del pico de la estrella, nombres embalsamados en pluma”. En fin, aquí nos tocó manito. Qué le vamos a hacer. En la región más transparente del aire.

* Enrique Viloria Vera, polígrafo venezolano, poeta, ensayista, crítico de arte

CONSUMIDAS POR EL FUEGO

15 may 2012 Sección: Ensayo, Libros en la Mesa

Aproximación al poemario de Anabelle Aguilar Brealey

Por Lidia Salas

Consumidas por fuego, el poemario recientemente publicado por Anabelle Aguilar Brealey (Uruk Editores, S. A. San José, Costa Rica. 2011) rinde homenaje según palabras de la autora, “a todas aquellas mujeres quienes, a través del arte, consumieron su ser en el fuego y lograron la inmortalidad”. En sus versos, la poeta nos da una visión de mundo a partir de la mirada de aquellas representantes de las Bellas Artes.

Estas páginas están sustentadas por una investigación de la vida y obra de pintoras, escultoras y fotógrafas. La lista, que se extiende por los últimos tres siglos, tiene entre otros, los nombres de Rachel Ruysch, Mary Cassalt, Georgia O´Keeffe, Frida Kahlo y la costarricense Bertheau Margarita..

Los poemas se agrupan, según las artistas cuya vida y cuadros se desea mencionar, bajo las siguientes metáforas: “En la sombra”, “Mariposas, gaviotas, lagartijas” y “Las certezas de la gata”. Escritura de lo femenino por cuanto el tema está orientado al deseo de apreciar como sujetos de arte y de conciencia a mujeres quienes en su tiempo, crearon sus obras a pesar de la indiferencia, del silencio y de la represión. Sin embargo en estos versos se privilegia la opción de la belleza testimoniada en palabras que sugieren trazos y matices. Se enriquece el texto a través del diálogo, de las imágenes, de los contenidos afectivos y conceptuales que atraviesan el discurso.

Anabelle establece a través de sus versos, daguerrotipos que cuelga en cada página, a manera de una galería, donde el lector puede atisbar, las experiencias vividas por esos sujetos y la impronta de sus miradas, plasmadas en la cadencia de la poesía: “el aire está delgado / y el volcán al fondo / se me planta / para que no deje de mirar.” Y en estos otros: “Ábranse peonías / rosas / y lilas / ábranse a mi llamado / que las nubes están oscuras.”

Pero su lenguaje se atreve a ir más allá de lo figurativo. En forma de monólogos se escuchan las voces de quienes defendían su derecho a hacer arte: El poema “Inacabado” en el cual se celebra a la pintora francesa del siglo XVIII, Berthe Morisot, se inicia con la frase siguiente: “No es mi arte un pasatiempo refinado.” Y más adelante sigue: “Mis trazos firmes / mi paleta luminosa / tengo un taller muy discreto en el jardín // soy enigmática / soy cazadora de mariposas / no una intrusa. “ Alegatos como estos se aprecian en la voz de Frida Kahlo en los palabras que se citan a continuación: “yazgo suspendida / de un gancho feroz / carne / a la venta / rebanada / muerta / por mitades.” En donde se intuye la intención de quien hizo de su dolor, de su miseria física el leit motiv de sus cuadros. En esta misma sección es oportuno entresacar el diálogo de la pintora con la poeta cuando le dice: “¿Qué haces / en la esquina de mi casa / tomándote una foto / frente a la pared azul / tú / adoncellada ridícula / farsante del dolor?” Contenidos que sólo en la magia de la poesía se pueden condensar.

Consumidas por el fuego es un intento logrado, de celebrar la diferencia desde la capacidad para superar el sufrimientos, el deseo frustrado de maternidad y la dominación del poder masculino. La voz poética utiliza la máscara de personajes cuya existencia se desarrollaron en ambientes donde eran valoradas exclusivamente como seres domésticos, para elaborar un canto a la vida, a la libertad, a la condena de la guerra, de la dominación y de la muerte, pero, sobre todo un canto a la libertad de crear, de legar su trabajo a la posteridad con dignidad y valores estéticos. Puede considerarse también este libro, como una metáfora del silencio en el cual las poetas escriben su obra, lejos del aplauso de público y academias, y sin embargo se persiste en esta tarea de expresión y justificación de la existencia.

Estos textos escritos casi siempre en versos de menos de diez sílabas, con una cadencia musical a veces contenida, en otras de elevada tesitura, encierran un su cadencia un himno de alabanza a la tarea de creación estética como instrumento para enriquecer la existencia e iluminar con una paleta de colores, las sombras de tiempos amargos., tal como lo señala las siguientes líneas: “Es lo nuestro / una confidencia / valiente / detrás / los círculos / y el fuego.”

Poemas para celebrar a GEGO

14 may 2012 Sección: Invitación a Evento

RECITAL DE POESÍA EN ESPACIO MERCANTIL:

Con motivo de los 100 años de su nacimiento, este recital rescata para el público actual poéticas en torno a la obra de Gego.

Los poetas Alfredo Chacón, Gabriela Kizer, Leonardo González-Alcalá, Ania Varez y Edda Armas, darán lectura a poemas de autoría propia y/o textos de poetas que mantuvieron amistad con Gego como fue el caso de Hanni Ossott, Alfredo Silva Estrada, Ida Gramcko y Elizabeth Schön, o mantienen cercanía y reflexión creativa con la obra de la artista, sea el caso de: María Fernanda Palacios, Yolanda Pantin, Luis Enrique Pérez Oramas, y Verónica Jaffé. Otros poemas revelados serán -algunos encontrados- de la propia pluma de Gego.

JUEVES 17 de MAYO, a las 7 pm.
Lugar: ESPACIO MERCANTIL, en PB de la Torre Panaven,
Av. Juan Bosco con 3era. Transversal, Altamira.

Acompáñanos a celebrarla!

Harry Almela: Silva en las desventuras de la zona sórdida

10 may 2012 Sección: Poesía Venezolana

La mesa del editor recibe el último poemario del escritor venezolano Harry Almela, un libro que será objeto de análisis y ensayos de los críticos, por la profundidad metafísica, la ironía y desparpajo para poetizar sobre lo cotidiano, calles, pueblos, ciudades. Resulta desgarrador asomarse al alma del poeta que afronta descarnadamente la soledad, el vacío, el insomnio, el miedo y la muerte. Luce sensual su acercamiento al mundo femenino. Aterradores” son algunos versos sobre la indigencia humana, las guerras, las injusticias.

Los lectores sentirán el vértigo de quien se lanza en parapente y un inmenso placer al encontrarse con las páginas de SILVA EN LAS DESVENTURAS DE LA ZONA SÓRDIDA, de Harry Almela, que nos azota el rostro con lo más doloroso de la condición humana y, al mismo tiempo, nos deja ver, muy allá en el fondo, un aroma mínimo de alma de muchacho que añora los días de su infancia “Si vas a salir a comprar algo, / por favor, acércate al mercado./ Y dile a Alberto que me mande/ una vela y una caja de fósforos./ Hace tiempo, me aseguraste/ que Mambrú se había ido a la guerra/ y que algún día regresaría/ en su urna de cristal./ Todavía Mambrú no regresa/ entre nosotros, madre.” (Poema sin paisaje)

El libro ha sido editado por La cámara escrita en octubre de 2011. Almela nació en Caracas en 1953. Ha publicado, entre otros, los siguientes poemarios: Cantigas (1990), Muro en lo blanco (Caracas, 1991), El terco amor (1996), Los trabajos y las noches (Maracay, 1998), Cuaderno de bitácora. Antología 1983 ?2001 (Nueva York, 2001), La patria forajida (Caracas, 2006), Instrucciones para armar el meccano (Caracas, 2006) y El dulce mal, Antología de Poesía Amorosa de Venezuela (Caracas, 2008). Ensayista y crítico, sus trabajos han sido recogidos en diversas publicaciones tanto nacionales como extranjeras. Su obra ha obtenido reconocimientos, entre ellos el Premio del Concurso de Cuentos
del diario El Nacional (1991) y el Premio Bienal de Literatura José Rafael Pocaterra, mención poesía (Valencia, 1994). El autor deja constancia de su agradecimiento a la Fundación Guggenheim, por su apoyo durante la escritura de este libro.

A continuación, una selección de tres poemas:

CARTA DE INTENCIÓN:
“No me salves de nada, poesía.
Abandóname desnudo a la intemperie.

No me concedas claridad. No me interrogues.

Voy sobre la cuerda inestalble de mi equilibrio
y estoy al tanto de lo que me espera.

Niégame página en blanco donde puedan retozar
los tibios conejos de mi infancia.

No me aturdas cuando llegue la noche.
Quiero vivir en paz en esta selva húmeda
sin claros ni caminos.

No me consueles cuando vengo de regreso,
ocúltame palabras para decir hastío.

Permíteme vivir mi carne como si fuera mía
y déjame ser el ángel caído de mi cielo.

Sé de los lagares donde enseñas
a pisar las uvas de la ausencia.

Conozco la sílaba informe de mi tiempo.

Concédeme ser la sed en mi diluvio.”

& & &

JUEGO DE DAMAS

“El día en que al fin
Adelita se fue con otro,
yo estaba ocupado en el oficio
de perder el tiempo.

El día que Ana María se fue
buscando el Sol en la playa,
yo escribía sin apuros
intentando acomodar la casa

del futuro y del pasado.

Hembras inteligentes
que siempre cavilaron acerca del nido
mientras yo cazaba sombras en la noche,
en el libro infinito.

Damas de ruido y de silencio
que no supieron entender
lo inútil.

Ahora veo sus espaldas, a lo lejos,
y comprendo todo.

Al final, se comprende todo.”

& & &

EL PASTOR DE CATERPILLAR

“Cuando niño, hace ya varios siglos,
tenía una colección de tractores Caterpillar.

Negros y amarillos, exactos,
cumplían a cabalidad su cometido:
apilar, juntar, acomodar, transportar.

¿Quién diría, con el curso de los años,
que iba a tropezarme con estos de ahora,
rozagantes, sonreídos, exactos en su estupidez?

Ahora apilan, juntan, acomodan y transportan
cadáveres más allá de Austerlitz y Waterloo
(el poeta solo cantaba a la hierba).

Soldaditos de plomo
conducen ahora los tractores.

Cada uno, a su manera, debe pasear
en público sus torpes lealtades.

No deben quedar dudas
acerca de sus pensamientos.

Hay que bailar la danza macabra,
bajo pena de quedarse afuera.

A veces da lástima el pastor,
tratando de apaciguarlos.

Que no sean tan públicos,
amenazantes y notorios.

Pero han de seguir,
negros, amarillos y exactos,
apilando, juntando, acomodando, transportando.

Jugando a su sueño febril.

En verdad, ya no me preocupa tanto el pastor.

Me aterran más los caterpillars.”

Carmen Cristina Wolf
@literaturayvida

Edgar Vidaurre, poeta en el lugar más sosegado

10 may 2012 Sección: Ensayo, Poesía Venezolana

Luego de la aparición de la página www.diosablanca.org, nos reunimos con el poeta, ensayista y editor venezolano Edgar Vidaurre Miranda, y le preguntamos por la escogencia del nombre Diosa Blanca para la editorial creada por él. Nos dice que para la selección se inspiró en la obra “La diosa blanca” de Robert Graves.
Los venezolanos no podemos menos que sentirnos orgullosos de que un hombre de la de la talla literaria de Edgar Vidaurre, se haya dedicado durante años al difícil oficio de la publicación, a través de la Editorial Diosa Blanca, con una selección de autores que son voces poéticas fundamentales, Los títulos publicados por la Editorial Diosa Blanca, son los siguientes:

En el Calor Vacante–Andre du Bouchet
Aún el que no llega–Elizabeth Schön
Raíz abierta–Phillipe Jones
Nadador de un solo amor–Georges Schehade
La historia de María–R. Rilke
De las resonancias y los orígenes-Adonis
La tierra con el olvido –Salah Stétié
La flor, el barco, el alma–Elizabeth Schön
El Río hondo aquí–ElizabethSchön
Cantata profana-Aladar Temeshy
Corderos– Ruth Vidaurre
Tapices–Ruth Vidaurre
En el ojo de la cabra–Belén Ojeda
Cenizas de espera–Milagro Haack
Probando el tiempo–Aladar Temeshy
El libro de las decepciones–Aladar Temeshy
Viajes en la noche–Aladar Temeshy
El silencio del árbol– Maite Ayala
Después del silencio–Ruth Vidaurre
Antología de versos de poetisas venezolanas–Astrid Lander
La llama incesante –Carmen Cristina Wolf
La granja bella de la casa–Elizabeth Schön
Ráfagas del establo–Elizabeth Schön
Visiones extraordinarias–Elizabeth Schön
El umbral de los geranios–Maite Ayala
Cantos al Shabd–Ada Rosentul
Hotel–Mariela Casal
Diálogos con el vacío–Zaira Castro
Cartas a Magdalena–Aladar Temeshy

Después de largas conversaciones con el poeta Edgar Vidaurre, me adentro en la lectura de los poemarios “El lugar más sosegado” (Mención de Honor en la Bienal Municipal Augusto Padrón) y “La fugitiva” (publicado por el Ateneo de Valencia en coedición con La liebre libre en el año 2002, Premio de Poesía Bienal José Rafael Pocaterra). Llego al convencimiento de que más que el abandono y el desamor, nada hay más doloroso que dejar de sentir la “pasión del espíritu”. Es mejor ser arrojado a las llamas a dejar de vislumbrar “la última espiga de trigo en la sombra”.

Edgar Vidaurre es poeta, ensayista y director fundador de la Editorial Diosa Blanca. Nació en Caracas el 5 de diciembre de 1953. Es abogado egresado de la Universidad Católica Andrés Bello. Es filósofo y músico graduado. Ha publicado: La resurrección de los frutos (Mención de Honor en la bienal de poesía mística Antonio Rielo de España); La fugitiva; La séptima rosa; El Lugar más sosegado; Panayía; El lamento de Ariadna. Es autor de numerosos ensayos y escribe para diarios y revistas. Pasa largas horas en amoroso combate con el piano. Es Director del Círculo de Escritores de Venezuela.

Reecuerda sus experiencias de vida y sus preferencias literarias, y desembocamos en los orígenes de sus indagaciones y en el camino de retorno al eterno femenino a través de la poesía. Al llegar a casa intento escribir esta nota sobre sus versos: “Conjurada por la flor de sal, así fue la visión. Vino como si fuera una fiebre” (…) Cuando yo cerraba los ojos, ella abría la tierra y el eco de un perfume brotaba de su boca,” Una primera reflexión surge de esta lectura. Los versos dejan vislumbrar ideas arquetípicas con un criterio estético lejano a la simple anécdota o al discurso cognoscitivo. Se siente su fuerza y no se lee “fiebre” como un concepto, nos abrasa la fiebre. Así es el verdadero poema.

Vidaurre dialoga con la aparición y le ruega que no susurre más su nombre, “el nombre por el que me llamaba”. Huye de “la agonía presentida” pues teme lo que será luego una nueva ausencia. Porque todo encuentro es fugaz, nadie posee la piedra de luna de la unión eterna. Inexorablemente, los seres humanos somos la otra mitad de nosotros mismos, la huella de la ausencia del ser, una estirpe fracturada desde el comienzo de este sueño que es la Vida.

Las cosas que me dijo el poeta abren ventanas en relación con el poemario “La fugitiva” y sobre toda su obra. Los poemas hablan por sí solos, no requieren explicaciones; no obstante, un poeta como él, capaz de desentrañar el desarrollo de su escritura a través de una reflexión inteligente, culta, poblada de señales, códigos e interpretaciones personalísimas, es invalorable. Su constante desvelo por el encuentro con el centro, el alma, es plasmado en una nostalgia absoluta por la Belleza, por el Eterno Femenino. Edgar Vidaurre es un amante de la esencia, un enfermo incurable de lo trascendente. Escribe apoyándose en los mitos y leyendas, con un lenguaje y una voz propia, creando también sus propios mitos que surgen de los seres que lo habitan.

Es difícil no dejarse ir por una rendija del corazón en procura de “La séptima rosa”, título de unos de sus poemarios. Digo esto porque sus versos convocan al lector hacia una experiencia íntima a través de sendas señaladas por sus manos de pianista. La lectura de estos poemas nos expone a una fiebre incurable, la de la obsesión por la poesía, y nos arriesga a ser coronados con una cinta de sangre: “El amor se fue con los veranos … yo le ataba una cinta de sangre en la muñeca” … Se siente el lazo de púrpura en plena letra y en pleno corazón. Se lucha para no dejar ir nuestra “llama doble”, como la nombraba Octavio Paz, porque sin ella andamos extraviados, sin rumbo, sin sentido trascendente. Atados a la polea de un tiempo que no nos pertenece y al que no pertenecemos, porque tenemos sed de eternidad y el tiempo es inasible.

La “peregrina de la noche” es el alma escondida entre los lirios de abril, visitante de los abismos y de las esferas celestes. Los primeros seres de la tierra se sumergieron en las aguas del deseo para alcanzar el ojo del alma, y también la ciudad de perdida hace milenios. Los versos de “La fugitiva” traen a mi memoria lecturas de otros tiempos. Y me acerca a las huellas del Caminante de la Aurora, que es Edgar Vidaurre, buscando, como Miguel Serrano en su obra Las Visitas de la Reina de Saba, la “piedra de luna”, esa visión siempre añorada en la historia personal y colectiva de la humanidad.

Los versos de Edgar nos llevan a inclinar la cabeza en el regazo de la Madre Primordial, la Tierra, como vientre de la vida psíquica, y nos hace topar con nuestras propias interrogantes. El lector es cautivado por la sagrada locura de la búsqueda de un ser que somos nosotros mismos en su espejo de nacimiento y muertes sucesivas. El Amor Eterno puede ser ignorado, olvidado, combatido. Mas la Estrella Matutina nunca dejará de brillar para el Caminante del Alba, este poeta que nos invita a cerrar los ojos para hallar la luz, en el centro donde el alma no hace sombra.

Del poemario de Vidaurre El lugar más sosegado emerge luminoso el árbol de la vida, con poemas en los cuales germinan los abedules, los árboles de mango, los viñedos, todos ellos desprendidos de la Flor de Jessé, Enmanuel, ese “granado florecido” por el cual suspira el poeta:
“Hay un árbol ardiendo
hay un árbol intocado por el fuego
redondo como el fruto de sus frutos
Todas las nostalgias
descansando sobre esta higuera
que llora
con sus raíces que nos miran desde el cielo”

Este libro es hermano de La fugitiva, con imágenes distintas bañadas en las aguas de las Sagradas Escrituras y de los poetas místicos como Kadyr, Tagore, San Juán de la Cruz, Simone Weil, Elizabeth Schön. La añoranza continúa siendo el infinito, la eternidad, el alma: “Una es mi alma que es un árbol En el lugar más sosegado de la tierra lejos del eco y la sombra.
Un árbol de sol por donde bajan tus aguas por donde vuelven tus ojos”.

El poeta Edgar Vidaurre nos ha descubierto la séptima rosa escondida en el corazón del árbol de sol. Allí hemos de encontrarnos, al pie de su ramaje, donde el alma no hace sombra. Él se haya dispuesto a “sembrarla en el centro de la vida”, e inspirado por el profeta Isaías canta a su amada con la mayor dulzura y belleza de que es capaz un poeta del nuevo milenio.

Me indica que lea un ensayo de cómo surge la idea de la editorial. Y leemos un verso de Robert Graves:
“…cuando la Diosa se encarna, nada se puede hacer, excepto volar hacia la llama y dejarse inmolar”

Más que el abandono y el desamor, nada hay más doloroso que dejar de sentir la “pasión del espíritu”. Es mejor ser arrojado a las llamas a dejar de vislumbrar “la última espiga de trigo en la sombra”. A raíz de una larga conversación con el poeta, ensayista y editor venezolano Edgar Vidaurre, me adentro en la lectura de sus poemarios El lugar más sosegado (Mención de Honor en la Bienal Municipal Augusto Padrón) y La fugitiva (publicado por el Ateneo de Valencia en coedición con La liebre libre en el año 2002, Premio de Poesía Bienal José Rafael Pocaterra). El poeta también es músico graduado en el Conservatorio de Música Juan Manuel Olivares, y pasa largas horas en amoroso combate con el piano.

La charla nos lleva a recordar sus experiencias de vida y sus preferencias literarias, y desembocamos en los orígenes de sus indagaciones y en el camino de retorno al eterno femenino a través de la poesía. Al llegar a casa intento escribir esta nota sobre sus versos: “Conjurada por la flor de sal, así fue la visión. Vino como si fuera una fiebre” (…) Cuando yo cerraba los ojos, ella abría la tierra y el eco de un perfume brotaba de su boca,” Una primera reflexión surge de esta lectura. Los versos dejan vislumbrar ideas arquetípicas con un criterio estético lejano a la simple anécdota o al discurso cognoscitivo. Se siente su fuerza y no se lee “fiebre” como un concepto, nos abrasa la fiebre. Así es el verdadero poema.

Vidaurre dialoga con la aparición y le ruega que no susurre más su nombre, “el nombre por el que me llamaba”. Huye de “la agonía presentida” pues teme lo que será luego una nueva ausencia. Porque todo encuentro es fugaz, nadie posee la piedra de luna de la unión eterna. Inexorablemente, los seres humanos somos la otra mitad de nosotros mismos, la huella de la ausencia del ser, una estirpe fracturada desde el comienzo de este sueño que es la Vida.

Las cosas que me dijo el poeta abren ventanas en relación con el poemario La fugitiva y sobre toda su obra. Los poemas hablan por sí solos, no requieren explicaciones; no obstante, un poeta como él, capaz de desentrañar el desarrollo de su escritura a través de una reflexión inteligente, culta, poblada de señales, códigos e interpretaciones personalísimas, es invalorable. Su constante desvelo por el encuentro con el centro, el alma, es plasmado en una nostalgia absoluta por la Belleza, por el Eterno Femenino. Edgar Vidaurre es un amante de la esencia, un enfermo incurable de lo trascendente. Escribe apoyándose en los mitos y leyendas, con un lenguaje y una voz propia, creando también sus propios mitos que surgen de los seres que lo habitan.

Es difícil no dejarse ir por una rendija del corazón en procura de “La séptima rosa”, título de unos de sus poemarios. Digo esto porque sus versos convocan al lector hacia una experiencia íntima a través de sendas señaladas por sus manos de pianista. La lectura de estos poemas nos expone a una fiebre incurable, la de la obsesión por la poesía, y nos arriesga a ser coronados con una cinta de sangre: “El amor se fue con los veranos … yo le ataba una cinta de sangre en la muñeca” … Se siente el lazo de púrpura en plena letra y en pleno corazón. Se lucha para no dejar ir nuestra “llama doble”, como la nombraba Octavio Paz, porque sin ella andamos extraviados, sin rumbo, sin sentido trascendente. Atados a la polea de un tiempo que no nos pertenece y al que no pertenecemos, porque tenemos sed de eternidad y el tiempo es inasible.

La “peregrina de la noche” es el alma escondida entre los lirios de abril, visitante de los abismos y de las esferas celestes. Los primeros seres de la tierra se sumergieron en las aguas del deseo para alcanzar el ojo del alma, y también la ciudad de perdida hace milenios. Los versos de La fugitiva traen a mi memoria lecturas de otros tiempos. Y me acerca a las huellas del Caminante de la Aurora, que es Edgar Vidaurre, buscando, como Miguel Serrano en su obra Las Visitas de la Reina de Saba, la “piedra de luna”, esa visión siempre añorada en la historia personal y colectiva de la humanidad.

Los versos de Edgar nos llevan a inclinar la cabeza en el regazo de la Madre Primordial, la Tierra, como vientre de la vida psíquica, y nos hace topar con nuestras propias interrogantes. El lector es cautivado por la sagrada locura de la búsqueda de un ser que somos nosotros mismos en su espejo de nacimiento y muertes sucesivas. El Amor Eterno puede ser ignorado, olvidado, combatido. Mas la Estrella Matutina nunca dejará de brillar para el Caminante del Alba, este poeta que nos invita a cerrar los ojos para hallar la luz, en el centro donde el alma no hace sombra.

Del poemario de Vidaurre El lugar más sosegado emerge luminoso el árbol de la vida, con poemas en los cuales germinan los abedules, los árboles de mango, los viñedos, todos ellos desprendidos de la Flor de Jessé, Enmanuel, ese “granado florecido” por el cual suspira el poeta:

“Hay un árbol ardiendo
hay un árbol intocado por el fuego
redondo como el fruto de sus frutos

Todas las nostalgias
descansando sobre esta higuera
que llora
con sus raíces que nos miran desde el cielo”

Este libro es hermano de La fugitiva, con imágenes distintas bañadas en las aguas de las Sagradas Escrituras y de los poetas místicos como Kadyr, Tagore, San Juán de la Cruz, Simone Weil, Elizabeth Schön. La añoranza continúa siendo el infinito, la eternidad, el alma: “Una es mi alma que es un árbol En el lugar más sosegado de la tierra lejos del eco y la sombra

Un árbol de sol por donde bajan tus aguas por donde vuelven tus ojos”

El poeta Edgar Vidaurre nos ha descubierto la séptima rosa escondida en el corazón del árbol de sol. Allí hemos de encontrarnos, al pie de su ramaje, donde el alma no hace sombra. Él se haya dispuesto a “sembrarla en el centro de la vida”, e inspirado por el profeta Isaías canta a su amada con la mayor dulzura y belleza de que es capaz un poeta del nuevo milenio.

*EDGAR VIDAURRE es poeta, ensayista y director fundador de la Editorial Diosa Blanca. Nació en Caracas el 5 de diciembre de 1953. Es abogado egresado de la Universidad Católica Andrés Bello. Es filósofo y músico. Ha publicado: La resurrección de los frutos (Mención de Honor en la bienal de poesía mística Antonio Rielo de España); La fugitiva; La séptima rosa; El Lugar más sosegado; Panayía; El lamento de Ariadna. El lugar más sosegado. Es autor de más de 200 ensayos y escribe para diarios y revistas. Es Director del Círculo de Escritores de Venezuela. Su página: www.diosablanca.org y www.edgarvidaurre.net

Carmen Cristina Wolf

El Círculo de Escritores
de Venezuela

Una asociación civil sin fines de lucro creada con la misión de reunir a los escritores para conocer, estudiar, investigar, promover y divulgar sus obras, ideas y proyectos; propiciar la investigación y creación de una base de datos de los autores y libros publicados; promover la incorporación de escritores de otros países y en líneas generales, proyectar la literatura venezolana e hispanoamericana.

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    Eunice EscalonaLuz Marina RivasOswaldo VigasLidia Anabelle MarisolCarmen Cristina Wolf y Astrid LanderAlejo Urdaneta 5ana maria del reEdgar Vidaurre 1 Visiones Extraordinarias SchönSchön y Wolf 2006