París en la Rayuela de Cortázar

26 jun 2013 Sección: Ensayo

PARÍS EN LA RAYUELA DE CORTAZAR

Por Enrique Viloria Vera

Cuántas palabras, cuántas nomenclaturas
para un mismo desconcierto.
Julio Cortázar

Cada quien puede construir su propia vivencia, su personal metáfora de esta ciudad plural, siempre inédita, que a nadie deja indiferente. Para uno es el fasto de los grandes bulevares, la trepidación del colectivo, la majestad de unas avenidas triunfales que raudas desembocan en monumentos llenos de historia y tradición para crear carrefours que propician el cruce de gente, culturas y gentilicios. Para otros, es el espectáculo nocturno, luces, plumas, candilejas, música y champán, alimentando un inmanente trasfondo voyeurista que estimulan bellas y bien formadas marjorettes que cubren precariamente sus depilados Montes de Venus con una prenda mínima e innecesaria.

Para algunos, París puede ser también estrellas que se ponderan, golosamente, en unas guías gastronómicas que generan salivaciones inmediatas, dudas acerca de cuál sabor, cuál gusto, sustentará una comida que deja de ser simple acto de supervivencia para transformarse en comentario obligado, en consejo o advertencia para aquellos amigos gurmandos que también perciben el mundo a través de las papilas gustativas.

Sin embargo, para Cortázar y sus personajes, para esos que no están esperando “otra cosa que salvarse del recorrido ordinario de los autobuses y de la historia”, París es una afrenta, la posibilidad última de ser lo que se anhela ser, de concretar una ilusión, una esperanza, que no conoce las medias tintas porque la ciudad sólo sabe de éxitos o fracasos.

Para esa compleja fauna de artistas de segunda en busca del protagonismo, de exiliados políticos, falsos estudiantes, mitómanos y expatriados a voluntad, París es una manera de vivir, de entender la vida, lejos de recorridos turísticos, de confirmaciones del vuelo de regreso, de preocupaciones por el número de maletines de mano o por el exceso de peso del equipaje. Para esos tantos Oliveiras y Magas, la ciudad es un vagabundo circunscrito, sin nuevos o trascendentes destinos, cuya ruta la aconseja la circunstancia, una frase escuchada al azar, un súbito deseo de besarse en una plaza anónima donde aún reposan las rayuelas, “los ritos infantiles del guijarro y el salto sobre un pie para entrar en el Cielo”.

París oculto, construido de falencias y precariedades, erigido sobre la escasez de dinero y la falta de espacio, donde se tropieza con las paredes, un bidé sirve de biblioteca, y las medias sucias acompañan en la repisa de la chimenea a unas botellas vacías que atestiguan una noche de tristeza y de nostalgia por la novia o la patria lejana, por los familiares que no se felicitarán esta Navidad y, sobre todo, por la constatación de que no se es lo que se quiere ser en esta ciudad donde, en palabras de la Maga: “somos como hongos, crecemos en los pasamanos de las escaleras, en piezas oscuras donde huele a sebo”.

Ciudad limitada a las andanzas por los sitios de siempre, el Barrio Latino, el Boul Mich, Saint-Germain-des-Prés, con su miríada de callejuelas: la Rue Bonaparte, la Dauphine, la Buci con sus puestos de venta de alimentos en plena calle, en los que una pierna de ganso, unas clementinas, un filete de salmón, una porción de terrine o una secuencia de entrecôtes rojas y frescas se convierten en verdadera obra de arte, en decoración disruptiva que altera procesos fisiológicos, porque los alimentos se digieren primero con los ojos antes que con la boca. Callejuelas generosas, conectoras, como la Rue de Seine que comunica el boulevard de cemento y el bullicio de los cafés al aire libre con el de agua, el Quai de Conti, ese borde plácido, donde el Sena aporta su contribución para que París asuma ahora la forma de luz “ceniza y oliva”, reflejada en el río, de lento serpenteo de péniche, de besos apasionados y manos agarradas confirmando una promesa de amor adolescente que, por su frescura, se torna en sombra descifrable.

Imposiciones culturales transforman también la vida de los personajes de Cortázar en un conjunto de eventos que se deben presenciar por vez primera o volver a ver, simplemente porque “il le faut” : Potemkim, Mercedes Sosa, el Ciudadano Kane, Jacques Prévert leído por no se sabe quién, Moustaki, el Teatro Negro de Praga o el Quilapayún, asumen la forma de mandatos ineludibles a los que se debe asistir sin importar la lluvia, la nieve, el calor, la huelga de trenes y metro, la ausencia de acompañante, porque se trata simplemente de algo verdadero, auténtico, desinteresado.

Ciudad adulta y para adultos, en la que los niños se acarician con guantes de goma, asépticos, se encuentran prescritos y proscritos debido a que se llanto molesta a los vecinos y, en especial, a la conserje, a esa Torquemada cotidiana que juzga lo bueno y lo malo, lo oportuno y conveniente, lo socialmente aceptable que excluye, por supuesto, al bebé Rocamadour, “dientecito de ajo, nariz de azúcar, arbolito, caballito de juguete”, y, en consecuencia, a las nociones, a las realidades de padre y madre. Adultos que sólo saben hacer el amor en cuartos marchitos, en camas de jergones pretéritos, adornadas con coberturas rancias y deshilachadas, compartida por dos soledades que confunden el acto sexual, el jadeo de pie, arrodillado, parado, en cuclillas, con el verdadero amor, porque la felicidad para el escritor tiene que “ser otra cosa, algo quizás más triste que esta paz y este placer… una caída interminable en la inmortalidad”.

Urbe protagonizada por las contradicciones, hecha indistintamente de proezas y frustraciones, de éxitos rotundos y fracasos contundentes en la que los diversos personajes de Cortázar deambulan de un lado a otro, sin cumplir metas y objetivos personales, contándose sus penas, porque “es mucho más fácil hablar de las cosas tristes que de las alegres”. Ciudad incoherente, habitada por ciudadanos corrientes, en donde “sólo viviendo absurdamente se podría romper alguna vez este absurdo infinito”, razón por la cual Oliveira percibe que “yo en realidad no tengo nada que ver conmigo mismo”, porque los expatriados terminan por sentir “como una última luz que se va apagando en una enorme casa donde todas las luces se extinguen una por una”.

París desconocido por turistas efímeros, cotidiano, profundo, hecho tanto de gauloises, pastís, panaches de cerveza y limonada, cafés de quartier, hediondeces perfumadas, supositorios para cualquier enfermedad, como de suciedades permitidas, loterías de miércoles y viernes, besos franceses plenos de lengua, copas de blanco y rojo, mascotas consentidas, y de clochards que prefieren la policía al frío; habitado, en fin por una pléyade de tránsfugas, quienes, imposibilitados de regresar a sus lugares de origen, resignados, descreídos, confirman con Cortázar que “es mejor pactar como los gatos y musgos, trabar amistad inmediata con las porteras de roncas voces … Así es como París nos destruye despacio, silenciosamente, triturándonos entre flores viejas y manteles de papel con manchas de vino…”

Lidia Salas y su poemario “Katharsis”

9 jun 2013 Sección: Novedades editoriales, Poesía Venezolana

En un ambiente de cordialidad,el sábado 8 de junio de 2013, se presentó el libro “Katharsis”en la Sala Cabrujas de la Fundación de Cultura Chacao. La autora es la poeta y ensayista Lidia Salas. El evento contó con la asistencia de numerosos invitados.

El libro fue hermosamente editado por Lector Cómplice, con prefacio de la poeta y ensayista María Ysabel Novillo.

En el acto organizado por el Círculo de Escritores de Venezuela y la Fundación de Estudios Literarios Lector Cómplice, tuvo lugar un coloquio sobre el poemario Katharsis, con María Ysabel Novillo, Lesbia Quintero y José Tomás Angola. A continuación, las poetas Lidia Salas y Jenny Ballestas, leyeron una selección de poemas del libro, con interludios de violín, creando una atmósfera poética de belleza y trascendencia.

Los padrinos del bautizo, fueron los escritores María Ysabel Novillo, Carlos Alarico Gómez, Carmen Cristina Wolf, Marisol Marrero, Magaly Salazar, Luis Beltrán Mago y Lesbia Quintero. Los asistentes fueron agasajados con un brindis.

El tiempo y la muerte en la poesía de Eugenio Montejo

5 jun 2013 Sección: Ensayo, Poesía Venezolana

Por Enrique Viloria Vera

El buey que lleva mis huesos por el mundo,
el que arrastra mi sombra,
uncido a las estrellas, a yugos siderales,
va arando el tiempo…
(Del poema El Buey)
. . .

En la perdida tierra de mis ausentes,
este álbum casi invisible que cierro y abro
quema mis párpados velando ante su sueño.
No los despiertes hasta que me reúna
para siempre con ellos en la última página.
(Del poema Álbum de familia)

Eugenio Montejo

Para el poeta venezolano Eugenio Montejo el tiempo es lugar y la vida muerte, sin contradicciones, concurrentemente, uno y otro, ambas, son motivos suficientes y valederos para que la emoción madura del poeta tome rumbos que trascienden lo fugaz y lo estado, su aquí es el mañana, su allá el entonces: la muerte es vida por vivir, el tiempo espacio para dejar de ser.

Sin ambigüedades, el escritor, terminante y prolijo en comparaciones, concluye que – paradójicamente – el hombre dura menos que una vela, que un árbol, que una piedra, que un pájaro, que un pez fuera del agua: “casi no tiene tiempo de nacer… / Y sin embargo, cuando parte / siempre deja la tierra más clara.”

El tiempo, ese animal sin nomenclatura convocado a la vida, muy a nuestro pesar, por manecillas y carillones, por péndulos y segunderos, por campanarios y relojes se cuela, repta despacio, entre los versos del poeta para darle un carácter demoledoramente temporal a existencias cándidas que demandan eternidades y anhelan la infinitud. Montejo emplaza al crédulo existente a confrontar sin cortapisas su indefectible realidad; certero, juicioso, sin amparar ilusiones ajenas o propias, confirma indolente que: ” No quedará nada de nadie ni de nada / sino el tiempo tras sí mismo dando vueltas; / el tiempo solo, invento de un invento, que fue inventado también por otro invento, / que fue inventado también por otro invento, / que fue…”

EL escritor desanda el mundo, va de ciudad en ciudad, desembarca en puertos de río y mar, en populosos o solitarios andenes de trenes y autobuses, pequeñas y grandes comarcas deambula acompañado y a solas; su errante naturaleza viaja por evidencias y fantasías, peregrina por personales terredades y se aventura a navegar en lejanos y desconocidos océanos. De uno y otro viaje, de cualquiera de los lugares visitados con los ojos del cuerpo o con los de la imaginación, de sus personales e intransferibles aventuras, Montejo retorna a sí mismo, fatigado pero no vencido, el poeta recoge en sus versos vagabundos los cantos de la tierra, en todos ellos, puerto más, ciudad menos: “El tiempo es redondo y atormenta…”

Poesía temporal nutrida de su propia finitud, los versos de Montejo anidan en el polvo y en las sombras, en los resquicios de la vida, en los intersticios de la existencia, efímeros, como el súbito tránsito del hombre sobre su vida, se renuevan con el pasar de las horas, son y dejan de ser como la existencia misma que viene y va:” tiene horarios / imprevistos, secretos, / cambia de ruta, sueña a bordo, vuela.”

Las palabras del poeta, a confesión propia, son inventadas por los ríos, por las nubes; empero, a pesar de ser leves y escritas con la niebla o el rocío, con el ingrávido vapor del aire, son un alfabeto pesado y perecedero, un fardo momentáneo y emotivo: “unas son fuertes, francas, amarillas, / otras redondas, lisas / de madera…”; del tedio que emana de todas ellas reunidas por el azar del tiempo, advierte el poeta, ” se sirve la lluvia / al caer en las tejas.”

Nuestro escritor reconoce que “el tiempo no me habla de la muerte”, verso cierto, palabra justiciera: la muerte en los poemas de juventud de Montejo platica por sí sola, adquiere presencia exclusiva, dimensiones personales y familiares: es la propia y es la ajena.

La muerte en la obra poética temprana de Montejo conquista un calendario personal que discurre ciertamente más allá del tiempo, se instala ubicua en los versos del poeta como una posibilidad, como un recuerdo, y sobre todo, como un homenaje a los que se fueron para continuar estando, a los que aún viven pero con toda certeza partirán, como es el caso del propio poeta.

El escritor desempolva del olvido a sus difuntos para hacerlos más vivos, escucha embelezado el jazz de los muertos en su antigua casa, ausculta lejanos relinchos que anuncian rememoradas presencias: sus muertos andan con pasos de oro bajo tierra y a caballo. El rey Ricardo, hermano del príncipe poético, continúa amando a los suyos “con la nariz taponada de algodones”, la madre de sus elegos prosigue su infatigable labor de costurera de amores y afectos familiares hasta que “caes a copos de la aguja / y en dedales y ojeras nos coses hasta el fin / los vivos a los muertos, / tan honda que en ti desapareces.”

El padre del poeta regresa y duerme, no para siempre. Retorna de un inexistente olvido para nombrar otra vez al hijo, a su Eugenio, y darle nueva vida, renovados bríos, “soñándome las leguas del camino / que habré de recorrer.” La muerte, indiferente, sin exclusiones, va pasando su guadaña en los prevenidos versos de Montejo, cortando pábilos, segando luces; propios y extraños sucumben sin piedad, el poeta lo sabe y no lo oculta: “A tientas en la vaharada / que crece y nos envuelve, / charlamos horas sin saber / quién vive todavía, quién está muerto.”

El propio Montejo certifica una y otra vez, verso tras verso, que tiempo y muerte no son equivalentes: el tiempo lo hace vivir para la muerte que lo espera: así lo expresa y lo consigna para su personal epitafio: “Muero lo que puedo, pero no me adelanto /…/ Ya no soy joven Voy despacio /…/ El tiempo arrastra al sol tras la colina / y se lleva mis días uno tras otro, / pero no hablamos de la muerte.”

Tiempo y muerte en la trascendente poesía de Montejo se dan la mano, se hermanan sin siamiesidades, apostando cada uno y a su manera por la vida. Con Octavio Paz nuestro poeta bien podría concluir:

“Yo no escribo para matar el tiempo
ni para revivirlo
escribo para que me viva y me reviva”

Vicente Gerbasi: Reflexiones sobre la Poesía

5 jun 2013 Sección: Poesía Venezolana

Palabras de Don Vicente Gerbasi
Pronunciadas en el Acto de Incorporación a la Academia Venezolana de la Lengua, como Individuo de Número, ocupante del Sillón letra “E”
Caracas, 30 de octubre de 1989
Academia Venezolana de la Lengua
Semblanza del Doctor Edgar Sanabria

Reflexiones sobre la poesía
La poesía es una ecuación estética en la que van implícitas una gran carga vivencial y poderosas ráfagas de intuición creadora. No cabe duda que en la solución de esta ecuación, contribuye la sensibilidad. En ésta radica la posibilidad de ser poeta. Pero la sensibilidad por sí sola no basta. Es necesario ahondarla, depurarla, impregnarla de entusiasmo creador. Y esto se logra mediante el estudio y la meditación, es decir, mediante el trabajo.
Siempre he dicho que la poesía es un ejercicio trascendental del alma expresado mediante el lenguaje. Ese es mi criterio sintetizado de la poesía. Ahora, este concepto es sumamente complejo, porque habría que comenzar diciendo cómo se forma un poeta. Si es que se forma, porque habría que decir también que el poeta nace. Y el alma es el ser.
Y haciendo una digresión, no sabemos si ese ente se prolonga después de la muerte. Y no quiero enredarme en este problema porque yo soy católico, apostólico y romano y por lo tanto, tengo un dogma al cual obedecer.
Cuando yo quiero decir que la poesía es un ejercicio trascendental del alma expresado mediante el lenguaje, quiero decir lo siguiente: que un ser que tiene vocación poética, o que nace con ese maravilloso don de escribir poesía, de hacer poesía, comienza a ver el mundo, es decir, a ver la naturaleza.
Al ensimismarnos en la naturaleza, en el Universo, nos ensimismamos en la belleza. Nos ensimismamos en Dios. Y si nos ensimismamos en Dios admirando el Universo, la naturaleza en su permanente movimiento, es porque tenemos el pensamiento puesto en nosotros mismos, es porque estamos contemplando la belleza que Dios nos ha conferido.
En este estado de contemplación comenzamos a comprender que nosotros tenemos un puesto en el cosmos. Este estado de conciencia nos coloca en la desesperación, en la angustia metafísica, en el terror de la nada. Es por esto que a muchos nos gustaría estar en posesión de las matemáticas del cosmos para no vivir en la desesperación. Nos gustaría explicarnos el Universo con los números y no con las emociones para sufrir menos y estar más cerca de la libertad. (…) Fragmento

Ida Gramcko: La infinita noche

5 jun 2013 Sección: Ensayo, Poesía Venezolana

Lecturas de papel

Poe Juan Guerrero (*)

Uno de los primeros libros de poesía que llegó a mis manos fue Lo máximo murmura. Un libro editado por la Universidad del Zulia, en 1965. En el Maracaibo de finales de los ‘60s esos textos fueron reveladores y a la vez extraños. Una rara exuberancia verbal se percibía en esas páginas que no llegaba a entender del todo. Sin embargo, sentía un ritmo, una oculta sensación de plenitud y magia mientras los leía.
Por años me acompañó esa magia cargada de musicalidad y esplendores que se entregan a la noche y solo el silencio nombra. Disfruté buscando términos en mi viejo diccionario. Era una fuente de nuevas palabras que disfrutaba pronunciarlas, juntarlas con otras para sentir su sonoridad y cadencia.
No me interesaba su autor ni tampoco su historia. Como joven lector me apasioné por esas imágenes recargadas de símbolos referidos a lo oculto, a la sombra que se yergue en la noche. Esa noche del alma donde Ida Gramcko (Puerto Cabello, 1924 – Caracas, 1994) supo refugiarse para construir su universo verbal y su propia existencia.
Después, ya estudiante de bachillerato en el Liceo Andrés Bello, en Caracas, me volví a encontrar con ese nombre, pero ahora con otro libro, Tonta de capirote, 1972. Era una narrativa donde se colaba la autora, pero quizá como personaje. Leí el libro más por el título que por su contenido.
Confieso que mis primeros poemas y narraciones los construí imitando su cadencia poética, así como también las temáticas que años antes había descubierto, en las lecturas de Ramos Sucre. Disfruté escribiendo en esos estilos mientras me hacía, sin percatarme, asiduo lector de esa distante y desconocida escritora. Por ese tiempo la encontré también entre los articulistas de El Nacional, con su columna Cero a la derecha. En esas crónicas y reseñas encontré un ser más cercano, compenetrado con su responsabilidad social mientras escribía sobre la niñez abandonada, entre otros temas.
A mediados de 1972 me matriculé en la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela. Mi sorpresa fue grande cuando debí inscribirme en una asignatura sobre Poesía y Poetas y la docente era la profesora Ida Gramcko. Silenciosa, con su mirada absorta y un tanto haciéndole honor a su nombre, subió pausadamente la rampa hasta llegar al salón. Le acompañaba una enfermera quien, cada tanto, le suministraba unas pastillas mientras ella las tomaba con un vaso de leche.

Todos en el salón nos acostumbramos a escuchar a nuestra profesora en esa situación. Fue un semestre accidentado. Ella nos introdujo en la obra de Rimbaud, de Mallarmé y demás “poetas malditos”. Hablaba con voz calma y sonora. Casi de memoria recitaba a los poetas mientras su mirada seguía perdida entre el misterio de sonoros versos de sus cercanos poetas.

Cierta noche llegó su enfermera y nos colocó encima del escritorio una grabadora. Nos dijo que seguía instrucciones de la profesora. Que escucháramos lo que nos iba a decir. Fue una extraña despedida. Nos pidió disculpas mientras nos dejaba instrucciones para la entrega de trabajos e indicaciones sobre la persona que la sustituía: Alfredo Silva Estrada.

Años después tuve el privilegio de visitarla en su apartamento. Mientras recorría el corredor desde la puerta de entrada al salón de su biblioteca, pasé al lado de su esposo, José Domínguez Benavides, el querido “Bena” quien permanecía absorto en una butaca mientras escuchaba a todo volumen al exquisito Albinoni y su adagio. Estaba absolutamente metido en esos acordes y ni se dio cuenta cuando pasé a su lado.

Mi profesora me esperaba con una amplia sonrisa mientras me enseñaba parte de su trabajo, unos textos que después darían lugar a uno de sus últimos libros, Salto Ángel, 1985. Se refugió en esa telúrica naturaleza para ampararse de la soledad del mundo y lo mundano. Fue, como Hanni Ossott, un ser de la noche larga, de intensas madrugadas e hizo de ello su práctica de vida. Dormía casi todo el día y cerca de la tarde, iniciaba su ronda, su tránsito, su destino a un Ángel que la contemplaba mientras se abandonaba en su silencio.

Acá una muestra de su hacer poético. De Poemas, 1952.
Recuérdate, palabra,
como eres, como estás, pulcra y redonda,
no el agua mas en agua y tras el agua 
y con el agua sin más pie ni alfombra. 

Padecer de soledad, de silencio y tiempo fue su destino. Acaso son estos los rasgos que marcan su poética. Además de un acentuado misticismo merced a la contemplación de la vida y la natura, plena y primigenia. Un preguntarle y no obtener respuesta a eso dejado a un lado de la vida: nosotros.

De su libro inicial, Umbral, 1941 a su última obra, Treno, 1993, discurre la plenitud de una obra densa, soportada en la arquitectura de un lenguaje sobrio, esplendoroso y luminoso, que espera ser abordado por similares estudios en beneficio de la literatura y cultura venezolana.

(*) camilodeasis@hotmail.com / @camilodeasis

Celebran la obra de Vicente Gerbasi

1 jun 2013 Sección: Libros en la Mesa, Poesía Venezolana

El autor nació en 1913 de una familia de inmigrantes italianos

Hace dos años los hijos del poeta crearon una fundación para promover la literatura de su padre

Por Michele Roche Lander. El Nacional, 31 de mayo de 2013

La fecha es propicia para festejar la tradición poética venezolana, pues el domingo se cumplen 100 años del nacimiento de Vicente Gerbasi. La fiesta comienza ese día en la librería Kalathos y continúa el lunes en la Academia Venezolana de la Lengua. Otras instituciones culturales de Caracas y el resto del país se les unirán. 

La Fundación Vicente Gerbasi promueve los eventos. La institución dirigida por los tres hijos del poeta: Fernando, Gonzalo y Beatriz ­su presidente­ se creó hace dos años. Una de las preocupaciones de los hermanos era que la obra del autor nacido en Canoabo en 1913 ya no está en los pensa de bachillerato y esperan que la difusión de la obra del galardonado con el Premio Nacional de Literatura de 1968 contribuya a corregir esta situación. 

“Queremos recordarlo no sólo porque la crítica nacional lo considera el poeta más importante del siglo XX, sino porque fue un hombre importante en varios órdenes de la historia de Venezuela. Fue uno de los constructores del país no sólo como autor, sino en su lucha por la libertad ­fue miembro de la junta directiva de la Asociación Nacional de Periodistas, por ejemplo­ y por las artes ­fue, junto con Mariano Picón Salas, fundador en 1939 de la Revista Nacional de Cultura ­. Su entrega fue tal que el 23 de Enero de 1958 lo pusieron preso por ser el séptimo firmante de un documento en el que los intelectuales de la época se manifestaban en contra de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez”, indica Gonzalo Gerbasi. 

Fiestas y versos. En la librería del Centro de Arte Los Galpones se celebrarán el domingo dos actividades. A las 11:00 am se realizará un recital de poemas del autor ítalo-venezolano que los organizadores han llamado Relámpago extasiado en el que participarán Patricia Guzmán, Victoria de Stefano, José Tomás Angola y Sonia González. Luego, a las 3:00 pm, se presentará el libro Homenaje a Vicente Gerbasi , editado por el Centro de Estudios Latinoamericanos Arturo Uslar Pietri y compilado por Enrique Viloria Vera. La obra reúne a 18 autores que desde múltiples perspectivas articulan un amplio retrato de la obra y la intimidad del también diplomático. 

Para el compilador el libro es “expresión de una genuina admiración y un aporte para el estudio y comprensión de su inmensa obra”. En la presentación acompañará a Viloria Vera el periodista José Pulido. 

El lunes a las 11:00 am, en el Paraninfo del Palacio de las Academias, Alexis Márquez Rodríguez hablará sobre el legado de quien en 1989 fue distinguido con la silla E de la principal institución del castellano. 

A finales de mes, el 27 de junio, la Fundación Herrera Luque invita a una charla entre Roberto Lovera de Sola, Benito Raúl Lozada y Luis García Morales en la plaza Los Palos Grandes. 

El 18 de julio se presentará en Ciudad Banesco la biografía del autor de Mi padre el inmigrante (1945), escrita por Eduardo Casanova. Allí también se hará una charla entre Casanova, Márquez Rodríguez y Lozada. 

Pero la fiesta no se circunscribe a Caracas. La Universidad de Carabobo realizará el domingo a las 10:00 am, en la Asociación de Escritores de ese estado, un acto en el cual se inaugurará el Paseo de los Escritores, se presentará un documental sobre la vida del poeta y se le entregará un pergamino conmemorativo a sus familiares. 

En el Ateneo de Cabudare se celebrarán los jueves culturales, llamados El Patio de las Letras. Se trata de una serie de tertulias que incluirá lectura de poemas, participación de escritores y cierre musical. Los dedicados a Gerbasi serán el 6 y el 20 de junio. 

Fuente: El Nacional, 31 de mayo de 2013

El Círculo de Escritores
de Venezuela

Una asociación civil sin fines de lucro creada con la misión de reunir a los escritores para conocer, estudiar, investigar, promover y divulgar sus obras, ideas y proyectos; propiciar la investigación y creación de una base de datos de los autores y libros publicados; promover la incorporación de escritores de otros países y en líneas generales, proyectar la literatura venezolana e hispanoamericana.